domingo, 17 de junio de 2012

MANUEL MUJICA LAINEZ: Elegancia


El  título pertenece a uno de los cuentos del libro Un novelista en el Museo del Prado (1984). Libro singular, en el que Mujica Lainez demuestra una vez más su maestría narrativa, a la que suma, en este caso,  excelentes dotes de observador de las expresiones plásticas, erudición y un inesperado sesgo humorístico.
El Prado es un museo maravilloso. Durante mis estadías en  Madrid creo que llegué a visitarlo más de quince veces. Además de  tener una  colección muy   grande y bien  expuesta, el tránsito por sus salas envuelve a los visitantes  en  una atmósfera   casi mágica.  Y es que el  observador experimenta la sensación de atravesar la historia,  mientras   transita por esa especie de vecindario en el que se  entretejen los más variados abordajes estéticos.
Me pregunto cuántas veces debió asistir Mujica Lainez  y cuántas horas habrá dedicado al estudio de las piezas de su pinacoteca para lograr una trama narrativa insólita por la sutileza y la gracia, y exquisita, por la erudición.
Ese muestrario de piezas, cobra, al correr de su pluma, una  vida inusual, la que solo puede generarse  a través del  diálogo  entre lo real e histórico y lo imaginario.  Generalmente se considera al museo como un lugar estático. Mujica Lainez logra convencernos de lo contrario. La acción y las bullentes peripecias que animan cada uno de los cuentos constituyen un dechado de inventiva. 
Para muchos lectores actuales – no quisiera pecar de prejuiciosa, pero a veces la equívoca  consideración de lo popular, lleva a desgraciados malentendidos – el   discurso de Mujica, pulido y   culto, en el vocabulario, y muy  elaborado en las formas, podría resultar aristocratizante (una marca de clase, podrán decir).   La frase de Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” explicita lo que  está en el trasfondo de toda escritura. Cada texto es, en algún modo, su autor. Mujica Lainez no podría haberlo hecho de otro modo. Y si juzgamos por el resultado en este libro, cuyo  original proyecto no hubiera sido  accesible para muchos otros escritores,  debemos  afirmar que su habilidad narrativa es incuestionable.
El cuento Elegancia describe las alternativas de un concurso organizado por los inanimados (¿?) personajes de  los cuadros, con el fin de seleccionar al exponente de la elegancia dentro del estrellato pictórico. Un tema  relativamente actual y hasta popular. Más allá de los certámenes literarios, de pintura, escultura, cine  o fotografía, que tienen una connotación – a veces es solo una connotación – más culta, hay concursos de belleza, de simpatía; también están los que premian algún modo de producción: la cerveza, la vitivinicultura,  etc. Y los que estimulan a  los nuevos valores del canto o del baile.
El concurso de retratados plantea varias exigencias de organización: primero, qué pintores intervendrán; segundo, quiénes serán los encargados de designar un jurado; tercero, quiénes podrán ser jueces. El primer punto se soluciona con la inscripción de los concursantes en “hojas hurtadas a la Dirección”. El segundo punto se confía al enano y bufones de la serie velazqueña, quienes dando muestras de “su lúcido sentido de la jerarquía y del equilibrio de su criterio” informan que el jurado se compondrá exclusivamente con dioses del Olimpo.
Otra de las características que se adjudica a los museos, sobre todo a aquellos que tienen una tradicional posición en la Historia de la    Cultura, es que son solemnes. Mujica Lainez libera al Prado de semejante estigma, elaborando escenas francamente  burlescas. Las disputas entre los dioses del jurado por cuestiones de talla u otros  melindres, las alusiones al tráfico de influencias (los electores del jurado y algunos de sus miembros pertenecen a una misma serie pictórica, por lo tanto son parientes) el hecho de que quienes elijan al supremo tribunal sean enanos y bufones y que los dioses de las pinturas velazqueñas no  son sino “otros tantos mocetones labradores, de fuertes músculos y piel curtida, que hacen de dioses como pueden”, el desfile de los jurados desnudando actitudes pacatas o hipócritas: “Venus, habituada al exhibicionismo, coloca, por tradición y aspaviento, las entreabiertas manos en las partes consabidas”, dan cuenta de ello.  El escritor humaniza con ironía.  Las mañas de los “consagrados”, ya sean artistas del pasado,  dioses o seres actuales, de carne y hueso, puestos en una circunstancia similar, son, en realidad, las mismas.   La solemnidad del acto, encarnado nada menos que en las nobles obras de arte y enmarcado  escenográficamente en un lugar prestigioso, resulta una cáscara que el novelista logra resquebrajar. Las obras de arte son, en definitiva,  muy humanas,  tanto en lo que se refiere a la  estirpe y trayectoria  histórica del retratado como a  las de quien lo retrató.
Llegado el día del. Fallo, por la galería avanza el jurado de dioses olímpicos y luego, uno a uno, van desfilando los pintores y sus obras. A medida que esto ocurre, el anónimo narrador en tercera persona deja paso al novelista-crítico. Las observaciones   de los  actores de esta  parodia, son hilarantes.  Así el efebo Diadumeno  señala “la oportuna extravagancia de la moda masculina del Renacimiento, que exigía la exhibida exageración del viril atributo, como encarnado y pronto a embestir”. O las que pone en boca de los mismos dioses. Respecto del retrato del Conde San Segundo y una Madonna de Mazzola dirán: “Sin duda son elegantes, pero su aire es de tal manera ficticio que se los diría disfrazados…” En otros casos la observación proviene del mismísimo novelista-crítico: “Pero estos portentosos señores – dirá respecto de los Reyes Magos  de Memling – tan poco tienen que ver con los que en Belén  adoraron al Niño, como la hija del Faraón de Paolo Veronese con la que en Egipto rescató de las aguas a Moisés. Son tres grandes, grandísimos monarcas de leyenda medieval.” Este tipo de acotaciones abunda.
Finalmente Apolo pregona el nombre de  los retratos y autores preseleccionados. Son ocho, empezando por el Felipe II de Tiziano y terminando con la Reina Isabel de Velázquez. Todos,  gente de  encumbrada prosapia. Mientras tanto los jueces no dejan de proclamar con fanatismo sus preferencias.  “ Con ello – concluirá el novelista-crítico – se corrobora la débil condición humana de los divinos jueces”.
Cuando están en las decisiones finales aparece un nuevo caso a considerar. Se trata de un caballero al cual no entienden bien, por hablar en una lengua foránea. Por fin,  en medio de un silencio  expectante se acerca Durero y presenta  su Adán y Eva, pintado en 1507. “He aquí – apunta el novelista- crítico – la fiesta de la pureza intacta en plenitud, el dulce prodigio del cuerpo humano, triunfo del ideal de la proporción. Los dioses son conscientes de esa trascendencia.” Y por lo tanto es éste el cuadro que se impone como ganador.
Muchos claman, como suele ocurrir  también en parecidos casos    de  la vida real, contra la iniquidad e inmoralidad de la resolución. “Pero Zeus les replica que la elegancia esencial reside en la arquitectura  del esqueleto y en la calidad  y medida de lo que tapiza exteriormente, además, claro está, de la plástica disciplina con que esos elementos se manejan.” Razones que conocen muy bien los griegos.
Con suprema elegancia Mujica Lainez  ha   creado un relato con el que homenajea a los progenitores comunes y con ellos a la belleza y la perfección con que un artista ha logrado plasmar el valor de la vida y de  la primigenia desnudez de la  naturaleza.
El arte sacralizado se transforma en sus manos en materia dúctil y juguetona.  Con humor trastoca las  expectativas que impone el  grave   ceremonial de la Cultura   con mayúsculas, y nos devuelve a esa    simplicidad primordial con que el ingenio ilumina hasta sus manifestaciones  más  complejas.

Fuente: Mujica Lainez, Manuel, Un novelista en el Museo del Prado, Bs.As. Editorial Sudamericana-Debolsillo, 2010.

Puertas de "El Paraíso", casona de Mujica Lainez en Cruz Chica-Córdoba.

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