viernes, 17 de julio de 2015

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO: LA VOZ Y LA PALABRA

José Agustín Goytisolo nació en Barcelona en 1928 y falleció en esa misma ciudad el 19 de marzo de 1999.
Una triste experiencia marcó su vida y quizás su modo de escribir. Su madre, Julia Gay, falleció en 1938, víctima de un bombardeo de las fuerzas franquistas.

Perteneció a la llamada generación del 50. José Luis Cano  se refiere a la misma del siguiente modo: “Lo que distingue a la nueva poesía española es, pues, la entrañable relación entre vida temporal y poesía: su temporalidad e historicidad, siguiendo en ello a Antonio Machado. Solo esa relación da a la poesía un valor testimonial, y refleja la vida total del hombre situado en un tiempo y un espacio históricos.”[1]

Las siguientes palabras de Goytisolo definen su postura: “En las actuales circunstancias del mundo y de la sociedad en que vivo, no considero honesta una postura de evasión ante la realidad. Creo que mi deber como escritor es, además de procurar escribir lo mejor posible, dar testimonio de lo que sucede, de lo que veo y pienso, de lo que ven y piensan hombres como yo, de lo que desean y por lo que luchan y mueren muchos hombres. Yo quisiera que la poesía sirviese de aliento y fuera sentida por la mayoría de la sociedad.”[2]

El poema musicalizado por Paco Ibañez  fue dedicado por Goytisolo a su hija Julia y pertenece al libro Palabras para Julia (1979).




[1] Cfr. Prólogo de Lírica española de hoy, Madrid, Ed. Cátedra, 1979.

[2] Citado por Ana María Echevarría en Grupo poético del 50- Antología de poesía española, Buenos Aires, Ed. Colihue,1992.

jueves, 9 de julio de 2015

POESÍA GALLEGA: Rosalía de Castro

CANTARES GALLEGOS (1872)

III

Lugar más hermoso
no hubo en la tierra
que aquel que yo miro,
que aquel que me hiciera.

Lugar más hermoso
en el mundo no hallara
como aquel de Galicia.
¡Galicia encantada!

¡Galicia florida!
Como ella ninguna,
de flores cubierta,
cubierta de espumas.

De espumas que el mar
con perlas devuelve;
de flores que nacen
al pie de la fuentes.

De valles tan hondos,
tan verdes, tan frescos
que las penas se calman
con tan solo verlos.

Que en ellos los ángeles
dormidos se  quedan,
ya en forma de aves,
ya en forma de niebla.

FOLLAS NOVAS (1880)

III

Como las nubes
que empuja el viento
que ahora oscurecen, y luego alegran
los espacios inmensos del cielo,
así las ideas
locas que yo tengo,
las imágenes de múltiples formas,
de extrañas hechuras, de colores inciertos,
ahora asombran,
ahora aclaran
el fondo sin fondo de mi pensamiento.

¡TERRA A NOSA![*]

I

Bajo la plácida sombra del castaño
de nuestro buen país;
bajo aquellos frondosos robledales
que endulzan el vivir;
bajo la higuera del hogar paterno,
que años cuenta sin fin,
¡qué cuentos placenteros, qué amorosos
diálogos se dicen allí!
¡Qué risas se oyen en las serenas tardes
del cariñoso abril!
Y también ¡qué tristísimos adioses
se acostumbran a oír!

Fuente: de Castro, Rosalía, Antología poética, Buenos Aires, Editorial Losada. Prólogo, traducción y notas de Graciana Vázquez Villanueva.






[*] “¡Terra a nosa!,  es un viejo grito de libertad e independencia (N de T.)

sábado, 20 de junio de 2015

VICENTE ALEIXANDRE: Sombra del Paraíso

PADRE MÍO

                                                            A mi hermana

Lejos estás, padre mío, allá en tu reino de las sombras.
Mira a tu hijo, oscuro en esta tiniebla huérfana,
lejos de la benévola luz de tus ojos continuos.
Allí nací, crecí; de aquella luz pura
tomé vida, y aquel fulgor sereno
se embebió en esta forma, que todavía despide,
como un eco apagado, tu luz resplandeciente.

Bajo la frente poderosa, mundo entero de vida,
mente completa que un humano alcanzara,
sentí la sombra que protegió mi infancia. Leve, leve,
resbaló así la niñez como un alígero pie sobre una yerba noble,
y si besé a los pájaros, si pude posar mis labios
sobre tantas alas fugaces que una aurora empujara,
fue por ti, por tus benévolos ojos que presidieron mi
nacimiento
y fueron como brazos que por encima de mi testa cernían
la luz, la luz tranquila, no heridora a mis ojos de niño.

Alto, padre, como una montaña que pudiera inclinarse,
que  pudiera vencerse sobre mi propia frente descuidada
y  besarme tan luminosamente, tan silenciosa y puramente
como  la luz que pasa por las crestas radiantes
donde  reina el azul de los cielos purísimos.

Por tu pecho bajaba una cascada luminosa de bondad,
que tocaba
luego mi rostro y bañaba mi cuerpo aún infantil, que emergía
de tu fuerza tranquila como desnudo, reciente,
nacido cada día de ti, porque tú fuiste padre
diario, y cada día yo nací de tu pecho, exhalado
de tu amor, como acaso mensaje de tu seno purísimo.
Porque yo nací entero cada día, entero y tierno siempre,
y débil y gozoso cada día hollé naciendo
la yerba misma intacta: pisé leve, estrené brisas,
henchí también mi seno, y miré el mundo
y lo vi bueno. Bueno tú, padre mío, tú solo.

Hasta la orilla del mar condujiste mi mano.
Benévolo y potente tú como un bosque en la orilla,
yo sentí mis espaldas guardadas contra el viento estrellado.
Pude sumergir mi cuerpo reciente cada aurora en la
espuma,
y besar a la mar candorosa en el día,
siempre olvidada, siempre, de su noche de lutos.

Padre, tú me besaste con labios de azul sereno.
Limpios de nubes veía yo tus ojos,
aunque a veces un velo de tristeza eclipsaba a mi frente
esa luz que sin duda de los cielos tomabas.
Oh padre altísimo, oh tierno padre gigantesco
que así, en los brazos, desvalido, me hubiste.

Huérfano de ti, menudo como entonces, caído sobre una
yerba triste,
heme hoy aquí, padre, sobre el mundo en tu ausencia
mientras pienso en tu forma sagrada, habitadora acaso
de una sombra amorosa,
por la que nunca, nunca tu corazón me olvida.

Oh padre mío, seguro estoy que en la tiniebla fuerte
tú vives y me amas. Que un vigor poderoso,
un latir, aun revienta en la tierra.
Y que unas ondas de pronto, desde un fondo, sacuden
a la tierra y la ondulan, y a mis pies se estremece.

Pero yo soy la carne todavía. Y mi vida
es de carne, padre, padre mío. Y aquí estoy,
solo, sobre la tierra quieta, menudo como entonces, sin
verte,
derribado sobre los inmensos brazos que horriblemente
 te imitan.

Fuente: Aleixandre, Vicente, Sombra del Paraíso, Buenos Aires, Editorial Losada, 1977.

El mismo año de 1977, Vicente Aleixandre obtuvo el Premio Nobel.

viernes, 12 de junio de 2015

RAÚL GUSTAVO AGUIRRE: El movimiento Poesía Buenos Aires

VIOLENCIA DE LA POESÍA

Vamos a proclamar que el poeta es un ser humano, habitante del mundo.
Vamos a proclamar  que la poesía es el hombre. Vamos a terminar con  la significación literaria de la palabra poesía, con la significación inerme, tranquila, indeterminada, escrita, de la palabra poesía.
Los poetas de hoy deben escribir en el aire, limpiar el aire. Ésta es su tarea inmediata, su tarea más difícil.
No se trata ya de versos o de imágenes. Ellos son siempre un excedente, un sencillo desecho que servirá para construir las ciudades nuevas.
Se escribe solo una parte de la poesía. La parte mayor, la parte principal, esencial, está en el espacio. Ella sostiene las señales, los caminos , las brújulas.
Basta ya de papeles y de disquisiciones circulares. La mano del poeta no es diferente ni heroica. Es la mano de una persona de confianza.
Basta de insultos a la sombra del mundo. Construir sobre el alba, allí donde cada herida avanzará hacia la indiferencia.
No haremos poesía en el espacio donde toda palabra es inútil. La poesía por la que trabajamos tendrá siempre una inexorable acción sobre las relaciones humanas. La poesía, a través de los que identifican con su vida ese hacer, ha de llegar también a los que no comprenden el escrito, ha de llegar en acto y  en presencia. Y las criaturas sin fidelidad a sus ojos, los continuos saqueados, serán así defendidos.  El poeta hará posible la comunicación, los bellos gestos, la continuación de la vida. (Viejo perro sin amo, habrá gustado el curso de vuestras palabras, acelerado por su presencia.) El más bello ademán matará al último de los canallas.
Los poetas dicen la verdad con sus siete colores: hay entre esos colores un amarillo ingenuo y un violeta con trágica experiencia, hay un niño y un viejísimo dios, una ciudad despierta por un grito, y un cofre de maravillas. (Un cofre de tierra preciosa, porque ellos son dueños de la piedra antifilosofal, que transforma el oro en plomo.)
La poesía será una forma de caminar, o de habitar el mundo. Cada poema es un accidente, una circunstancia.
Hablemos de caminar, de comprender, hablemos de la indignación de los testigos y de los que tienen que ganar su hambre. Hablemos de la única manera de estar entre los otros. Hablemos de las soluciones universales y del tesoro único de cada hombre.
Y el poeta debe responder por todos los hombres, puesto que los representa y significa.
La poesía ya no es un frasco de agua de olor, sino la música donde sucede cada movimiento de las fibras musculares.
Niño, no mates a tus poetas, porque ellos vienen a devolverte la vida.
El poeta viene a unificar vuestras mejores experiencias, vuestros momentos cruciales, y a devolveros su fuerza.
La gran memoria sostiene los ojos que justifican el mundo.
El poeta es el único que puede comprender. Él decidirá en última instancia sobre las relaciones entre la lógica y la vida, entre la mecánica, los mitos, la planificación y la vida.
Es necesario que la realidad, antes de existir, sea soñada. Nada se materializa más fácilmente que un verdadero sueño.
Vosotros venceréis siempre a las máquinas de calcular, porque la fuerza del que ve claro lleva mil siglos de ventaja. Ver a través de vuestros dolores, ver a través de vuestros sueños, ver a través de vuestra inocencia.
La poesía deviene, violentamente, antipoesía. Ella se instala ahora en vuestros cuerpos, habita vuestras casas y combate por vuestra dignidad en todos los frentes.
A vivir por vosotros.
Solo así el poeta tiene derecho, a veces, a entregarnos algunas imágenes, algunas sugestiones, a devolvernos doble por sencillo.


Fuente: El movimiento Poesía Buenos Aires (1950-1960). Selección prólogo y notas de Raúl Gustavo Aguirre, Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1979. El texto pertenece al volumen VII de la revista Poesía Buenos Aires.

jueves, 28 de mayo de 2015

MIS POEMAS: ¿Una noticia puede convertirse en poema?

Noticia que al ser leída se transforma en… ¿poema?
La lengua desentierra. En esta ocasión: un abrazo.
Ellos han estado por más de cincuenta años abrazados.
En principio arropándose, compartiendo el aliento.
La suave exhalación que emana de la boca del recién nacido.
El hálito vital; ese viento ligero, levísimo
que los frutos empujan hacia la arborescencia.
Con los brazos entregados y los cuerpos henchidos de estupor,
habrán imaginado que uno sería para el otro una manta,
un cobertor piadoso.
Y luego habrán atravesado
la palabra esteparia,
la médula del silencio.
Y deslizándose el uno en el otro
se habrán encontrado en el extravío.
Toda la vida, más allá de las  elevadas cumbres,
del otro lado de riscosas laderas.
Ajena, ya. De otros. Del pasado.
Del vértigo que ha llegado a su fin.
Descenso.
Hacia la oscuridad de lo que ni siquiera es requerido.
Nadie supo de ellos.
Nadie alcanzó a encontrarlos.
El uno junto al otro fueron toda la humanidad que les quedaba.
Un alud hizo girar a ese trompo sin vida
hacia el hondón del abrazo.
El tutelar abrazo de dos seres que a cada instante iban perdiendo la luz.
Las heladas construyeron un túmulo.

Después de más de cincuenta años
sus huesos trizados por vendavales y tinieblas
despiertan en la memoria de los hombres
una imagen que es casi una señal. El abrazo que todos nos debemos.
La confraternidad ante  la niebla o la nevisca.
O ante el frío prosaico
con el que nos expulsan los barrancos,
las fortuitas tenazas de las cimas,
la caída fatal e inescrutable.
La soledad que nos estrecha y latido a latido
nos devuelve a la unidad que fuimos – y seremos-
en la altura invencible de la  Nada.




El poema está basado en una noticia aparecida el 05-03-2015, la cual se refiere al hallazgo de los cuerpos de  dos montañistas desaparecidos el 2 de noviembre de 1959 en la ladera oeste del Citlaltepetl, pico más alto de Orizaba-México (5270 m.).


 
  





sábado, 23 de mayo de 2015

LA VISIÓN Y LA MISIÓN DE LOS INTELECTUALES

El diccionario de la RAE da tres acepciones para el término intelectual: 1) Perteneciente o relativo al entendimiento. 2) Espiritual o sin cuerpo. 3) Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias o las letras. El título de esta nota refiere a la acepción sustantivada, o sea a la persona que hace trabajar su intelecto y tiene por objetivo movilizar el entendimiento del prójimo. Pero también, por insoslayable correspondencia,  a los otros dos significados.
Al intelectual le compete leer e interpretar signos. Signos que componen la trama textual de libros, pero también de cualquier manifestación de la cultura y la sociedad que los produce. La suya es una tarea que implica un esfuerzo de reflexión y también un ejercicio de responsabilidad. El intelectual puede o no tener una posición de prestigio dentro del engranaje que moviliza a la comunidad. Esto depende de muchos  factores. Factores que   se  relacionan con su propio accionar o  que derivan de  circunstancias ajenas a él.  
Siempre he   considerado que la inteligencia es un don valioso y que los actos que provienen de ella deberían responder a la mayor libertad posible, interior y exterior y también al  empeño constante e intenso   con que se la usa. Las capacidades intelectuales, lamentablemente, no son un bien masivo. Por un lado, no todos nacemos con una mente brillante. Por otro,  todas las mentes necesitan de estímulos. Los que hemos pasado por la docencia sabemos que la posibilidad de acceso a una real educación (no a  un simulacro de ella) es el medio más efectivo para el desarrollo intelectual de cualquier persona. También lo es una buena alimentación y un entorno que favorezca las capacidades de cada individuo. Por lo tanto,  la persona que goza de la    facultad de leer comprensivamente, de un ámbito apropiado para el ejercicio reflexivo y del respaldo monetario para acceder a los medios de conocimiento, puede considerase un ser privilegiado. Su posicionamiento social es bien diferente del posicionamiento de quienes carecen de tales favores del destino. Algunos intelectuales ostentan ese privilegio y sacan partido de él sin reparar en que  ese bien está expuesto a los mismos avatares que cualquier otro bien terrenal, y sin la responsable gratitud que debieran demostrar por  poder usufructuar de un don  con el que no cuentan muchos de sus conciudadanos.

En todas las épocas y países ha habido intelectuales, que se han puesto al servicio de un régimen, partido o movimiento político. Tener ideología e incluso mostrar una preferencia política es inevitable para un intelectual. Precisamente porque su trabajo le exige lecturas constantes e incisivas no solo de libros sino también de postulados científicos y  del conjunto del hacer social. Pero ello no implica estar al servicio de.  Su capacidad intelectual y la influencia que con ella alcanzan no pueden estar sujetas a más designios que la honestidad de sus principios. Y la expresión honestidad no solo apunta a una  abstracción ética, sino al hecho concreto  de que ésta provenga de una suerte de debate interno y no a una imposición dogmática. Al respecto me parece interesante lo que dice Santiago Kovadloff en su ensayo Un tiempo de dilemas: “Quisiera, finalmente, referirme al que considero uno de los deberes primordiales del intelectual  en un marco sociopolítico como el latinoamericano. Creo que una de la enfermedades espirituales que sigue padeciendo la vida política continental es el autoritarismo, la arraigada intolerancia al debate, la repugnancia y el horror ante el valor relativo que pudieran revestir nuestras convicciones y, en consecuencia, la necesidad de concebir toda instancia alternativa a la nuestra como una hostilidad, un peligro, una amenaza mortal.”
Sabido es que la influencia de un intelectual en las mentes indoctas no es directa. Nadie accede a un determinado tipo de lecturas por obra y gracia del azar. Y muy pocos tienen la posibilidad de cotejar diferentes fuentes. “La auténticas preguntas, tan inusuales como decisivas, son aquellas que se desvelan por dar vida a lo que todavía no la tiene; aquellas que aspiran a aferrar lo que por el momento es inasible; aquellas que se inquietan por construir el conocimiento en lugar de adquirirlo hecho.”, apunta Kovadloff en otro de los ensayos del mismo libro,[1] titulado Qué significa preguntar.
De allí emana la exigencia de responsabilidad que cabe a todo trabajador del intelecto. Abrir el pensamiento a diferentes perspectivas, favorecer el diálogo cultural y permitir que cada ser humano, de acuerdo a sus propias perspectivas, elija libremente cómo ponerse de pie frente al mundo, es la tarea más enaltecedora que puede realizar un intelectual. Y es la devolución que  debiera hacer a una sociedad, que con todas sus desigualdades e irregularidades, le permitió a él,  mimado erudito, alcanzar un estatus de conocimiento que supera al de la media de la población y está, supuestamente, muy por encima de quienes mínimamente deben luchar cada día por la subsistencia.


[1] Kovadloff, Santiago, La nueva ignorancia, Buenos Aires, Emecé Editores, 2001.

sábado, 9 de mayo de 2015

GEORG TRAKL: sensibilidad cautivada por los poderes nocturnos

HUMANIDAD

Humanidad formada ante volcanes,
redoble del tambor, oscuras frentes de guerreros,
pasos entre vahos de sangre, el negro hierro suena.
Desesperación, la noche en afligidas mentes:
aquí la sombra de Eva, la caza y el rojo dinero.
Nubes, la luz irrumpe, la Última Cena.
En pan y vino mora un dulce silencio.
Y doce es el número de aquellos reunidos.
De noche gritan en sueños bajo los olivos;
Santo Tomás hunde la mano en el sagrado estigma.

LA NOCHE

A ti te canto, salvaje abismo
en la tormenta de la noche
de montañas apiladas;
torres grises
desbordantes de gestos infernales,
fogosos animales,
ásperos helechos, pinos,
cristalinas flores.
Tormento infinito,
que tú atraparas
el manso espíritu de Dios,
gimiendo en la cascada.
En ondulantes pinos.

Áureas arden las hogueras
alrededor de los pueblos.
Sobre riscos negruscos
ebrio de muerte se precipita
el ardiente huracán,
la onda azul
del ventisquero,
y resuena
poderosa en el valle de la campana:
llamas, blasfemias
y los oscuros
juegos de la lujuria.
Asalta el cielo
una cabeza de piedra.

Fuente: Trakl, Georg, Obra poética, Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1992. Traducción: Rodolfo Modern. El poema Humanidad pertenece al libro: De profundis. El poema La noche pertenece al libro: Canción del solitario.