domingo, 29 de diciembre de 2013

DESPIDIENDO EL AÑO, DE BUEN HUMOR...



Una propuesta tentadora, pero difícil de concretar,  sobre todo en este oscuro momento. Porque  la culminación de una etapa, aunque  responda a límites convencionales, ya que el tiempo es un continuum,  incita a la melancolía y al balance de todo lo que dejamos en el camino, o nos dejó, de cuánto querríamos llegar a hacer y con qué posibilidades contamos. Por otro lado, y como también formamos parte de una circunstancia, de un momento histórico, político y social, es imposible evitar los interrogantes, las incógnitas que nos provocan tanto  la marcha de nuestro país como  los  sucesos de carácter global. Enigmas que, indudablemente, nos preocupan y, a menudo,   ensombrecen nuestro ánimo.
El video, que precede a esta nota,  nos trae imágenes del pasado, al que, a veces, tendemos a idealizar. ¿Fue mejor que la actualidad? ¿Hubo en ese pretérito mayor serenidad que en el presente? Si indagamos con sinceridad, si cotejamos hechos y conductas del ayer y del hoy, si buceamos en nuestro interior y en el interior de las almas que han quedado pendiendo del hilo de los más diversos acontecimientos, esa idealización comenzará a resquebrajarse. Hubo tanto de bueno como de malo en el tiempo que dejamos atrás, así como hay tanto de bueno como de malo en el que nos toca vivir.
Mientras escribo esto, recuerdo ese  feliz  ejemplo de imaginación e inteligencia que es la película  Medianoche en París, de Woody Allen. Muchas veces  presumimos que en otra época podríamos haber  vivido más plenamente o encontrarnos más cómodos que en la que transitamos. Y así es como   nos creamos un “paraíso perdido”, una instancia en la que depositamos nuestros sueños y nuestros anhelos, y ésa instancia no es más que una madeja   de suposiciones  armada a contramano del  transcurso temporal. Y sin embargo, en ella está el motor que propulsa nuestro deseo y nos empuja  con su fresca  brisa hacia las acciones futuras.
En Argentina nos encuentra el fin de año enfrentados a encrucijadas, a climas  poco propicios, a desencuentros de ideas e ideales. Nada nuevo. Estamos acostumbrados a vivir al límite, a arrastrar pesadumbres y a pisar en falso. Y sin embargo, seguimos  “haciendo”, cada uno a su manera y  medida, con aciertos y errores, con pesimismo o fanatismo, con solidaridad y con miedo, con intenciones descabelladas o sensatas,  y   hasta admirables.
Existe en la lengua española el sustantivo malhumor y  también un verbo malhumorar y un adjetivo malhumorado. Sin embargo el buen humor es una construcción nominal. Un sustantivo que es calificado por un adjetivo que podría ser bueno, pero también fino, punzante, ácido,  negro, de perros, etc. Cuando hablamos de buen humor,  así como gramaticalmente construimos una expresión definitoria de un estado de ánimo que implica propensión a la alegría, en la que el adjetivo es un acompañante y determinante del sustantivo en cuestión,  al mismo tiempo construimos una predisposición, una tendencia mental y orgánica, una  forma de “dar el paso”.  El término  malhumor  conforma una entidad inseparable, en la que el  sustantivo y el  adjetivo están atados, sin posibilidad de destrabar el nudo íntimo que los estrecha.  Muchos han definido al hombre como “un animal que ríe”. Pero la risa está a un paso del llanto.  A tal punto que se puede llorar de risa. El  júbilo es inseparable de la pena. Tristeza y alegría se dan la mano. Porque las emociones no son casilleros de un archivo. Son la urdimbre que nos sostiene como personas.
Comenzar el año de buen humor no significa volvernos insensibles o gélidos. Tampoco  consiste en pintarnos una sonrisa  engañosa como la del payaso Garrik, o una sonrisa banal como la de tantos que confunden las apariencias con la realidad.  Es colocarnos en una frecuencia de onda que contrariamente al malhumor, indivisible e inamovible, nos expande en el diálogo, en el intercambio afectivo, en la comprensión, en la multiplicidad  perceptiva.
Los que hacen del malhumor su bandera, su arma de dominación o el escudo con que encubren la bajeza de sus pasiones, en realidad son como la silla (puede ser sillón, trono o banqueta) a la que le falta una pata. Nadie puede sentarse en ella sin estar expuesto a una caída y al golpe físico y moral consecuente.
Con buen humor Charles Chaplin denunció graves  conflictos sociales (El gran dictador, Tiempos modernos, La quimera del oro…)  y Roberto Benigni nos mostró la crueldad de la guerra (La vita é bela).
El arte ha sabido expresar con buen humor esa trama sensible que, en los mejores y los peores momentos, nos pone a todos los mortales a la par.

HAPPY NEW YEAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar en tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

31/12/1951- Julio Cortázar

Fuente: Cortázar, Julio, Salvo el crepúsculo, Buenos Aires, Ed. Alfaguara, 1998

lunes, 23 de diciembre de 2013

MANUEL BANDEIRA: Poema navideño

Versos de Navidad

Espejo, amigo verdadero,
tú reflejas mis arrugas,
y mis cabellos blancos,
y mis ojos miopes y cansados.
Espejo, amigo verdadero,
maestro del realismo exacto y minucioso,
¡gracias, muchas gracias!

Pero, si fueses mágico,
penetrarías hasta el fondo de este hombre triste,
descubriendo al niño que alimenta este hombre,
el niño que no quiere morir,
que no morirá sino conmigo,
el niño que todos los años, en vísperas de Navidad
piensa aún en poner su zapatitos detrás de la puerta.

Manuel Bandeira (Pernambuco,1886-Río de Janeiro,1968).

Fuente: Poesía latinoamericana del siglo XX (selección: Susana Zanetti), Bs As, CEAL, 1970. El poema pertenece al libro: Lira dos cinquent’anos. Versión en español: Raúl Navarro.


¡Feliz Navidad! para todos mis amigos y lectores del blog.



domingo, 8 de diciembre de 2013

POESÍA ARGENTINA. Hugo Mujica: El sueño, la imaginación y la utopía: saltos hacia lo ausente

VI

“ No toda mirada es capaz de engendrar visiones. Algunas miradas nada ven de puro inmersas en lo    inmediato; otras, desprendiéndose un poco más, se enredan en espejismos; otras, llegan hasta figurarse personajes, criaturas. Pero hay una mirada genial de quien , habiendo llegado hasta un lugar privilegiado, hasta un centro, mira desde él creadoramente. Porque habiendo llegado a insertarse  en algún lugar donde muchas cosas se hacen una sola, es capaz de engendrar unitariamente una diversidad.”
María Zambrano

   El hombre es su conciencia de sí, y sin embargo, tenemos conciencia de haber sido más nosotros mismos en los momentos en que, librados de los límites de la conciencia, pudimos soñar.
   Cuando fuimos más y otros:
                                           cuando un sueño nos iluminó.

   Cuando una cita con lo ausente nos trasportó de la estrechez de lo presente.

   Cada vez que una época deja de soñar ya no despierta.
   Duerme su sueño sin sueños.
   Sueño gregario: el mismo que todos, pero aislado en cada uno.
Diferente a nadie: indiferente a todos.

   El hombre, cada hombre y cada mujer, no es la humanidad: ella es el sentido de lo humano, el sentido de cada uno, y la tarea de todos.
   Lo realizable.

   Cuando se extingue su pasión por lo posible, cuando la imaginación  no imagina futuros, esa época deja de ser humana: ha claudicado de su esencia utópica, su pulsión simbólica. Ha amputado su impulso deseante.
   Su deseo de desear.
   Lo humano de su humanidad.
   Ha comenzado a morir, a dormir sin el  sueño de soñar.

   Para modificar, combinar y variar lo que se tiene, hay que saber con qué se cuenta: basta calcular.
             Pesar y medir.
   Para transfigurar la realidad, darle la forma de una novedad, liberar su intrínseca creatividad, hay que contar con lo que no se tiene.
   Con lo que aún no es: mirar hacia lo que no se ve.
   Hacia la diferencia en su desnudez:
   lo todo otro que todo.

   Lo imposible que nos conduce
                                          hacia más lejos que llegar.


Fuente: Mujica, Hugo, Poéticas del vacío, Madrid, Editorial Trotta, 2002.

domingo, 24 de noviembre de 2013

ROBERTO BOLAÑO Y LA LITERATURA

A lo largo de mi experiencia como lectora de narrativa (bastante extensa, por mis años, gusto y formación profesional) nunca me había topado con cuentos cuyo tema   fuera el drama escritural, el ambiente en que se crea y difunde la literatura y los tan peculiares vínculos que se establecen entre los  escritores. El libro Llamadas telefónicas, primer volumen de cuentos de Roberto Bolaño, publicado  inicialmente en 1997, y con el cual obtuvo el Premio Municipal de Santiago de Chile, además de ser, en su conjunto, un muestrario de  interesantes piezas narrativas, aborda esa temática en los cuatro primeros cuentos.
Una característica general de los  relatos de Bolaño es la habilidad de entrelazar situaciones con el fin de mostrar desde una exterioridad creíble y realista, la interioridad de los personajes y su interrelación con otros personajes, en consonancia con determinadas circunstancias. Cada cuento es un fragmento de vida,  y como tal elude finales efectistas o  infranqueables. Su dominio de la intriga  otorga fluidez a   una trama  que transparenta el juego de luces y sombras de las relaciones humanas.
El cuento con que comienza el libro, Sensini, narrado en primera persona, esboza el retrato de un escritor argentino  -algunas referencias nos permiten pensar en Antonio Di Benedetto- al que el autor conoce a través de un certamen literario. Se establece una relación epistolar  a partir de la cual va  delineándose la figura de Sensini, su entorno familiar y también  los incidentes en los que, como escritor y como hombre, se ve envuelto.  El cuento  es, en cierta medida, una suerte de  homenaje  que alcanza a una generación de autores, “probablemente la mejor en lengua española de este siglo”, arriesga Bolaño. Escritores cuya vida fue segada por la violencia de la dictadura militar, escritores obligados al exilio, talentosos escritores que debieron pasar penurias y privaciones para poder expresar lo que su vocación y su libertad interior les dictaban.
Pero,  esa aproximación al escritor-protagonista no solo está exenta de toda solemnidad, sino que alcanza ribetes irónicos. El relato abunda en referencias al mundillo literario español –ya que la acción transcurre en ese país-.  Con mirada perspicaz, Bolaño recorre ese ambiente cargado de particularidades. Sensini refleja que “el mundo de la literatura es terrible, además de ridículo”. Las pequeñas o grandes consagraciones provienen de certámenes provincianos cuyos jurados son “una pléyade de escritores y poetas menores o autores laureados en otras fiestas”. Esta especie de lotería literaria se publicita en los diarios dentro de las columnas de sociales, en la de sucesos y  deportes o a mitad de camino entre el informe del tiempo y las necrológicas.   Otro dato no muy serio es que  los autores pueden presentar sus relatos en distintos certámenes a la vez con la sola restricción de cambiarle el título, sin que nadie lo advierta. De esa forma logran su precario sustento. Bolaño  atisba la penumbra desde la cual emerge la figura de Sensini. Un escritor de mérito, que proviene de un país que enzarza a Bolaño con el tango y el laberinto, y al cual se le atribuyen connotaciones kafkianas (su más difundida novela es considerada por algunos “un Kafka colonial” y hasta su hijo, uno de los tantos desaparecidos, se llama Gregorio, como el personaje de La Metamorfosis).
Sensini resulta el espejo de un modo de vivir y crear al borde del más ignominioso absurdo. Y ese arco que va  del país expulsor, al cual regresa para morir, casi sin ser visto,  al país que lo asila y  le enseña las  artimañas a las que debe recurrir en pos de un espacio consagratorio, tensa o afloja  las cuerdas por las que transita su existencia.
Henri Simón Leprince, el segundo de los cuentos, describe con pinceladas  enternecedoras a un tipo humano que participa de  pasada de esos círculos áulicos. Se presenta como una historia del pasado,  ubicada en la época de la segunda guerra, pero de una  fatal perduración. Leprince es un fracasado que “sobrevive en la prensa canalla parisina y publica poemas que los malos poetas juzgan malos y que los buenos ni siquiera leen”. Cuando Francia capitula, los colaboracionistas, con poder sobre editoriales y revistas,  lo tientan. Pero él no acepta su invitación. Por el contrario, se suma a la resistencia y colabora con ellos poniendo a salvo a muchos escritores que en el mejor de los casos lo ignoran y, en el peor, lo desprecian. Su labor, sin embargo es temeraria. En una de las tantas aventuras y desventuras en que se ve envuelto mientras trata de salvar artistas perseguidos, conoce a una joven novelista que le aconseja ser “un escritor secreto, tratar de que su literatura no reproduzca su rostro”. Si bien no se vuelven a ver recordará durante mucho tiempo el beso y las lágrimas con que se despidió de él. Y en su fantasía persistirá el ensueño de haber despertado en ella algún posible sentimiento. Finalmente se retira a un pueblo de la Picardía donde ejerce de maestro. “En su corazón, Leprince ha aceptado por fin su condición de mal escritor pero también ha comprendido y aceptado que los buenos escritores necesitan a los malos escritores aunque solo sea como lectores o escuderos”.
En la descripción inicial dice Bolaño: “ el nombre, sin que se sepa por qué le cuadra aunque él es todo lo contrario de un príncipe”. Y es que Leprince más que un ser de carne y hueso es un emblema. Emblema de la soledad del que no ha entrado en el circuito de los  privilegiados. Emblema de irrenunciable dignidad. Emblema de una extrema tensión pasional. Leprince es, en síntesis, el escritor secreto, el invisible creador y recreador. El que sin ninguna oportunidad de  prosperar en su empeño, propicia desde su anonimato la pervivencia  de los otros. El que cree en la creación.   A pesar de su fragilidad, es el más soberano ejemplar de la  cofradía.  Los trazos con que se dibuja a este arquetipo son amargos, pero hondamente conmovedores.
El tercer cuento se titula Enrique Martín, y ya desde el comienzo Bolaño nos pone al tanto de un final irremediable pero que es el único final posible: “Un poeta lo puede soportar todo. (…) El (…) enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, la locura, la muerte.”
Narrado en primera persona, el relato muestra una serie de encuentros y desencuentros entre dos poetas.
El primer desencuentro se produce cuando Enrique Martín, quien escribía mal pero deseaba con ahínco ser poeta publica una revista llamada –proféticamente- La soga blanca. En la publicación, por influencia de un tercero, queda excluido Bolaño. Luego se sucederán  ocasionales encuentros que muestran distintas  circunstancias del personaje: desde escribir poemas mediocres y buscar su aceptación en el prójimo a  su abandono de la poesía para dedicarse a un trabajo de oficina, primero, y luego a la atención de una librería, tarea que alterna con   colaboraciones en una revista, relacionadas  con el avistamiento de platillos voladores. Enrique Martín  va hacia la escritura de sus versos y  vuelve de ella esporádicamente.
Un día su ex compañera, con quien comparte la atención de la librería, lo encuentra colgado en la trastienda del negocio. Bolaño entonces recuerda una carpeta con escritos que le dejó una noche en la que no parecía estar  muy en sus cabales, y al leerlos se  enfrenta  con la más terrible respuesta a las incógnitas planteadas por el oscuro personaje: todos los poemas que ha podido escribir son a la manera de… (de Miguel Hernández, de  León Felipe, de  Blas de Otero,… etc)
Enrique Martín ejemplifica el drama del desencuentro, del cual sus apariciones y desapariciones en la vida del autor son una especie de reflejo especular. Su principal desencuentro es consigo mismo: desea hacer lo que otros hacen. De tanto en tanto busca evasiones porque es incapaz de sacar de sí lo que anhela. Desearía parir, según él mismo confiesa, pero para parir es necesario el paso previo de engendrar, de dar vida a la voz que  habita en lo más profundo de uno mismo.
El cuarto cuento, Una aventura literaria, está escrito con la objetividad de la tercera persona, remarcada por el hecho de que los personajes no tienen nombre: son A y B. B escribe un libro con la intención de burlarse de arquetipos de escritores, en el cual dedica un capítulo a  A, escritor renombrado y competente, pero un tanto pontificador y “catoniano”. Para sorpresa de B, A reseña ese libro elogiosamente. Si bien B desconfía de esa crítica reconfortante (tal vez desconfía de sí mismo) va sintiéndose cada vez más atraído por la figura del literato al punto tal de hacernos  conocer su nombre: Medina Mena. Con el tiempo Medina Mena reseña otros libros de B (quien carece de nombre hasta el final) y siempre sus notas son halagüeñas. La situación desencadena en B  paradójicas  rumias y una serie de  conductas ambivalentes.  El objeto  de sus burlas, Medina Mena, pasa a ocupar el centro de sus preocupaciones. Después de penosos intentos  -penosos por la inseguridad personal que le suscita el odiado y tal vez envidiado personaje- logra entrevistarse con él, quien lo recibe en su casa.
Este es el único de los cuatro cuentos que no refiere a un nombre propio. La palabra aventura, que forma parte del título, remite a acción. La aventura es un lance, una peripecia. En este caso la aventura física, concreta, traduce una peripecia emocional y moral en la que se entremezclan los más variados sentimientos: envidia, admiración, autosuficiencia, dependencia, valoración.
De estas y otras materias se compone el oficio de escribir. Bolaño, agudo observador,  analiza su ambiente de trabajo y también se  analiza a sí mismo. Es indudable que hay parte de él en cada uno de los cuentos.
Cualquier lector busca en un libro placer, imaginación,  entretenimiento, y también, ¿por qué no?, conocimiento. Pero, quizás muy pocos lectores ajenos al ambiente literario puedan imaginarse los entretelones  detrás de los cuales nacen las páginas de un libro. Su gestación, su arribo a una editorial, su  estimación, su  trayectoria dentro del mercado. Y a esto hay que sumarle las  disyuntivas e infortunios a que se ve expuesto su autor: la dificultad de franquear puertas, el sectarismo, la, a menudo, azarosa consagración, la competencia desleal, el arribismo, las envidias, el narcisismo, el tráfico de influencias. Muchas de estas condiciones han sido pintadas con sagacidad por Bolaño. Bien podría decirse que el autor ha  creado historias a imagen y semejanza de  lo que ha sufrido en carne propia.


Fuente: Bolaño, Roberto, Llamadas telefónicas, Buenos Aires, Editorial Anagrama, 2013.

jueves, 14 de noviembre de 2013

EXILIO


El término exilio está aureolado de connotaciones tristes, de relampagueos de zozobra. Es una palabra que rezuma pena y desasosiego. Todo exilio supone un alejamiento de la tierra natal y en tal sentido es sinónimo de expatriación y de destierro. La separación de la tierra supone el alejamiento de la sustancia madre, la que recibe las semillas y la que cobija las raíces. Aquella de la cual nace y en la cual  prospera toda producción.
El exilio puede ser exterior o interior. Puede uno trasladarse  hacia otras  comarcas o permanecer en el territorio donde vio la primera luz. El primer caso puede ser voluntario o impuesto. En el segundo, el desapego es el resultado del menoscabo ha que ha sido expuesta  la idiosincrasia. Y por más que el distanciamiento   se haya impuesto por decisión propia, éste no resulta menos doloroso que si hubiera sido estipulado por  una condena de destierro. También en este caso pesan las circunstancias. Ante una situación de  asfixia, la intimidad tiende a defenderse, a buscar ventanas o aberturas por donde entre un aire reparador. Entonces se produce el retiro. ¿Y hacia dónde puede retirarse quien no quiere o no puede acceder a un pasaje salvador, a un boleto de ida hacia otras márgenes donde pueda sentirse contenido? Podría uno dejarse arrebatar por la frustración, el rencor o el enojo. Y en ese caso perdería la capacidad de razonar o la pasión con que debe estar acompañado cada latido, cada movimiento de sístole y diástole, cada inhalación y cada exhalación, que  acompañan la fluencia vital. Pero si aún se está aferrado a la vida, si aún se siente que vale la pena estar de pie, si aún se valora el sentimiento de quienes nos rodean y pueden ser interlocutores válidos, el exilio se transforma en una meta de carácter profundamente espiritual.


El traslado se va produciendo lentamente. Desde las sombras a la luz. Del espacio cerrado, al abierto. De la palabra, al verbo. Del monólogo al diálogo. Del opresivo enclaustramiento de imposiciones oscurantistas y autocráticas al sutil aleteo de las libertades personales. Aquellas a las que ningún cerrojo puede trabar. Una biblioteca puede ser un buen lugar para acoger esta suerte  de exilio, un jardín también, un espacio propio donde estemos rodeados del encanto de nuestros mejores recuerdos, de esos pequeños objetos casi mágicos que hemos guardado durante años y que emanan tibieza,   de ese grupo de voces amigas que atiza a cada instante el valor de la esperanza, del gesto de dar sin pedir a cambio, de  la comunión que simbolizan los lazos de solidaridad.
La falta de oxígeno se percibe como el apretón de una soga al cuello. La inclemencia golpea nuestro cuerpo como un látigo invisible. La agresión nubla nuestra mirada. El acoso, el miedo, la sinrazón quiebran nuestro espinazo. El pasado regresa como un mal sueño, una pesadilla recurrente. Estamos en silencio, inermes. Pero con solo  girar sobre nuestro centro de gravedad podremos  entrever una pequeña muestra de la creación: un pájaro sobre una rama, un libro abierto, un río que fluye entre  afiladas piedras.
Se puede atribuir a la circunstancia que provocó el alejamiento múltiples caras: ¿discrepancias políticas, divergencias ideológicas, malestar físico y moral, pérdidas de derechos, incongruencia de obligaciones, desorden, incomprensión? Algunas de estas facetas son propias de una sociedad dinámica, de un producto humano que cambia y se renueva. Pero, cuando esas disparidades y alternativas, lejos de estar encauzadas hacia un proyecto de crecimiento, de interacción y de progreso del conjunto, son excluyentes y no responden a una lógica y una visión de futuro que a todos y cada uno  nos comprenda, empujan al desánimo. Porque no es una sola causa la que mata nuestro deseo de pertenencia. Lo que nos aniquila realmente es la sensación de pantano.
Figuradamente, desterrar significa apartar de sí. También significa sacar de debajo de la tierra. Cuando el exilio es interior desenterramos nuestro corazón. Su acompasado ritmo, como el de un reloj, marcará el tiempo durante el cual  sea necesario apartar de sí lo sucio y lo excrementicio para que resplandezca la cualidad de la materia orgánica del suelo que sustenta la  fertilidad y la floración de la vida.


martes, 12 de noviembre de 2013

POESÍA ARGENTINA: Voces "interiores". Néstor Groppa y Alejandro Nicotra.

Casa de nacer

Velaba el ángel de los nacimientos
hilando el humo de la casa mía.
Mi madre entraba a su fotografía
con su talle de rosa de los vientos.

Un almanaque de los sentimientos,
envejecido por la hipocondría,
fue la casa de nacer. Todavía,
la luna nieva sus encantamientos:

una pampa tendida en las ventanas
con su herboristería de mañanas
y un chisporrotear de estrellerío.

¡Qué hermoso haber nacido entre vecinos
alados por el canto y por los vinos,
carpinteros del árbol de amormío!

Fuente: Groppa, Néstor, Eucalar celeste, lapacho rosa- y otros nombres del tiempo-, S. S. de Jujuy, Ediciones Buenamontaña, 1983.

El llamado

Sube desde el ubicuo centro
que en las plantas se nombra como raíz u hoja
y como cerebro o corazón en el hombre.
Sube a estallar en la flor, en el abrazo, en la palabra:
su intensidad es su sentido.

No importa en qué ciudades de humo
nos alumbre el llamado: radiantes
incendiamos los árboles, el cielo, los sitios
en los que el hombre y la mujer se aman.

Todos los días son entonces un día o una noche,
todas las bocas, una sola.

Fuente: Nicotra,  Alejandro, Lugar de reunión, Buenos Aires, Ediciones Taladriz, 1981.


sábado, 19 de octubre de 2013

La mecedora



En esta mecedora me acunaba mi madre cuando aún no había nacido. No era como ahora se la ve. Tenía otro color y, seguramente otro compás bien diferente al que le imprimen mi cuerpo y mi alma.
En  ese tiempo yo era invisible. Un pequeño renacuajo flotando en la placenta nutricia. No podía ver  el rostro de mi madre, ni ella el mío. Pero juntas nos agitábamos   al ritmo con   que la hamaca se balanceaba. Y nos intuíamos.  Quizás hasta nos enviáramos mensajes. Indescifrables signos de esa singular  unión entre el afuera y el adentro.
Cuando nací y ella me sostuvo en sus brazos, mi ojo y mi latido  pudieron atravesar la claridad parpadeante del día y de la noche. Siempre me resultó difícil entenderla. A mi madre, digo. A veces hablaba con palabras filosas y el pensamiento se le enredaba en una madeja de abismos. Y aún así la amaba. Tal vez porque  algún tácito  mandato me imponía el afecto filial o porque el amor, ese  oscuro emisario de la sangre, poco entiende de razones o sinrazones. O, tal vez porque,  de tanto en tanto, regresaba el recuerdo de aquella  tibia caricia con que, en su mecedora,  me   mecía.  
Hace poco reciclé la silla-hamaca. Limpié las asperezas que los años y el uso le habían propinado. Devasté los colores   originales. Con lija y diluyente borré marcas y heridas  del pasado. Luego mezclé pinturas hasta hallar un tono más amable y la vestí de verde en honor al jardín que alumbra mis páginas y de lila porque  este color es uno de mis preferidos. Y también  porque evoca a las   lavandas en flor.
Muchas tardes me siento en ella y acuno mis lecturas. Y de paso, pienso e imagino. No he tenido hijos… Seguramente no estaban escritos en mi destino. Como no están escritos en el destino de tantas otras mujeres. No me he sentido yerma por eso. La fertilidad es  inherente al ser en lucha, al cotidiano trabajo de estar intensamente vivos.
Hubo un momento en que debí trasformarme en madre de mi madre. Y hasta ella me confundió en sus sueños con su progenitora. Suele ocurrir cuando la ancianidad cerca y cercena. Y entonces tuve que arroparla y acunarla para que no sintiera tan hondo  el frío de la muerte.
Y ahora que no está, ni están sus desencantos y desarmonías, ha quedado en mi casa y en mi pequeño mundo su mecedora. Con su verde y su lila y su perezoso vaivén. Desde ella doy vida a lo invisible. Y siento en mi interior, en el nido de mis entrañas cómo se acercan y alejan las palabras, cómo el lenguaje fluye y confluye. Como si un renacuajo vibrante y tibio quisiera ver la luz.


viernes, 4 de octubre de 2013

MIS POEMAS: Terruño

Construir. Un trabajo que se impone necesariamente.
Para que una página no diga lo que se espera escuchar.
Y pienso en Filisberto,
con su escritura arbórea,
su ramaje poefantasmático.
Él detrás de cada palabra, recobrando la infalible arquitectura
del subsuelo.
Y entonces vuelvo a mis quehaceres,
a mis manos ásperas de sueño.
El polvo del ladrillo, la cal
embravecida, el agua resplandeciente, untosa
de jabón y de hollín,
La piedra que se alza sobre mi cabeza como una brújula,
el polen desprendiendo su iridiscencia,
la pava en su rezongo dominguero.
Terruño: álbum de fotos familiares,
plantas ancianas y plantas niñas.
Un columpio, el de la noche en vela
y el día en pie.
Construir en medio de.
Construir a partir de.
Construir a pesar de.
Destruir instantes vanos, aguijones invisibles,
gritos de urraca,
fraseo de huracanes, amenaza o relámpagos de ira.
¿Total para qué?
Y mientras se construye y destruye al mismo tiempo,
echando abajo lo que abusa
en materiales descartables y en profecías envenenadas,
crecen muros, y con ellos crece un silencio nuboso,
y una luz repentina, inmanejable.
El sol y la luna atraviesan los cristales y entran a mis dominios.
Van y vienen por los pasillos y los cuartos
de mi casa,
hecha como todo lo mío de palabras y de fe.

Poema perteneciente a Rincón de poesía.

Nota: Este poema, que recientemente ha sido publicado en la revista Hablar de poesía aparece en esa edición con el título Manos a la obra. Como es un texto bastante reciente le cambié el título porque consideré en el momento de su publicación que respondía con mayor justeza a lo que el poema quería expresar.


domingo, 22 de septiembre de 2013

JOSÉ PORTOGALO: Canción de la primavera del año 1934



Desde lo más hondo de las raíces se alzan los
brazos de la primavera.
Y la primavera mueve todos los pájaros.
Mueve todos sus pétalos.
Mueve todas sus hojas.
Y una malla de cenizas rubias, de piel de mariposas,
ciñe los muslos del día que se levanta como un
Arco Iris
y asoma sus pies descalzos sobre la timidez de los
pastos;
en las campanas; sobre los trigos, o sobre las aguas.

¿Dónde nace el grito que hace que el corazón se
regocije y cante
-girando como los astros, como las peonzas
violentas-,
y hace que yo me acerque a vosotros y os ofrezca mi
sueño
que sube por mis palabras como la primavera por
las raíces?
¿Qué viento es el que, suave como los musgos,
y desprendido de los horizontes, o de alguna turbina
eléctrica
me trae este grito que se rodea de puntas de sol
ardiendo
que me subleva la voz como el filo de un arado la
pulpa de la tierra,
y que me penetra –como una voz de mando-
hurgándome las carnes?

Hay pureza de sexo virgen en la tierra que se
ofrece como una doncella.
Hay levadura de harina  limpia que nos dilata los
ojos y las sienes.


Oh, camaradas
¡qué lindo sería poseer a las muchachas sobre  la
tierra
Y ensuciarles la boca con zumo de pasto y las
mejillas con zumo de pétalos!
Envenenarles la sopa a los millonarios que duermen.
Violar los cerrojos de los conventos para besar a las
monjas.
Subirnos a los rascacielos  y mear los escudos del
congreso eucarístico
con el beneplácito de Jesús y la venia de los ángeles;
bajo la vigilancia de las nubes y el corazón
de Dios que arde en el cielo.
Llenar las valijas de los turistas católicos con
dinamita.
E irnos desnudos por los caminos del mundo.
Desnudos y alegres como el hombre que vio la
primera luna,
o la mujer que nació al deseo junto a las raíces y
las bestias.


Oh, camaradas,
y estamos aquí, inmóviles, en la esquina del día que
arde como una bandera.
Con los hombros caídos.
Con los brazos inútiles.
Mientras la primavera vibra como una red de peces
de colores.
Y un torbellino de angustia enturbia los ojos de
Buenos Aires.
Y una turba de rufianes “angélicos” inutilizan
nuestra ciudad.

Se me llena la boca de gritos.
Se me llenan las manos de puños.
Se me llenan los ojos de rabia:
porque te veo inmóvil Buenos Aires, sumisa e inmóvil.
Inmóvil en la esquina del día que arde como
una bandera.


Y hay bocas con hambre que gimen contra  los
muros.
Y hay sueños con hélices que giran contra las
estrellas.
Y hay la primavera que se desviste  sobre los árboles.
Mientras nosotros vamos a sepultarnos como los
difuntos
en las usinas, las fábricas y los talleres:
pisando colas de serpientes vivas.
Anillos de gusanos muertos.
Y crucifijos llenos de telarañas.

¡Y en los jardines silenciosos de los millonarios
que duermen
baila la primavera desnuda sobre las hierbas!

Fuente: La poesía del cuarenta (Selección de Claudia Baumgart, Bárbara C. de Arnaud y Telma Luzzani Bystrowicz), Buenos Aires, CEAL, 1981. El poema pertenece al libro Tumulto, 1935.

Nota: José Portogalo es el seudónimo de José Ananía, nacido en Italia, en 1904 y fallecido en Buenos Aires en 1973. Obtuvo el Premio Municipal por su libro Tumulto.


¡Feliz Primavera para todos los lectores!








martes, 10 de septiembre de 2013

DOS MAESTROS: SARMIENTO Y BORGES

SARMIENTO

No lo abruman el mármol y la gloria.
Nuestra asidua retórica no lima
su áspera realidad. Las aclamadas
fechas de centenarios y de fastos
no hacen que este hombre solitario sea
menos que un hombre. No es un eco antiguo
que la cóncava fama multiplica
o, como éste o aquél, un blanco símbolo
que pueden manejar las dictaduras.
Es él. Es el testigo de la patria,
el que ve nuestra infamia y nuestra gloria,
la luz de Mayo y el horror de Rosas
y el otro horror y los secretos días
del minucioso porvenir. Es alguien
que sigue odiando, amando y combatiendo.
Sé que en aquellas albas de septiembre
que nadie olvidará y que nadie puede
contar, lo hemos sentido. Su obstinado
amor quiere salvarnos. Noche y día
camina entre los hombres, que le pagan
(porque no ha muerto) su jornal de injurias
o de veneraciones. Abstraído
en su larga visión como en un mágico
cristal que a un tiempo encierra las tres caras
del tiempo que es después, antes, ahora,
Sarmiento, el soñador, sigue soñándonos.

Jorge Luis Borges

Fuente: Borges, Jorge Luis, Obra poética, Buenos Aires, Emecé Editores, 1986. El poema pertenece al libro: El otro, el mismo (1964).

v      

Esta nota no pretende ser un comentario crítico ni mucho menos. La autoridad de Borges en materia de escritura no admite agregados irrelevantes. Su texto es elocuente. Sin embargo, y como siempre hay quien tiene sus reparos y también quien  tiene su tendencia a ideologizar, he tratado de  interpretarlo bajo la luz que a mí, como docente con larga experiencia en el aula, me aportó la lectura de la obra sarmientina y la aproximación al estudio de  su circunstancia histórica.
“Nuestra asidua retórica no lima/ su áspera realidad” dice Borges. Y  me hace pensar en el uso abusivo de la palabra, muchas veces sacada de contexto, y  rearmada argumentativamente al servicio de maneras cristalizadas y reiterativas de ver la realidad. En nuestro país   el mito parece querer reemplazar en forma constante a la compleja y rica   entidad que conforma cada sujeto. La mitología es una forma de relato que sacraliza, en algunos casos, lo que de hecho está sujeto a diversas  lecturas por pertenecer al ámbito de lo histórico. Es así, como a través del doblez discursivo se recrean causas y consecuencias con el fin de ver la trama de un solo lado.
“Las aclamadas fechas de fastos/ no hacen que este hombre solitario sea/menos que un hombre”: Borges  subraya la humanidad de Sarmiento, con todo lo alentador o lo  cuestionable que ello supone. Los fastos y las celebraciones tienden a privar a la persona de sus condiciones intrínsecas y de las alternativas en las que se vio envuelto  a la hora de interactuar con su entorno. La hora de Sarmiento no es la nuestra, aunque la nuestra guarde de aquélla algunos signos perturbadores.  
“…el que ve nuestra infamia y nuestra gloria”, Sarmiento vio con claridad -ya en 1845, en Facundo, lo expone- la estructura feudal de nuestro país, que lamentablemente aún sigue en pie. Estructura que atenta contra su desarrollo armónico y dota al caudillo de una fuerza avasalladora que opera sobre un pueblo inerme. El subtítulo del mencionado libro: civilización y barbarie, dio pie a una hipótesis suya  que ha sido muchas veces cuestionada. Un poco, por ser sacada de contexto y otro poco por no prestarse a la  prédica demagógica. Bárbaro es para Sarmiento quien por carecer de los estímulos que profundizan el discernimiento y  la reflexión autónoma, no puede admitir la contención del límite moral y, en consecuencia, actúa con la prepotencia de la manada. Sabido es que a esta altura mucho tendríamos para debatir respecto de la civilización. En aras del “progreso” se han consumado los mayores desatinos y crueldades. Y, sin embargo, no podemos negar el progreso, así como no podemos negar nuestra edad. La civilización, acompañada de los  sustentos antes mencionados: discernimiento, reflexión autónoma, valores éticos,   es  mejoradora.
“camina entre los hombres que le pagan (…)/ su jornal de injurias/o de veneraciones”, Borges lo muestra en marcha. Porque él sentó las bases del fundamental motor del desarrollo justo de una nación: la educación, que nos iguala en posibilidades de acceso al saber, y en consecuencia,  al trabajo  y a la dignidad. Ese principio de equidad, doloroso es decirlo, no resulta conveniente para quienes pretenden, con retóricas desgastadas, mantener en vilo y en zozobra  a la población  en su conjunto y muy especialmente a los que carecen de voz y, por qué no decirlo, hasta de voto. Los que lo veneran lo deshumanizan. Venerar es un término casi diría terrible: no es estima ni admiración. Es el mármol o el bronce contrarios a la agitación de la vida.  Los que lo injurian son los  que  desearían acallar en su nombre cualquier tipo de lucha en pos de una ciudadanía consciente y dueña de su destino.
“Abstraído en su larga visión (…) Sarmiento, el soñador, sigue soñándonos”, concluye. La visión de Sarmiento fue indudablemente abarcadora. Tendía hacia un futuro promisorio y soñaba con un país pujante (bien conectado a través de vías férreas y redes fluviales, y soberano en el manejo de su potencial energético),    insertado  dentro de la región y del mundo, un país  dotado de un sistema educativo  que promoviera el acceso al trabajo y a los bienes culturales y territoriales, un país que no estimulara la fuga de cerebros , ni el exilio físico o emocional de los que piensan y actúan con independencia del statu quo.  En síntesis: un país que cuide el porvenir de sus descendientes.
Sarmiento sigue y seguirá soñándonos mientras los habitantes de la República seamos conscientes de que lo que nos engrandece  no es   dejarnos hipnotizar por espejismos, sino la  intensa fuerza  con que nos abracemos al  conocimiento liberador y a los principios  que rigen una sana convivencia.


jueves, 5 de septiembre de 2013

LA ROSA Y EL TIEMPO EN LA VOZ POÉTICA DE GARCÍA LORCA Y SOR JUANA

Cuando se abre en la mañana
roja como sangre está;
el rocío no la toca porque se teme quemar.
Abierta en el mediodía
es dura como el coral.
El sol se asoma a los vidrios
para verla relumbrar.
Cuando en las ramas empiezan
los pájaros a cantar
y se desmaya la tarde
en las violetas del mar
se pone blanca, con blanco
de una mejilla de sal.
Y cuando toca la noche
blando cuerno de metal
y las estrellas avanzan
mientras los aires se van,
en la raya de lo oscuro
se comienza a deshojar.

Federico García Lorca

Belleza y fugacidad


Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza
enseñanza nevada a la hermosura.

Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.

¡Cuán altiva en tu pompa. Presumida,
soberbia el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida

de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida
viviendo engañas y muriendo enseñas!

Sor Juana Inés de la Cruz

jueves, 15 de agosto de 2013

CHISMOGRAFÍA LITERARIA

En revistas denominadas “culturales”, o  en breves  ensayos o artículos de algunos críticos o de supuestos escritores que aparecen en las secciones de cultura de los diarios, puede advertirse una marcada tendencia al regodeo en aristas absolutamente personales de los escritores. En  muchos casos, nos enteramos tarde o temprano de esas facetas íntimas, a veces penosas o por lo menos conflictivas a través de confesiones de los mismos o conjeturando a partir de ciertos datos biográficos. Pero en última instancia lo que vale es su obra y no sus intrígulis privados. Las publicaciones “culturales”, mimetizadas con la incultura de época, dan rienda suelta a un chismorreo -casi diría cotorreo- que no dista demasiado en su intención de la  de la antigua revista “Antena” respecto de la farándula. Lo que hace de Borges un  escritor universal, leído y admirado en todo el mundo y en diferentes épocas y por lectores de distintas edades, no son sus avatares existenciales, sino su talento. Lo mismo podría decirse de Kafka y tantos otros. En lo personal, sólo me importa de la psicología del autor su capacidad para crear. He oído decir que los conflictos psicológicos enriquecen al artista. Puede ser, aunque las  neurosis y/o psicosis no sean el único motor que propulsa la creación. De lo contrario cualquier neurótico, psicótico o psicópata podría ser artista.  Considero “alocada” esa proclividad por hurgar en la vida privada.  Una muestra más, creo yo, de cierta avidez por ganar mercado en una coyuntura social que aprecia más  el reality show y las vidrieras que la soledad y ensimismamiento que propician la aguda reflexión.

domingo, 4 de agosto de 2013

Trastocando imágenes

De un trabajo combinado entre fotos y textos surgió esto. Una especie de puesta a prueba de la tecnología y la  imaginación, la imagen y la  palabra, la mirada y su reflejo. Nada nuevo bajo el sol. Solo el inicio, el germen de algo que está en "ablande". Invito a los lectores a tejer una historia. O muchas...






Unquillo-Córdoba, 2005.
Ciego. Sin ojos que le permitan adelantarse o dar marcha atrás.  Solo coágulos de óxido. Mirada vacía. Y allí el árbol ése que se ha interpuesto    a su tren delantero, trabando el paragolpes con su tronco fuera de toda lógica.  Atado a la soledad de  la vera del camino. Tal vez algún  fauno se acomode en las noches de luna  al frente de ese    volante crucificado  por  la perpetuidad del contra/giro. Salpicaduras de barro engrosan el volumen de sus ruedas. La herrumbre invasora proclama el tormento de  su carrocería. De vidrios, ni noticias. Todas las aberturas son huecos. Interminable oquedad donde el pasado se ensimisma. Será un modelo del año 47 ó 48. ¿Cómo ha ido a parar allí? ¿De qué modo? Y entonces surge la posible historia. La descripción deja paso a la narración. Una pareja cruzaba las sierras. Iban a establecerse en la zona. Desaparecieron sin dejar rastros. Un pintor que ha pasado por  Unquillo y por la casa de Spilimbergo,  fue absorbido por su pintura y desde entonces vaga  de tela en tela, sin encontrarse a sí mismo. Un chacarero estafado, pierde su campo y demás pertenencias, incluido el auto. Lo encuentran  de rodillas ante el altar de la Capilla Buffa. O… Y el coche, sin más dueño que el misterio, ha quedado como muestra fatal  de esas u otras ausencias.

La naturaleza se hizo cargo del asunto.  Encerró al rodado para que no pudiera escapar. Lo atrapó y transformó en chatarra. Desde entonces duerme mientras la intemperie hace de las suyas. Tal vez sueñe con sus antiguos dueños: él/ella/ellos ¿succionados por la niebla, devorados por el verdor nocturno, carcomidos por la luz de un rayo?...



Colonia del Sacramento, ROU, 2013.
Del otro lado del río, un ejemplar también  de antaño. Lustroso como para un casamiento o una cita fantástica. A la espera. En una calleja de adoquines desparejos, un pequeño pasaje de una ciudad dispuesta para la añoranza. Con construcciones de estilo portugués y suspiros ululando en dirección al   río. Al borde del invierno reinventa la primavera. No por nada  su color es el  verde. Oscuro pero verde al fin. Y es que en su baúl estallan flores y hojas. Y hasta alguna mariposa merodea el colorido de los tiestos. En su interior: dos copas con sus respectivas servilletas invitan al brindis. El restaurant tienta al turismo con una propuesta insólita: almorzar, merendar o cenar dentro de un coche pasado de moda y por ello “atrayente”. Un coche viejo y nuevo al mismo tiempo. Porque florece aunque esté detenido. ¿A qué historia puede corresponder tal escenografía? Una historia de amor, de reencuentro. Un sitio exclusivo. Para snobs, para diletantes, para jóvenes que ajustan su humor al del pasado o para viejos nostalgiosos. Para la conversación o el silencio. Para el ritmo detenido de ese siempre sol. De esa tibieza extrema que acaricia el alma y los sentidos. Un lazo entre ambos vehículos: la quietud. Habiendo sido creados para  circular, los dos están quietos. En un lugar preciso y expuestos al espionaje de  una lente que los fija en su fijeza.


La naturaleza  interceptando el accionar de una mecánica que provoca la desaparición de personajes y acciones. Trama de agujeros. Y un  otro lado que invita a la animación,   al bramido ilusorio de los motores o  a la contradanza de  una caja de cambios.  En ambos casos se advierte la mano del hombre. No se la ve. Se la advierte, en el silencioso acertijo que  la materia impone a la visión o en  esa muda intencionalidad de lo que se rehace deshaciéndose.  Solo podría darse una vuelta en estos trastos con el auxilio de la imaginación, cuya  condición es tan impredecible como el accionar de cualquier dispositivo  traicionado por  la herrumbre del tiempo. Motivos… buenos motivos para poner en marcha este oficio de sombras…

jueves, 1 de agosto de 2013

RUBÉN DARÍO: Ama tu ritmo...

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

Fuente: Darío, Rubén, Antología poética, Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1973.

Nota: Rubén Darío es el seudónimo de Félix Rubén García Sarmiento, nacido en Metapa( hoy Chocayos)-  Nicaragua en 1867 y fallecido en León- Nicaragua en 1916.

miércoles, 24 de julio de 2013

MARIO TREJO: El olvido es una alucinación desprovista de objeto

Hombre condenado a dos escenas atroces: la primera y la última. Espiar por el ojo de la cerradura, que es el ojo de Dios (que nos estaba esperando) y descubrir al Otro, que también espía, hacia atrás, hasta el fin de los tiempos.
Y todavía sufrimos por la puerta que no nos animamos a abrir y por aquella otra que no debimos haber abierto nunca.

Fuente: Trejo, Mario, Orgasmo y otros poemas, Buenos Aires, CEAL, 1989.


jueves, 18 de julio de 2013

CLAUDIO RODRÍGUEZ: Siempre será mi amigo


Siempre será mi amigo no aquel que en primavera
sale al campo y se olvida entre el azul festejo
de los hombres que ama, y no ve el cuero viejo
tras el nuevo pelaje, sino tú, verdadera

amistad, peatón celeste, tú, que en el invierno
a las claras del alba dejas tu casa y te echas
a andar, y en nuestro frío hallas abrigo eterno
y en nuestra honda sequía la voz de las cosechas.

Fuente: Rodríguez, Claudio, Desde mis poemas, Madrid,  Ed. Cátedra, 1983.


Claudio Rodríguez: poeta español (Zamora, 1934- Madrid, 1999).

sábado, 6 de julio de 2013

MIS CUENTOS: El violinista del subte.

Qué bien que últimamente han remodelado las instalaciones de los subterráneos.  El sistema de tarjetas resulta más práctico. No me gustan los colores estridentes con que pintaron algunas estaciones, pero las nuevas terminales están lindas. Y ni que hablar de la comodidad que significa llegar a casa desde el centro en un santiamén ... Sus ojos se detienen, en  los quioscos de golosinas con mil tentaciones para endulzar la vida,  y luego en los de diarios y revistas, abarrotados de información de todo tipo. Por un momento, el  omnipresente  televisor, destinado a acorralar desde la altura las miradas, se adueña de la suya.
   En el andén, una multitud espera  el arribo del convoy.  Como la formación lleva quince minutos de demora, puede advertirse cierta inquietud. Una especie de hormigueo,  similar a esos diseños tridimensionales con manchas que se alejan  y reúnen en puntos vagos. Fuera del movimiento general, están los que buscan desesperadamente un banco, los que dormitan en él con las cabezas gachas, los que permanecen  estáticos, con el pensamiento puesto quién sabe dónde. Todo un muestrario de rostros, de facciones, de poses y vestimentas.
   Al fin, desde el fondo del túnel llega el resoplido y la luz se abre paso en la sombría concavidad. El tiempo aletargado se dilata y  por detrás del brusco deslizamiento de las puertas aparece la masa humana, en un hacinamiento de barraca.  Y así, como al pasar, en medio del murmullo generalizado  emergen voces  opacas. Qué pesadilla, viajamos como ganado. Sardinas en lata. ¡Trenes de película! Sí, como los que llevan prisioneros rumbo a los campos de concentración… A las consabidas y exageradas  comparaciones se suman las  protestas sobre las deficiencias del transporte urbano. Todo dicho en un tono bajo, de  tal modo que pocos puedan escucharlo. Y en realidad casi nadie lo escucha porque otros ruidos interfieren o porque a  esa hora del día, la sordera es una armadura para seguir en pie. Después el silencio se impone y la gente, a  los codazos o con  cimbreante contoneo va encontrando un lugar en medio del no lugar. En cada estación, el amontonamiento se aligera y el  ánimo de los viajeros parece distenderse por efecto del tenue airecito de los ventiladores.
   Amelia lucha con los paquetes,  sin dejar de prestar atención a la cartera, que  sostiene por si acaso, contra el pecho. A poco de subir consigue un asiento.   Durante toda la tarde, ha recorrido oficinas tratando de resolver algunos asuntos pendientes y  se siente cansada. Para  gratificarse se compró un ramo de fresias. Las pondrá en el florero del living a modo de conjuro contra la rutina doméstica. Ya puede imaginarse el resplandor de las tonalidades reanimado por la claridad que entra por la  ventana. Por suerte su casa es luminosa. Seguramente el ramillete atrapará la atención del marido. ¡Qué lindo, compraste flores! Y después vendrá el abrazo. El delicado relieve del adorno natural, encenderá su amor. Ya puede imaginarlo. Un gesto de complacencia, a pesar de los años y los sinsabores. El se quedará mirándola  desde el otro lado del  ramo como a través de un jardín imaginario.
   Un niño desarrapado reparte estampitas. Pone atención en él. El chico actúa maquinalmente.  Como por fuerza de costumbre.   Las deposita sobre la falda de la gente. Poca ocasión tiene para entregarlas en mano. Muchos desvían la mirada tratando de evitar el doloroso espectáculo de esa cicatriz de quemadura que le surca el rostro y el  pedazo de oreja faltante. Su cara es como el reverso de las flores. Marchita y descolorida. No voy a darle dinero para no alentar la mendicidad, se dice Amelia, e inmediatamente extrae de su bolsillo el chocolatín que ha comprado para su hijo. El chico lo examina indeciso. En realidad, esperaba la plata, sólo la plata. A cambio de las figuras de santos o vírgenes nadie le da otra cosa. Igualmente no desprecia el regalo. Es más, hace un alto en su entrega y desenvuelve con parsimonia el dorado envoltorio. Rápidamente devora el chocolate y el ojo medio estirado por la deformidad  de la cicatriz brilla en un guiño de satisfacción, de imprevisto placer. Ella, en ese momento, desearía acunarlo porque el pequeño, de algún modo, es como si hubiera renacido. Por un instante, recuerda a Marcelo, cuando era bebé, entre los brazos, con una burbuja de leche en la punta de la nariz. A estas horas estará jugando en casa de su abuela. Aunque cuenta con un considerable número de  juguetes fáciles de transportar, lo que más lo divierte es pasarse horas frente a la computadora, fascinado ante los juegos electrónicos.  Así que puede imaginarlo refunfuñando por la falta de su habitual entretenimiento. Marcelo debe tener la misma edad que este niño, pero no... El pequeño callejero parece cargar sobre sus espaldas una pila de años y ahora que lo mira  con más detenimiento se da cuenta de que hasta renguea. Bamboleándose como un muñeco de trapo, se  aleja rumbo a la puerta que comunica con el otro vagón. Y se pierde entre el gentío. Y es nadie entre nadie.
   Qué difícil viajar en subte. Siempre le ha provocado una suerte de incomodidad estar en un lugar tan cerrado, con un techo de escasa altura y sofocante y,  para colmo, bajo tierra, donde la vista permanece como apresada. Sin paisaje a través de las ventanas. Imposible fijarla en alguien en particular. Cualquiera lo tomaría como una impertinencia o una provocación. Solo se puede repasar como al descuido los rostros y después, haciéndose la dormida intuir historias. Por ejemplo la de ese hombre joven, que está sentado frente a ella. Hace un rato nomás, lo vio observar de reojo, con cierta repugnancia,  al niño mendigo. Luego de removerse, incómodo, en el asiento volvió a hundirse en el diario que lleva abierto. Está anclado en la sección deportiva. A lo mejor trata a toda costa de entretenerse con algo para olvidar las presiones que sufre en el trabajo. De pronto, echa una ojeada hacia el interior del vehículo.  Como si volviera de un oscuro pantano. Las preocupaciones son cada vez mayores y está exhausto, piensa Amelia. A simple vista se advierte. Presume o imagina, por mera asociación con lo que a diario se escucha, que la cabeza del hombre es un hervidero donde a fuego lento se cocinan rumores de despido, exigencias de un jefe que no le llega ni a los talones – un digno exponente de los que trepan a través de artimañas de todo tipo -. Aunque, pensándolo bien, quizás no sea más que uno de los tantos ineptos atornillados a la silla de alguna repartición.
   A su lado, sobre la pana descolorida del asiento, ha quedado el papel brillante de la golosina.    Casi sin darse cuenta, lo toma entre sus dedos. Al manipularlo comienza a emerger la forma de un barquito, como los que solía depositar, cuando niña, en la alcantarilla los días de lluvia. Y la imagen recordada, no sabe bien por qué le trae  a la mente los libros de aventuras, que tanto le encantaban. Ante la pregunta ¿qué  te gustaría ser? , ella respondía invariablemente escritora o actriz. Adormecida por el ronroneo de las ruedas del subte ha vuelto a la infancia. El ruido  que anuncia la detención del vehículo la devuelve a la realidad. Sólo faltan  tres estaciones para llegar. Después aligerase de ropas, un buen baño, y a preparar la cena. Mañana, Dios dirá. La frase hecha golpea sus sienes y en un acto reflejo estruja el barquito, que va a parar, hecho un bollo, a los pies de una anciana,  sentada en el extremo del asiento.
   La señora se sobresalta, al sentir el roce sobre su empeine. Le recuerda a su vecina del “D”. Lee en sus ojos que algo placentero ha debido ocurrirle por estos días. Una fiesta sorpresa en su cumpleaños número ochenta, podría ser. Rodeada de todos sus hijos, inclusive el  mayor, que vive tan lejos, nada menos que en Estocolmo. Y los pocos hermanos que le quedan. La casa brillante, como envuelta en papel de regalo. Aunque algo acaso ha empañado su felicidad. Y se le nota. Claro, siempre hay alguien que falta o que sobra. Cuando se tienen años encima los festejos remueven ciertos olvidos y el pasado regresa demasiado de golpe. Y es increíble el vértigo que esto provoca.
   La anciana se levanta  con cierto esfuerzo y camina lenta, pausadamente hacia la puerta, pero,  antes de llegar, gira  su cabeza y la mira como si hubiera estado presintiendo que esa mujer de las fresias, de puro aburrida ha inventado una historia que la incluye.  Un hombre  que se dispone a descender  con el apuro la hace trastabillar.
-          Cuidado, hijo, que apenas puedo sostenerme.
   Amelia repara en  el individuo. Es un tipo que debe rozar los sesenta. Tiene toda la estampa del porteño endomingado. Algo hay en él de triste y alegre a la vez, piensa mientras entrecierra los ojos con el propósito de alejarse de sus propias preocupaciones, del quehacer cotidiano, del opresivo encierro  del viaje. Y entonces su incorregible inventiva pega un salto y comienza a hilvanar el melodrama que según su parecer se ajusta al personaje. En un salón donde se baila tango conoció a una mujer y va a su encuentro. Lleva años de difícil convivencia con su esposa. Del amor solo guarda un borroso recuerdo, que se reaviva cada vez que abre el cajón de su escritorio donde está la foto de la novia de los veinte años. Ajada y amarillenta como su vida. Sin embargo, “el fuego de la pasión” no se ha extinguido y cuando menos lo espera le parece ver sentada a la  antigua novia junto a la ventana del bar, con su aire ausente y esa sonrisa un poco nostálgica. Se ha puesto su mejor traje y la corbata de seda italiana, regalo de su hija. El subte es el lugar donde se siente más ajeno. Todos miran a otro lado. Pero, en pocos minutos, recobrará su nombre y señas personales y  si el destino no le juega en contra, junto a su compañera de baile tal vez redescubra el camino del deseo.
   El  presunto galán y la anciana  descienden y en ese preciso instante comienza a caer una lluvia de pétalos violetas. Papel picado con el nombre de un nuevo perfume. Novedosas tácticas de propaganda.
   El subte vuelve a arrancar. Quedan pocos pasajeros. De pronto, irrumpe el bochinche de un grupo de adolescentes. Tararean una música discordante, intercalando, de vez en cuando risotadas, insultos y gritos. En cada movimiento se desprenden de un pedazo de cáscara. Su alboroto se asemeja  al torpe aleteo  de los pollos. Predestinados como están a no ser más que centro del batifondo. En una de esas, a uno se le escapa un manotazo y el ramillete de fresias cae al suelo. Otro, al darse vuelta lo pisa y Amelia no puede más que arremeter con furia contra ellos. El resto del pasaje permanece indiferente. Su desmesurada reprimenda  ha desatado la risa burlona de los jóvenes que atropelladamente desaparecen tras la puerta del fondo. El subte se detiene en Los Incas.
    Fin del recorrido. En el piso han quedado las flores pisoteadas. Amelia, haciendo malabarismos con los bultos, se dispone a bajar. El enojo  ensombrece su rostro, unos minutos antes  de un color encendido.  Ha reaccionado como una niña a la que   le  hubieran arrebatado un  juguete y eso le da más rabia. Avanza hacia la escalera mecánica con lentitud. Todo le pesa. Y más aún haber perdido su ramo. Un montón de seres anodinos enfilan hacia la salida, de donde proviene una dulce melodía. A medida que camina, la música la va  envolviendo. Las notas traspasan su oído y es como si en su interior las flores ultrajadas recobraran su forma primigenia. Hasta le parece percibir su aroma y divisar sus contornos ribeteados por el rocío. Es un fragmento de Las cuatro estaciones. Sonidos resplandecientes rebotando contra el encajonamiento de los pasillos. Al trasponer los molinetes, semioculto detrás de una de las paredes de la otra salida  se encuentra el violinista. Todos pasan a su lado como si nada. Pero a él no parece importarle. Está concentrado en el manejo de su arco, en la docilidad de las cuerdas. A sus pies, en la funda abierta hay algunas monedas, aunque su improvisado concierto no tenga precio. Nadie lo aplaude y pocos reparan en su presencia. Pero en el sonido proveniente de su instrumento florece el ímpetu que Vivaldi  seguramente extrajo de la armonía natural. Debajo del silencio de la tierra, un joven  desconocido tensa su arco hasta alcanzar el cielo.
   Amelia  deposita unas monedas en el estuche y le da las gracias, aunque no sabe bien por qué. El muchacho por toda respuesta  ensaya una débil sonrisa. La música envuelve los  corredores y los pasajeros emparejan su paso con el ritmo. Cada uno en lo suyo, avanza desde el frío invernal de los pasillos hacia una primavera de compases fragantes. Impulsados por la suave melodía van subiendo por las escaleras hasta ganar la calle. Los últimos rayos de un sol  que se repliega, iluminan  tenuemente cada figura. Amelia se vuelve, como tratando de apresar con su capacidad auditiva, el sonido que la exime de la tensión subterránea. Sonríe con satisfacción. El violinista tiene un rostro sin pasado. Carece de  historia, de argumento. Desde sus manos brota esa sublime imperfección sonora que en mucho se parece a la libertad.




El cuento pertenece a la selección: Ramificaciones inesperadas y otros relatos.