sábado, 11 de mayo de 2013

¿ESCRITORES NOVATOS=ESCRITORES OBJETO?


¿Cuál es el verdadero sentido de un concurso literario? O mejor dicho: ¿cuál es la meta a que debería  apuntar ese tipo de competencia? El estímulo de nuevos valores, la capacidad de creación e invención, el aliento al trabajo esforzado y honesto de quien se enfrenta durante horas a una página en blanco con el afán de volcar en ella  el fruto de su pensamiento y su imaginación.
En la actualidad no suelo participar en concursos. Los años y la experiencia me han convencido sobre la inutilidad y el desatino de hacerlo. Pero,  tiempo atrás, cuando todavía el candor y la osadía me habitaban, participé en certámenes y obtuve distinciones que llegaron a sorprenderme. En todos los casos fui una más entre tantos. Desconocía  los entretelones de la organización y  ningún tipo de vínculo  me unía a los jurados. Aunque parezca mentira, fue así como participé.
De un tiempo a esta parte he podido comprobar que los usos y costumbres son muy diferentes de los que se estilaban en aquella lejana época en la cual fui premiada por el destino.
Ahora, o al menos en las últimas décadas, la convocatoria - me refiero específicamente  a  certámenes orientados a escritores “novatos”- se realiza por diferentes medios, aunque, en general es menos masiva. Hay que navegar un poco por el ciberespacio para encontrarlos. Si se publican en diarios es más o menos tres días antes de que venza el plazo. Una vez que se accede a ellos,    las bases y condiciones son inobjetables. Los datos personales van en una plica o sobre cerrado, que sólo se abrirá para conocer la identidad del agraciado. Pero sin embargo he podido comprobar, personalmente o a través del testimonio de amigos, que se abren todos los sobres y  después uno recibe publicidades de la institución, ya sea invitando a participar de actividades que realizan, comprar productos que ellos venden o adquirir libros que los jurados publican donde se explica cómo hacer para escribir un buen cuento. Se podría inferir, con suspicacia extrema, una  serie de amenazas como las que  cierran los mensajes de las cadenas: “si no lo  reenviás, caerán sobre ti mil y una plagas”… En este caso sería así: si no nos bancás los talleres, no vas a ver el engendro que escribiste jamás publicado, si no  nos comprás los productos que vendemos, no te va a conocer ni tu madre, si no leés el libro que explica las fórmulas mágicas del arte de narrar, caerá sobre ti el más pesado y cruel silencio.
Si esto ocurre en los concursos destinados a  novatos en  los que el premio puede ser una simple publicación o una cifra de dinero  insignificante, ¿qué podrá ocurrir en aquellos dirigidos a escritores más experimentados y en donde el monto a cobrar es más interesante? Desconozco el caso, pero la intuición algo me dice al respecto.
El tema de los talleres y libros  (¿de autoayuda?)   especializados en estimular la creatividad y en  difundir   técnicas y artilugios de escritura constituye un capítulo aparte. ¿Habrá alguna receta para escribir cuentos? Sería cuestión de preguntarle a los grandes exponentes del género. Por ejemplo a los Poe, a los Maupassant, a los Melville, a los Borges, por nombrar sólo a  unos pocos. Ellos, que yo sepa, no fueron a ningún taller literario, ni se enfrascaron en la narratología (¡que nombre tan difícil!). Sólo leyeron mucho y escribieron lo que escribieron o mucho más de lo que conocemos de su escritura, porque gran parte habrá ido al papelero sin que nadie se enterara. Por supuesto, lo mismo puede aplicarse a la poesía o la novelística.
Claro que así son las leyes del mercado. Una palabra que suena a compra y venta y que a mí, infatigable lectora sexagenaria, me resulta imposible asociar a talento, a ingenio y, sobre todo, a probidad.
De todas formas, cualquier persona medianamente pensante ya sabe que esos  requisitos de acceso al  Parnaso son el último eslabón, por lo menos hasta que inventen otro, de una serie de anulaciones de la subjetividad que implica la  cultura del simulacro. Nadie se ha muerto por no reenviar una cadena. Podría ser que algo malo le hubiera ocurrido en días posteriores, incluido  morirse, pero todos sabemos que eso no es ni  más ni menos que una parte del plan existencial de cada quien, al que no se puede escapar tan fácilmente. Nadie se morirá tampoco por no comprar un producto tal o cual,  un recetario cuentístico o por no asistir a un taller de escritura. Lo más grave que puede ocurrirle es que no pueda contarse entre los agraciados del Loto escritural y por unos días  sienta un gran cansancio, y tal vez un poco de  hastío. Pero no ha de morirse por eso. Es más, tal vez el berrinche lo estimule a   volver   a la carga, tratando de aguzar la imaginación para encontrarle algún sentido a esa manía de andar dando vueltas y vueltas sobre una página que, por designios inescrutables, se parece al círculo polar. O sea el lugar donde  Frankenstein (¡gracias Mary Shelley!) asume  todo el horror de que es capaz y también  el inmenso dolor que  como depositario  de una potestad  engañosa ha debido soportar.


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