lunes, 28 de diciembre de 2015

En las puertas del 2016, un poema de ROBERTO JUARROZ

Fin de año. Tiempo de celebración. Un ciclo ha concluido. Con la última hoja del calendario desfilan en aparente retirada los días ya marchitos. Y con ellos las palabras  filosas y las voces melladas. Todo lo que fue y lo que no fue. Las heridas y las letanías. El fuego y las cenizas. La borrasca y el sol. Y sin embargo el tiempo está allí, como una red donde quedan atrapadas esas hilachas infinitesimales donde ahora y siempre, ayer y hoy, mañana y nunca, entonces y aún, cuando y mientras tanto entretejen su prosa.
Fin de año. Tiempo de expectativas. O de disyuntivas. Dar vuelta la página. Pero, ¿cómo? Lo por venir dibuja un interrogante. En realidad, aunque se tenga cierta  comprensión del pasado y cierta presunción del presente y en base a ellas se pueda arriesgar alguna conjetura, el futuro representa  invariablemente un enigma.
En el año a punto de expirar se escuchó con bastante frecuencia la palabra grieta. Tal vez se haya impuesto a partir del  parloteo mediático y por repercusión auditiva luego se extendió  hacia otras áreas.¿Cuándo y cómo se produce una grieta? En geología por efectos de contracción del suelo o de un  movimiento de   tracción que supera la fuerza mecánica  de los materiales. En el organismo humano y animal las grietas  son una consecuencia de la rigidez  y falta de flexibilidad de la piel reseca. Y en una    estructura edilicia pueden deberse simplemente a las contracciones y dilataciones que la  cinética terrestre impone a los materiales, o a factores constructivos o catástrofes naturales. El término tiene también una dimensión simbólica: se dice que un argumento presenta grietas cuando se lo puede rebatir por vía de la lógica.
La grieta implica una fractura. La presencia de grietas en la trama social es inevitable. Siempre las hubo y las habrá. Y en alguna medida hasta se  podría decir que algunas  hendijas son saludables. Por una hendija se puede observar lo que está escondido, lo que a simple vista no se advierte, lo que subyace. Pero  la grieta a la que me refiero, si bien presenta resquicios por donde vislumbrar   escondrijos, no es precisamente una hendija sino  un abismo entre el yo y el tú (él,ella, ellos). Entre mi existencia y tu inexistencia. Entre mi palabra y tu silencio. Entre mi primera persona y las otras personas. Entre mi dogma y tu incredulidad. Y también es algo más: una herida. Hay heridas físicas y heridas del alma. Aunque ambas son dolorosas, las primeras debilitan el cuerpo social y las segundas corroen su médula y con ella los hilos conductores de la sensibilidad, las emociones y los límites éticos.
Personalmente tomo con pinzas los  datos provenientes de esa mezcolanza   en que se entrevera lo mediático y la  desorientación ciudadana. Mi experiencia de lectora me permite advertir que lo que dice un texto (por ejemplo, un relato) tiene distintas formas de lectura ( en relación con el contexto, con el emisor, con el receptor, con la sintaxis, etc).  Pero, la  fractura existe. No es un   producto de mentes afiebradas. Los materiales han cedido a la presión de la circunstancia. Cuando un precipicio nos separa es difícil conversar. La distancia impide que hasta los gritos se escuchen. Las palabras se diluyen en el vacío. Se habla sin escuchar. La fisura  frena todo posible diálogo. Y en su hondonada lo fáctico desbarra.
La voraz y tenebrosa  hendedura se ha instalado en las calles, en los lugares de trabajo y entretenimiento, en las redes sociales, en las mesas amistosas y familiares.
El 2016 se aproxima, medio desangelado el pobre, o tan cargado de expectativas que se dobla como un árbol expuesto a un huracán. Pero aún así debe haber lugar para la celebración. De la vida. De la esperanza. De la imperfecta, pero perfectible Democracia.

En las puertas del nuevo año, la indomesticable poesía:

Celebrar lo que no existe.
¿Hay otro camino para celebrar lo que existe?

Celebrar lo imposible.
¿Hay otro modo de celebrar lo posible?

Celebrar el silencio.
¿Hay otra manera de celebrar la palabra?

Celebrar la soledad.
¿Hay otra vía para celebrar el amor?

Celebrar el revés.
¿Hay otra forma de celebrar el derecho?

Celebrar lo que muere.
¿Hay otra senda para celebrar lo que vive?

El poema es siempre celebración
porque es siempre el extremo
de la intensidad de un pedazo del mundo,
su espalda de fervor restituido,
su puño de desenvarado entusiasmo,
su más justa pronunciación, la más firme,
como si estuviera floreciendo la voz.

El poema es siempre celebración,
aunque en sus bordes se refleje el infierno,
aunque el tiempo se crispe como un órgano herido,
aunque el funambulesco histrión que empuja las palabras
desbande sus volteretas y sus guiños.

Nada puede ocultar a lo infinito.
Su gesto es más amplio que la historia,
su paso es más largo que la vida.

                                    Roberto Juarroz


Fuente: Juarroz, Roberto, Poesía vertical 1983/1993, Buenos Aires, Emecé Editores, 1993. El poema corresponde al número 3 de la Novena Poesía Vertical [1987].