viernes, 25 de mayo de 2012

KOBO ABE: Los cuentos siniestros


Cuál es la primera reacción, al menos mi primera reacción ante la lectura de estos cuentos? Mantenerme pendiente del hilo narrativo como quien camina sobre una cuerda pero sin poder dejar de hacerlo. Equilibrio versus desequilibrio. Tensión de afuera hacia adentro. ¿Cuál es la realidad que nos muestran? En apariencia:  personas y cosas de cualquier lugar del mundo. Son muy pocas las referencias a la vida y costumbres japonesas. ¿Qué efecto produce ese   conjunto de personas ,  objetos y hechos  aparentemente reales? En primer  lugar: perplejidad, extrañeza. Luego, un  torbellino de emociones bien diversas: angustia, hilaridad,   incertidumbre, agobio… Finalmente: descentramiento.
El adjetivo siniestro con que se califica a estos cuentos podría ser una ocurrencia del traductor. No conozco el idioma japonés y por lo tanto no sé si el término responde a  una traslación literal o no. En español el término siniestro conserva del vocablo latino del cual deriva  la acepción: avieso, funesto. Freud, en un artículo titulado Lo siniestro (Das Unheinliche-1919)  se refiere a los antónimos heimlich (lo familiar y confortable)-unheimlich ( lo oculto, disimulado) como términos con cierta ambivalencia. Lo siniestro marcaría  el traspaso  de lo familiar y confortable   a lo contrario. Desde su perspectiva psicoanalítica y refiriéndose a las conductas  neuróticas apunta Freud: “…todo efecto de un impulso emocional, cualquiera sea su naturaleza, es convertido por la represión en angustia, entonces es preciso que entre las formas de lo angustioso exista un grupo en el cual se pueda reconocer que esto, lo angustioso, es algo reprimido que retorna. Esta forma de angustia sería lo siniestro”.
Los cuentos de Kobo Abe  muestran esa subrepticia  transformación de lo familiar y cotidiano  en  una trabazón fantasmal  que  sobrecoge y conmociona. En ese aspecto coincide con la reflexión freudiana. Pero la sobrepasa ya que no responde al plano individual sino al  social ¿Cómo opera ese tránsito? Los personajes están deshumanizados.  Se los nombra con iniciales (K, A) o con motes de ambigua resonancia: “el ancestro” ; también por cómo los describen los otros personajes: “…Ella…aspira a ser un objeto abstracto” o bien por  nombrarlos con algún atributo chocante: “el calvo de traje negro” “el que no tenía la pierna derecha” “el que le faltaba el brazo izquierdo”.
Las situaciones expuestas son profundamente inhumanas: una empresa que se propone preparar empleados para cometer crímenes y robos (El pánico), un sector social que practica el  canibalismo con otro sector más débil socialmente (El grupo de petición anticanibalística y los tres caballeros), la violencia ejercida sobre un ancestro y la  planificación de su muerte (La casa).
La tendencia a realizar compulsivamente acciones que resultan  altamente perjudiciales para el que las ejecuta (El perro, Al borde del abismo).
La demora en el relato  que traduce la demora interna del personaje que no se decide a resolver una situación de la cual es un partícipe azaroso (La muerte ajena).
La repugnancia que generan algunas representaciones: la relación perseguido-perseguidor que se genera entre el ancestro y el dueño de casa y que tiene un efecto rebote (La casa), el muerto que se transforma en una suerte de pesadilla  tenebrosamente coloreada : “orejas marchitas”, “ nuca arrugada y mugrosa”, “dedos azules que parecían entalcados”, “uñas con puntas moradas”  (La muerte ajena).
Algunos cuentos tienen lo que podría llamarse formalmente un final abierto. La narración se corta en un punto culminante, aunque de hecho ya está sobrentendido el final. Pero la suspensión del relato nos deja como con una sensación de agujero negro. Reproduce en nuestro interior el terrible abismo al que está expuesto el personaje.
El lenguaje es despojado y   sobrio. La forma de narrar, clara y sin ningún tipo de artificio que oscurezca la comprensión de los hechos. Si bien el pasado es el tiempo  que predomina en la narración, en el cuento La muerte ajena la alternancia con subjuntivos y condicionales: “Si ahí hubiera intuido lo que ocultaba esa aparente contradicción, habría optado…”, “¿O sea que el cadáver estaría circulando de un departamento a otro?...”, muestra cómo la acción es un reflejo especular del tiempo interno del protagonista, de sus vacilaciones. Por otra parte, en El perro la narración en primera persona y en  presente enmarca el testimonio de quien  puede ver y hasta pre-ver el fatal desenlace. Y el cuento que cierra el libro: Al borde del abismo está estructurado como un monólogo en presente que muestra un desdoblamiento de las fuerzas interiores y en pugna del protagonista.
Según he leído, Abe fue un admirador de Kafka.  Su técnica lo acerca, sin duda, al escritor checo. Sin embargo los temas abordados son en algún punto distintos. La preocupación central de Kafka fue  el poder y la justicia (divina y humana), mientras que el escritor japonés, ubicado ya hacia la mitad del siglo XX, centra sus atmósferas, su sombrío entretejido de realidad y fantasía y sus paradojas  en una etapa histórica que anticipa las problemáticas de una sociedad sumida en la incertidumbre y el vacío, y enfrentada a nuevas formas de representación de la realidad. El motivo de angustia ya no es la represión neurótica, ni la culpa, sino el haberse convertido en especies de títeres, carentes por tanto de capacidad autodefensiva. El no saber qué son, ni cómo son, ni cuáles son los designios que los mueven. El estar inermes.  Los  relatos fechados  abarcan el período entre 1954-1964. El cuento El huevo de plomo, en el que un hombre es sacado de hibernación un siglo después de haber sido encerrado en una cápsula (1987-2087) da muestras de una visión del futuro bastante amarga. El célebre profesor del mundo antiguo rompe a llorar ante la perspectiva de  inserción en un mundo que le  resulta completamente ajeno. Y este cuento es, tal vez,  el que mejor plantea el hecho de que somos una construcción sostenida por un marco espacio-temporal que es también una construcción.
En este primer libro que leo de Kobo Abe  encontré una prosa más que interesante. Celebro el hallazgo. Un libro extraño y valioso como una perla.

Fuente: Abe,Kobo, Los cuentos siniestros, Buenos Aires, Eterna Cadencia Editora, 2011.








jueves, 17 de mayo de 2012

CARLOS FUENTES Y SUS PALABRAS


LA MUERTE DE ARTEMIO CRUZ (1962)
fragmento

Tú sobrevivirás: volverás a rozar las sábanas y sabrás que has sobrevivido, a pesar del tiempo y el movimiento que a cada instante acortan tu fortuna: entre la parálisis y el desenfreno está la línea de la vida: la aventura: imaginarás la seguridad mayor, jamás moverte: te imaginarás inmóvil, al resguardo del peligro, del azar, de la incertidumbre: tu quietud no detendrá al tiempo que corre sin ti, aunque tú lo inventes y midas, al tiempo que niega tu inmovilidad y te somete a su propio peligro de extinción: aventurero, medirás tu velocidad con la del tiempo:
   el tiempo que inventarás  para sobrevivir, para fingir la ilusión de una permanencia mayor sobre la tierra: el tiempo que tu cerebro creará a fuerza de percibir esa alteración de luz y tinieblas en el cuadrante del sueño; a fuerza de retener esas imágenes de la placidez amenazada por los cúmulos concentrados y negros de las nubes, el anuncio del trueno, la posteridad del rayo, la descarga turbonada de la lluvia, la aparición segura del arcoiris; a fuerza de escuchar las llamadas cíclicas de los animales en el monte; a fuerza de gritar los signos del tiempo: aullido del tiempo de la guerra, aullido del tiempo del luto, aullido del tiempo de la fiesta; a fuerza, en fin, de decir el tiempo, de hablar el tiempo, de pensar el tiempo inexistente  de un universo que no lo conoce porque nunca empezó y jamás terminará:
   no tuvo principio, no tendrá fin y no sabe que tú inventarás una medida del infinito, una reserva de razón:
   tú inventarás y medirás un tiempo que no existe,
   tú sabrás, discernirás, enjuiciarás, calcularás, imaginarás, prevendrás, acabarás por pensar lo que no tendrá otra realidad que la creada por tu cerebro, aprenderás a dominar tu violencia para dominar la de tus enemigos: aprenderás a frotar dos maderos hasta incendiarlos porque necesitarás arrojar una tea a la entrada de tu cueva y espantar a las bestias que no te distinguirán, que no diferenciarán tu carne de la carne de otras bestias y tendrás que construir mil templos, dictar mil leyes, escribir mil libros, adorar mil dioses, pintar mil cuadros, fabricar mil máquinas, dominar mil pueblos, romper mil átomos para volver a arrojar tu tea encendida a la entrada de la cueva,
   y harás eso todo porque piensas, porque habrás desarrollado una congestión nerviosa en el cerebro, una red espesa capaz de obtener información y transmitirla del frente hacia atrás: sobrevivirás, no por ser el más fuerte, sino por el azar oscuro de un universo cada vez más frío, en el que solo sobrevivirán organismos que sepan conservar la temperatura de su cuerpo frente a los cambios del medio, los que conserven esa masa nerviosa frontal y puedan predecir el peligro, buscar el alimento, organizar su movimiento y dirigir su nado en el océano redondo, proliferante, atestado de los orígenes: quedarán en el fondo del mar las especies muertas y perdidas, tus hermanas, millones de hermanas que no emergieron del agua con sus cinco estrellas contráctiles, sus cinco dedos clavados en la orilla, en la tierra firme, en las islas de la aurora: emergerás con la amiba, el reptil y el pájaro cruzados: las aves que se arrojarán de las nuevas cimas para estrellarse en los nuevos abismos, aprendiendo en el fracaso, mientras los reptiles ya vuelen y la tierra se enfríe: sobrevivirás con las aves protegidas de plumas, arropadas por la velocidad de su calor, mientras los reptiles fríos duerman, invernen y al cabo mueran y tú clavarás las pezuñas en la tierra firme, en las islas de la aurora, y sudarás como un caballo, y treparás a los árboles nuevos con su temperatura constante y descenderás con tus células cerebrales diferenciadas, tus funciones vitales automatizadas, tus constantes de hidrógeno, azúcar, calcio, agua, oxígeno: libre para pensar más allá de los sentidos inmediatos y las necesidades vitales
   descenderás con tus diez mil millones de células cerebrales, con tu pila eléctrica en la cabeza, plástico, mutable, a explorar, satisfacer tu necesidad, proponerte fines, realizarlos con el menor esfuerzo, evitar las dificultades, prever, aprender, olvidar, recordar, unir ideas, reconocer formas, sumar grados al margen dejado libre por la necesidad, restar tu voluntad a las atracciones y rechazos del medio físico, buscar las condiciones favorables, medir la realidad con el criterio de lo mínimo, desear secretamente lo máximo, no exponerte, sin embargo, a la monotonía de la frustración:
   acostumbrarte, amoldarte a las exigencias de la vida en común:
   desear: desear que tu deseo y el objeto deseado sean la misma cosa: soñar en el cumplimiento inmediato, en la identificación sin separaciones del deseo y lo deseado:
   reconocerte a ti mismo:
   reconocer a los demás y dejar que ellos te reconozcan: y saber que te opones a cada individuo, porque cada individuo es un obstáculo más para alcanzar tu deseo:
   elegirás, para sobrevivir elegirás, elegirás entre los espejos infinitos uno solo, uno solo que te reflejará irrevocablemente, que llenará de una sombra negra los demás espejos, los matarás antes de ofrecerte, una vez más, esos caminos infinitos para la elección:
   decidirás, escogerás uno de los caminos, sacrificarás los demás: te sacrificarás al escoger, dejarás de ser todos los otros hombres que pudiste haber sido, querrás que otros hombres –otro- cumpla por ti la vida que mutilaste al elegir: al elegir sí, al elegir no, al permitir que no tu deseo, idéntico a tu libertad, te señalara un laberinto sino tu interés, tu miedo, tu orgullo:
   temerás al amor, ese día:
   pero podrás recuperarlo: reposarás con los ojos cerrados, pero no dejarás de ver, no dejarás de desear, porque así harás tuya la cosa deseada:
   la memoria es el deseo satisfactorio:
   hoy que tu vida y tu destino son la misma cosa.

Carlos Fuentes nació en Panamá en 1928 y falleció en México el 15 de mayo de 2012.

Fuente: Fuentes, Carlos, La muerte de Artemio Cruz, Navarra, Salvat Editores S.A., 1971.

martes, 15 de mayo de 2012

POESÍA ARGENTINA: ALEJANDRA PIZARNIK


SE PROHÍBE MIRAR EL CÉSPED

Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.

Publicado en Sur, Buenos Aires, Nº 284, 1963. Incluido en 1972 en El deseo de la palabra, Editorial Ocnos, Barcelona, 1973.

ALEGRÍA

Algo caía en el silencio. Un sonido de mi cuerpo. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.

NAUFRAGIO INCONCLUSO

Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos.

Publicados en Papeles de son armadans, Palma de Mayorca, año 14, Nº 145, abril de 1968.


Días en que una palabra lejana se  apodera de mí.
Voy por esos días sonámbula y transparente. La
hermosa autómata que canta, se encanta, se cuenta
casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo
y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su
espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su
elemento místico, su fornicación de nombres cre-
ciendo solos en la noche pálida.

de: El árbol de Diana (1962).

EL AUSENTE

La sangre quiere sentarse.
Le han robado su razón de amor.
Ausencia desnuda.
Me deliro, me desplumo.
¿Qué diría el mundo si Dios
lo hubiera abandonado así?

De: Las aventuras perdidas (1958).

QUIEN ALUMBRA

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.

LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES

para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente.

De:  Los trabajos y las noches (1965).

FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO I

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en  mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

de: Extracción de la piedra de la locura (1968).

EL INFIERNO MUSICAL

Golpean con soles
Nada se acopla con nada aquí
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos
   de mi memoria
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar
   entre mis piernas
La cantidad de fragmentos me desgarra
Impuro diálogo
Un proyectarse desesperado de la materia verbal
Liberada a sí misma
Naufragando en sí misma

FIGURAS DE AUSENCIA III

LA PALABRA QUE SANA

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

de: El infierno musical (1971).

Fuente: Alejandra Pizarnik, Obras completas, Buenos Aires, Editorial Corregidor, 1990.

…”la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento.”
                                                              Julio Cortázar

¿Cómo cantar en medio de la oscuridad? ¿Cómo desmigar el silencio, repartirlo y enhebrarlo a la música? ¿Cómo volver de la muerte, acaso del infierno, con la lucidez de los alucinados? Alejandra Pizarnik tuvo el privilegio de poder hacerlo. Privilegio doloroso y oscuro. Su voz erró entre las sombras como una melodía hecha de  resplandores facetados, reflejantes, en los que a cada  momento resuena  un grito, un trueno, algún timbal terrorífico.   Su mirada, casi de abismo, atraviesa secretamente los ojos de quienes se encuentran con ella del otro lado de sus páginas. Alejandra imanta con su luz el tiempo que ha quedado en el fondo de las cosas, en el jardín de la inocencia y aún en esa primavera que toda muerte proclama. La primavera del gran salto. Del supremo desliz, cuando no hay flores ni pájaros, ni ramas, ni discursos de despedida, sino estrellas  llorosas como niñas privadas de algún juguete mágico. Desolada escribe y clava sus versos sobre una pizarra. La noche es esa pizarra  que ha bajado hasta aquí, por obra y gracia de una pantalla encendida.
Los audífonos invisibles de los que habla Cortázar multiplican en este caso el poder  con que la imaginación salta al vacío y vuelve a nacer con la claridad de una aurora prodigiosa.





domingo, 22 de abril de 2012

LOS LIBROS Y LA FERIA DEL LIBRO


Ha comenzado la Feria del Libro. Se inauguró con discursos de contrario cariz de parte de los representantes de la ciudad y de la nación. Al igual que el año pasado en que se cuestionó la participación de Vargas Llosa en la apertura y eso dio pie a dimes y diretes de uno y otro sector, la feria comienza bajo el signo de la intolerancia y el encono, que no proviene del contenido de la letra impresa sino de factores ajenos a la literatura.
Se supone que una feria de libros es un lugar donde se  difunden y venden  libros escritos por un variado espectro de autores, de distintos países, épocas, temáticas, géneros, estilos e ideologías. También  constituye un espacio donde se promueve la lectura, que es una actividad que tiende a la apertura. Un libro es una suerte de ventana abierta al pensamiento ajeno y plural, al conocimiento de diversos ámbitos y problemáticas, a la pasión con que alguien se enfrenta a una página en blanco con el fin de volcar en ella algo tan apreciado como su irrenunciable vocación de crear. La feria, como espejo de una sociedad, refleja asimismo un estado de cosas.
Año a año he ido perdiendo las ganas de concurrir a la feria; pérdida de interés que aqueja también a muchos otros lectores y aun  a  hacedores del quehacer cultural. Debo  aclarar que no me resultan atractivos los megaeventos. Prefiero recorrer librerías sin tanta gente haciendo ruido a mi alrededor, sin olor a tostados o a choripán, con vidrieras bien provistas de libros pero sin luces de bengala. Pero además hay otros motivos por los cuales no me resulta atractiva. Motivos que tienen que ver con discrepancias profundas con el sistema mercantilista que nos devora día a día, sin que muchos, -cada vez hay menos lectores de las entrelíneas o del trasfondo de la realidad- lo adviertan, y que también ha  pasado a formar parte de la órbita de la cultura. Los vicios de un sistema donde entran en juego múltiples intereses, y hasta prebendas, se han extendido como una poderosa infección.
No obstante casi siempre me doy una vueltita por eso de que todo hay que verlo para creerlo o descreerlo.  Porque además amo los libros y en el fondo, si no concurro me siento en falta con ellos. Desde chiquita intuí que eran una invalorable compañía y que en ellos encontraría, entre otros muchos dones,   la fantasía, que no es  lo opuesto a la realidad sino  lo complementario y afin. En mis juegos infantiles siempre estaban presentes los personajes de los cuentos leídos o contados y a veces hasta soñaba con corporizarlos en mi persona. A los quince años lloré, tratando, en medio de las disyuntivas morales que me planteaba – muy intensas para una adolescente-   de entender las  razones del protagonista de Crimen y castigo. Hoy, después de mucho camino recorrido, los libros siguen siendo un lugar de solaz, pero también la instancia del replanteo, de las encrucijadas éticas y estéticas, de la rebeldía  e incluso, y por sobre todo, de la revelación. El que no lee es como el que no ve, no porque sea invidente –ellos pueden leer y hasta tienen un código para hacerlo-, sino porque son ciegos en el sentido de tener  mermada su competencia intelectiva y emocional.  Los que  andan a tientas por el mundo, llevándose por delante lo que está a su paso sin poder discernir entre un acto libre y un acto condicionado, entre lo oscuro y lo claro, entre la ficción y la realidad.
Como educadora que he sido y sigo siendo me entristece ver a niños mendigando por las calles.  Y me emociona positivamente ver a personas, de  distintas edades, absortas ante las páginas de un libro mientras viajan en cualquier medio de transporte.


martes, 17 de abril de 2012

ERNEST HEMINGWAY: Muerte en la tarde


Como tantos otros lectores me he sentido atraída por las novelas y cuentos de Ernest Hemingway. También por   su experiencia de vida, tan singular por cierto, que él  cuenta y describe con  indudable encanto en París era una fiesta.
Casi azarosamente di con este libro del cual transcribo fragmentos. Lo compré creyendo encontrar en él una novela y me sorprendí al descubrir un conocimiento tan pormenorizado sobre las corridas de toros y el mundo que rodea esa competencia cruenta que él designa como “arte”. Para quien le interese el tema es un libro muy ilustrativo y para quienes, como yo, solo conocemos el tema superficialmente pero admiramos el  modo apasionado  que subyace en la escritura de Hemingway, es una pieza  de notable interés. Resulta entretenido y trasunta todas las emociones que España despertaba en su espíritu. Un espíritu ávido. Propenso al vértigo  de una vida intensa.
Vi una corrida de toros en la plaza de Sevilla, hace ya muchos años. La crueldad y violencia del espectáculo no me tentaba, pero no quería irme de España sin conocerlo. Debo decir que aun en contra de mi repugnancia hacia ese tipo de rituales, no me arrepiento de haber asistido. Sobre todo por el interesante  muestrario social  que forma parte del   escenario de la plaza de toros. De esa visión nació el poema que publiqué en la entrada anterior (Ruedo). Muchos años después, el texto de Hemingway me llevó de regreso a ese viejo poema. Coincidencias de la memoria y las emociones.

  •                                     



La corrida es el único arte en que el artista está en peligro de muerte constantemente, y en el que la belleza del espectáculo depende del honor del torero.
…
En cada combate con el toro hay tres actos, y estos tres actos se llaman los tres tercios de la lidia. El primer acto, en el que el toro carga contra los picadores, es la suerte de varas o prueba de picas. (…)
El primer acto es el acto de las capas, de las picas y de los caballos. En él tiene el toro su mejor oportunidad para mostrar su bravura o su cobardía.
El acto segundo es el de las banderillas. Las banderillas son unos palos de setenta centímetros, para ser exactos, con una punta de acero en forma de arpón en un extremo, de cuatro centímetros de longitud. Hay que colocarlas de dos en dos, en el músculo que sobresale en lo alto de la nuca del toro, mientras embiste al hombre que lleva las banderillas en la mano. Las banderillas están destinadas a completar la obra de hacer más lento al toro y a regular el porte de su cabeza, operación que los picadores han comenzado ya, de manera que su ataque sea más lento, pero más seguro y mejor dirigido. Se ponen, en general, cuatro pares de banderillas. Si son los banderilleros o peones quienes las colocan tienen que hacerlo, ante todo, rápidamente y en la posición correcta. Pero si es el propio espada quien las pone se puede permitir una preparación que, ordinariamente, es acompañada por la música. (…)
La tercera y última parte es la muerte. Este tercer acto se compone de tres partes. En primer lugar, el brindis; el matador saluda al presidente y le brinda a éste o a otra persona la muerte del toro; enseguida viene el trabajo del espada con la muleta. Esta es una pieza de franela escarlata, enrollada en un bastón que tiene una punta aguda en un extremo y una empuñadura en el otro; la punta pasa a través de la tela, que se halla atada en el otro extremo con un tornillo de mariposa, de manera que queda extendida en pliegues a lo largo del palo. El matador se sirve de ella para dominar al toro, prepararlo para matarlo y, finalmente, sosteniéndola con la mano izquierda, hacer que agache la cabeza y que la mantenga baja, mientras lo mata de una estocada alta, colocada entre los omóplatos. (…)
El primer acto es el proceso, el segundo acto es la sentencia y el tercero es la ejecución.
…
En cuanto el toro sale al ruedo, ¿se han dado ustedes cuenta de que uno de los banderilleros corre hacia él arrastrando la capa y de que el toro la sigue, embistiéndola con uno de los cuernos? Se hace correr siempre al toro de este modo, al principio, para ver cuál es su cuerno favorito. El matador, de pie, tras su burladero, espía al toro en su carrera detrás de la capa que arrastra el banderillero y observa si sigue los zigzags de la capa hacia la izquierda o hacia la derecha, lo que quiere decir que ve con los dos ojos, o si no la sigue y con qué cuerno prefiere derrotar. Observa también si embiste por derecho o si tiene la tendencia a desviarse bruscamente hacia el hombre cuando embiste. Después de que se ha hecho correr al toro, sale un hombre sujetando la capa con las manos, lo provoca de frente, se queda inmóvil mientras el toro embiste, y mueve lentamente la capa delante de los cuernos del toro, haciéndolos pasar cerca de su cuerpo con un movimiento lento de la capa, de tal forma que parece dominarlo con los pliegues del capote y forzarlo a pasar al lado de su cuerpo cada vez que se vuelve para embestir. El hombre ejecuta esta operación cinco veces y termina con un movimiento giratorio de la capa que le hace volver la espalda al toro. Entonces corta bruscamente la embestida y lo inmoviliza en el sitio apetecido. Ese hombre es el espada y los pases lentos que ha dado se llaman verónicas, y el medio pase del final, media verónica. Estos pases están destinados a mostrar la habilidad y el arte del matador para servirse de la capa, el dominio que tiene sobre el toro y también para inmovilizarlo en un sitio antes de que entren los caballos. Se llaman verónicas por santa Verónica, que enjugó el rostro de Nuestro Señor con un lienzo y que aparece siempre representada sosteniendo el lienzo con las dos manos, con gesto parecido al que hace el torero al sostener la capa al comienzo de las verónicas. La media verónica, que detiene al toro al final del pase, es un recorte. Recorte es todo pase dado con la capa que fuerza al toro a doblarse sin haber dado toda la extensión a su cuerpo, lo para bruscamente y le impide embestir, cortando su carrera y haciéndolo girar sobre sí mismo.
Los banderilleros no deben manejar nunca la capa con dos manos en la primera salida del toro. Manejándola con una sola mano, la dejan arrastrarse, y cuando, al final de cada carrera, se vuelven, el toro se vuelve fácilmente también y no de manera brusca o en seco. El toro lo hace así porque la curva descrita por la larga capa  le proporciona una indicación sobre cómo tiene que girar y le da algo que seguir. Si el banderillero mantiene la capa con las dos manos, puede, con un gesto brusco, alejarla del toro y arrancarla de su vista, detenerlo en seco y hacerlo doblarse con tal brusquedad que se tuerza la columna vertebral; el toro dejaría de correr, no porque hubiera quedado sin fuerzas, sino porque se habría quedado cojo, y así inepto para el resto de la corrida. Por eso solo el matador debe manejar la capa con las dos manos durante la primera parte de la lidia, y los banderilleros, que también se llaman peones, no deben usar nunca la capa con las dos manos si no es para hacer un quite en una posición que el toro ha tomado y que no quiere abandonar.
…
El picador, con camisa blanca, corbata negra de tirilla, chaqueta bordada, ancho cinturón, sombrero redondo con un pompón al lado, pantalones de cuero grueso y, debajo la lámina de acero que protege la pierna derecha, llega hasta la plaza, cabalgando por las calles…
…
Los banderilleros saben todo lo que ocurre en el espíritu del picador. (…) Para el banderillero no hay un riesgo mayor de ser cogido si el toro es grande. Pero el picador está inerme ante su destino. Cuando los toros que han rebasado cierta edad y cierto peso cargan contra el caballo, lo lanzan al aire y puede ocurrir que el caballo vuelva a caer al suelo con el picador debajo de él; puede suceder también que el picador sea lanzado contra la barrera y quede aprisionado debajo de su caballo; o, si se inclina valientemente hacia delante, cargando el peso de su cuerpo contra la vara, y trata de castigar al toro durante la brega, puede caer entre el toro y el caballo y, cuando el caballo se aleja, quedar tendido allí frente al toro, bajo la amenaza de sus cuernos…
…
El matador, como tiene que enfrentarse cada día con la muerte se hace muy reservado y la medida de su reserva, por supuesto, es la medida de su imaginación durante todo el día de la  corrida y durante toda la temporada; hay un no sé qué de lejanía en su espíritu que casi se puede ver. Lo que hay dentro es la muerte y no se puede uno enfrentar con ella todos los días, sabiendo que hay siempre una posibilidad de que se os acerque, sin que ello deje una señal muy visible.

Fuente: Hemingway, Ernest, Muerte en la tarde, Buenos Aires, Ed. Sudamericana- Debolsillo, 2006.

Francisco de Goya





viernes, 13 de abril de 2012

MIS POEMAS: Ruedo


El rojo río dialoga con los últimos fuegos de la tarde.
Cada vez que retorna a su cuerpo,
los gritos me despiertan. Vuelven las desmayadas fuerzas
al ojo que, desde fuera de mí, sostiene en vilo
el pendular asombro de la vida que escapa y
vuelve, y se recrea a sí misma para volver a huir.
El toro es una noche en vigilia.
El torero un enjambre de manos sublevadas.
Arden las voces,
las sonajas del aire en el feroz acecho.
El torero envuelve con su capa esta tarde de
premoniciones.
Y las flores de agua se dispersan en busca de un rumbo
que las proteja de ese río que fluye, sin cesar,
hacia los labios de arena esparcidos sobre el ruedo.
Todo gira
y en un sonar continuo: una, dos, tres…
Son seis los doblegados escudos
que golpean las piedras de Sevilla.
Hoy estaban abiertos todos los portales para que entrara
la sangre, despacio, remando hacia los patios.
Picadores…El duelo por los olivares…
¡Qué bandadas negras disipan la piel de agosto!
Es un oro frecuente el de este río
Que visita las carnes de las bestias; una a una.
Tropieza el hombre y la alegría adentra flores vanas
en la marginal humanidad.
Banderillas que echan un denso licor
sobre las mariposas de azabache.
Las nubes, en rebaño, deambulan por los ojos del
animal herido
y el dolor se suelta desde el cielo como indómito rayo.
Una cinta de aceites rutilantes enciende las llamas
de las candelas que no se ven
porque solo existen en el llanto que se quedó adentro.
El perfil de un cuchillo despide esta llegada con olor a
derrumbe,
mientras el animal recoge con sus garras ardientes
la vestidura azul que lo arrojará fuera del límite
del tiempo
para que un hombre crezca como una luna nueva.

Fuente: Arostegui, María Cristina, Río ascendente,  Buenos Aires, Colección Guiomar, Vol.II, 1983. Primer premio del Aula Antonio Machado.

jueves, 5 de abril de 2012

BARTHES-PESSOA: Aprender a desaprender


Todos hemos aprendido, por imitación de nuestros mayores o de nuestro entorno,  pensamientos, hábitos, modos de actuar o de reaccionar que  no siempre nos han resultado beneficiosos, y,  en algunos casos hasta nos han jugado en contra. Los  sentimos parte de nuestra conducta como si fueran  rasgos ingénitos, sin serlo. A lo largo de la vida, compleja y en gran medida enigmática, esos aprendizajes han quedado pegados a nuestro pellejo como  esas enredaderas invasoras que  se  adhieren a  los muros o como  el verdín que desnaturaliza el color y textura de una piedra.
Cuesta trabajo advertir su presencia fantasmal. Los llevamos por años a cuestas sin darnos cuenta de que  son un aditamento contrario a lo que  conviene a nuestra personalidad y a nuestra  predisposición subjetiva.  Atrapados en sus redes nos convertimos en  meros objetos de los designios ajenos.
Suelo guardar en cajas  recortes de diarios o revistas que me han interesado. Esos papeles, al igual que los libros que pueblan mi biblioteca, son mi pequeño pero gran tesoro. A menudo vuelvo a ellos, casi instintivamente, y casi siempre encuentro en sus palabras un modo de aprendizaje totalmente diferente del que hasta ahora he descrito. La palabra de los poetas y la  de los pensadores tiene la virtud, o al menos la intención de ser, parafraseando a Alejandra Pizarnik, la palabra que sana.
El texto que transcribo a continuación es un fragmento de una disertación de Barthes  del año 1977, y pertenece a una nota aparecida en el diario Perfil el 22/03/ 09:
Mi cuerpo es ciertamente más viejo que yo. Si quiero vivir debo olvidar que mi cuerpo es histórico, debo arrojarme en la ilusión de que soy contemporáneo de los jóvenes cuerpos presentes y no de mi propio cuerpo, pasado. En síntesis, periódicamente tengo que renacer, hacerme más joven de lo que soy. Intento pues dejarme llevar por la fuerza de toda vida viviente: el olvido. Hay una edad en la que se enseña lo que se sabe, pero inmediatamente viene otra en la que se enseña lo que no se sabe: eso se llama investigar. Quizás ahora arribe la edad de otra experiencia: la de desaprender, de dejar trabajar a la recomposición imprevisible que el olvido impone  a la sedimentación de los saberes, de las culturas, de las creencias que uno ha atravesado.
El hallazgo  del recorte   que contiene tan interesante reflexión me llevó,  de inmediato, al recuerdo de un poema de Fernando Pessoa,  que por haber  leído hace tiempo creía olvidado y sin embargo estaba allí,  en algún recoveco de mi memoria, esperando el momento de hacerse presente y ser repensado. En alguna medida podría establecerse una analogía entre ambos: los dos textos hablan de aprender a desaprender. Sin embargo, el de Pessoa llega un poco más lejos. No se refiere a una etapa de la vida en la que gracias a la maduración arribamos a cierta sabiduría que nos impone el olvido de lo accidental, e impuesto, en pos de lo  esencial subyacente, sino a un  modo de percibir la realidad, en cualquier edad en  que uno se encuentre. Liberar a la mirada del prejuicio, de las formas preconcebidas, de lo que está estigmatizado por la cultura y enfrentarnos al mundo con la inocencia de las primeras percepciones. No caer en la  trampa que las ideas cristalizadas o las creencias  le tienden a la visión, ni permitir que la visión interfiera en la complejidad del pensamiento. Despojarnos de todo simbolismo que  disfrace las apariencias y nos aleje del modo de sentir primordial.

Lo que vemos de las cosas son las cosas.
¿Por qué veríamos una cosa si en su lugar
hubiera otra?
¿Por qué ver y oír serían eludirnos
si ver y oír son ver y oír?

Lo esencial es saber ver,
saber ver sin ponerse a pensar,
saber ver cuando se ve,
y no pensar cuando se ve,
ni ver cuando se piensa.

Pero eso (¡ay de nosotros que traemos el
alma vestida!).
Eso exige un estudio profundo, aprender a desaprender,
terminar con la libertad de aquel convento
que según los poetas tiene a las estrellas por
monjas eternas
y a las flores por penitentes fervorosas de un
solo día,
pero donde al fin de cuentas, las estrellas
no son sino estrellas
y las flores no son más que flores,
siendo por eso que las llamamos estrellas y
flores.

Tanto el texto de Barthes como el de Pessoa son, sin duda, muy esclarecedores. Viene bien releerlos,   sobre todo en momentos    en que nos sentimos  atrapados por la red de  una historia que  se confunde con su relato o,  lo que es peor, un relato que pretende ser la Historia,  en medio de sensaciones impuestas por infranqueables modelos, o ante el panorama de   impresiones absolutamente versátiles y relativas.

Fuente: Pessoa, Fernando, Autopsicografía y otros poemas, Nº 16,  Buenos Aires, CEDAL, 1987.
Traducción: Santiago Kovadloff.