martes, 15 de mayo de 2012

POESÍA ARGENTINA: ALEJANDRA PIZARNIK


SE PROHÍBE MIRAR EL CÉSPED

Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.

Publicado en Sur, Buenos Aires, Nº 284, 1963. Incluido en 1972 en El deseo de la palabra, Editorial Ocnos, Barcelona, 1973.

ALEGRÍA

Algo caía en el silencio. Un sonido de mi cuerpo. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.

NAUFRAGIO INCONCLUSO

Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas de mis ojos, esta pequeña historia de amor que se cierra como un abanico que abierto mostraba a la bella alucinada: la más desnuda del bosque en el silencio musical de los abrazos.

Publicados en Papeles de son armadans, Palma de Mayorca, año 14, Nº 145, abril de 1968.


Días en que una palabra lejana se  apodera de mí.
Voy por esos días sonámbula y transparente. La
hermosa autómata que canta, se encanta, se cuenta
casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo
y me lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su
espejo incendiado, su espera en hogueras frías, su
elemento místico, su fornicación de nombres cre-
ciendo solos en la noche pálida.

de: El árbol de Diana (1962).

EL AUSENTE

La sangre quiere sentarse.
Le han robado su razón de amor.
Ausencia desnuda.
Me deliro, me desplumo.
¿Qué diría el mundo si Dios
lo hubiera abandonado así?

De: Las aventuras perdidas (1958).

QUIEN ALUMBRA

Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras, poemas.
Sólo tú haces de mi memoria
una viajera fascinada,
un fuego incesante.

LOS TRABAJOS Y LAS NOCHES

para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente.

De:  Los trabajos y las noches (1965).

FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO I

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en  mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.

de: Extracción de la piedra de la locura (1968).

EL INFIERNO MUSICAL

Golpean con soles
Nada se acopla con nada aquí
Y de tanto animal muerto en el cementerio de huesos filosos
   de mi memoria
Y de tantas monjas como cuervos que se precipitan a hurgar
   entre mis piernas
La cantidad de fragmentos me desgarra
Impuro diálogo
Un proyectarse desesperado de la materia verbal
Liberada a sí misma
Naufragando en sí misma

FIGURAS DE AUSENCIA III

LA PALABRA QUE SANA

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

de: El infierno musical (1971).

Fuente: Alejandra Pizarnik, Obras completas, Buenos Aires, Editorial Corregidor, 1990.

…”la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento.”
                                                              Julio Cortázar

¿Cómo cantar en medio de la oscuridad? ¿Cómo desmigar el silencio, repartirlo y enhebrarlo a la música? ¿Cómo volver de la muerte, acaso del infierno, con la lucidez de los alucinados? Alejandra Pizarnik tuvo el privilegio de poder hacerlo. Privilegio doloroso y oscuro. Su voz erró entre las sombras como una melodía hecha de  resplandores facetados, reflejantes, en los que a cada  momento resuena  un grito, un trueno, algún timbal terrorífico.   Su mirada, casi de abismo, atraviesa secretamente los ojos de quienes se encuentran con ella del otro lado de sus páginas. Alejandra imanta con su luz el tiempo que ha quedado en el fondo de las cosas, en el jardín de la inocencia y aún en esa primavera que toda muerte proclama. La primavera del gran salto. Del supremo desliz, cuando no hay flores ni pájaros, ni ramas, ni discursos de despedida, sino estrellas  llorosas como niñas privadas de algún juguete mágico. Desolada escribe y clava sus versos sobre una pizarra. La noche es esa pizarra  que ha bajado hasta aquí, por obra y gracia de una pantalla encendida.
Los audífonos invisibles de los que habla Cortázar multiplican en este caso el poder  con que la imaginación salta al vacío y vuelve a nacer con la claridad de una aurora prodigiosa.





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