miércoles, 5 de diciembre de 2012

Mis cuentos: HISTORIA DE VALENTINA


Cuando me vine a vivir a mi actual domicilio,  con la mudanza dejé atrás  mi vida de soltera. El cambio me enfrentó a la responsabilidad de ser amante, compañera, esposa, equilibrista entre los derechos y las obligaciones, a comprender y exigir comprensión, a compartir espacios y sentimientos. Un hito importante en la vida de cualquier persona.
Como era lógico, corté amarras y al igual que sucede cuando una  emprende un viaje, tuve que elegir qué traer y qué dejar. Muchas cosas quedaron relegadas: libros, revistas literarias, ropas pasadas de moda o desgastadas, adornitos y hasta algún que otro aparato, que, o porque podía venirle bien a mi madre o porque ya no necesitaba dejé en la casa donde había vivido.
Entre tantos objetos quedó algo que,  sin embargo, constituía un bien preciado. La movilización emocional y los trajines   nublan, a veces, un poco la visión  y la memoria. Pero nunca es tarde para reparar el pasajero  descuido y siempre hay alguien que por azar o necesidad nos hace recordar lo que olvidamos. Y fue así de simple: un día, una señora vecina y amiga que ya tiene sus años y con ellos la desventaja o ventaja, nunca se sabe, de no estar muy actualizada, requirió  nuestra ayuda y entonces me acordé de Valentina.
A estas alturas se estarán preguntando qué tiene que ver todo esto con esa suerte de personaje cuyo   nombre nos remite a las nociones de valer y valor, nombre propio y por lo tanto con mayúscula, para más datos femenino, con un sufijo ina  que rima con mi nombre de pila, qué sé yo, las asociaciones podrían ser múltiples. Valentina fue, es y será parte esencial de mi historia, pero, desde luego, no voy a describirla.  Eso sería como matarla, reducirla a la nada de la materia,  y además para quien tenga la infinita paciencia de leer estas páginas, un estorbo infernal. Lo que importa realmente es cómo llegó hasta mí, cuál fue la ayuda que me brindó y por qué la quiero tanto que hasta querría llevármela conmigo a la tumba, si es que a nadie le interesa, o en el caso contrario, dejársela a quien sepa valorarla y amarla como yo.
Desde  chiquita me gustó escribir. La escritura era mi espacio propio, mi mundo aparte, mi solaz. Ya en la primaria echaba a rodar mi imaginación pergeñando cuentos que no me atrevía a mostrar a nadie. A los catorce o quince me dio por el diccionario. Mi lenguaje era precario, al menos yo lo sentía así. Deseaba escribir con el lenguaje de los grandes, ¡vaya pretensión! La juventud nos pone en la cabeza desvaríos que en realidad son parte de ella y está bien que los tengamos porque nos estimulan en el crecimiento, no de tamaño, ya que ése es natural, sino de miras, de ganas de hacer, de curiosidad y reflexión. Buscaba palabras difíciles o raras y apuntaba el significado en un cuadernito. De alguna manera las  archivaba en  el inconsciente para que vinieran a mí en el momento menos esperado. También leía, aunque no tanto como ahora. Claro,  lo hacía despacito y trabajosamente.
En plena adolescencia sentí el deseo de fijar tipográficamente lo que me venía a la cabeza y que  anotaba en papeles sueltos, en libretas o en hojas en blanco de las carpetas de estudio. Como mi familia era muy humilde y no tenía acceso a grandes posibilidades, empecé a pedir ayuda o más bien a insinuar un pedido de ayuda, que fue escuchado por mi tía Cristina, hermana de mi padre, de quien heredé el nombre. El hijo menor de ella se había recibido de abogado y tenía una vieja máquina de escribir que usaba para los escritos que realizaba fuera de la oficina. Permanecía horas en su casa pasando a máquina mis textos, en  una habitación aislada. Mi tía, dando muestras de un  elogiable criterio de respeto por la  privacidad, jamás se acercaba.
Ese trabajo de escribiente solitaria duró varios años. Cuando ya era más grande, me surgió la idea alocada de mandar mis poemas, que era lo que escribía por ese entonces, a concursos literarios organizados por sociedades de fomento u otras instituciones por el estilo y como ya no podía contar con la máquina de mi primo, le pedía prestada una a mi vecina de al lado, una loca linda a la  que, aunque  tenía máquina, no le interesaba escribir. Solía tener fieros ataques de histeria que canalizaba, como corresponde a tales casos, teatralmente,  hasta que, tal vez persuadida de  la imposible atención del reducido auditorio familiar, comenzó a concurrir a un taller de arte escénico. Algo positivo, dentro de todo. Bueno, pero dejando de lado los chismes barriales, que sólo sirven para demostrar que, quien más quien menos, todos  padecemos algún tipo de locura, obsesión o disloque, evidencia innegable de nuestra imperfecta humanidad,  la cosa es que con su maquinita pasé textos en limpio y me seguí exponiendo a la lid de los certámenes, que no ganaba pero me daban cuerda para seguir adelante.
Cuando ya había ingresado en la facultad, la pasión escritural se hizo más fuerte y un día decidí que no podía seguir así, pidiendo prestado a este y al otro un elemento tan indispensable.
Mi mamá se había hecho socia del Hogar Obrero, benemérita institución, que tuvo un mal desenlace, pero que en su momento brindó ayuda a la gente de escasos recursos. Dado mi reducido “peculio” saqué un crédito a pagar en no sé cuántos meses, y me traje a casa a Valentina, una Olivetti  portátil, color naranja, que fue mi compañera de aventuras durante mucho  tiempo.
Cuando viajé a España, en el ochenta, tenía muchas ganas de llevarla  conmigo. Hubiera sido lindo sacarla a pasear, que conociera el Viejo Mundo y de paso me ayudara en los trabajos que me proponía hacer. Pero, no fue posible. No se puede viajar con sobrepeso. Ingrata mezquindad del destino porque Valentina no se merecía que se la midiera con tanta liviandad. Lejos de ser un sobrepeso, hubiera sido una gran compañía para mí. En España me las rebusqué para encontrar gente solidaria y que  con afán de dar un empujoncito a la creatividad ajena suplió la falta.
Gracias a la ayuda de Valentina pude seguir insistiendo con una tarea que me  causaba mucho placer. Gané algunas distinciones en certámenes. Pero la sorpresa y el desconcierto que me provocaban esos pequeños éxitos menguaban siempre todo  posible envanecimiento y en el fondo nunca pude dejar de entrever que el resultado era un poco como el de una tómbola.  También hice trabajos con los que me gané unos pesos, paliando con ello la escasez de mis entradas como docente.
Pero, llegó un día – tarde o temprano hay un día irremediable - en que el modo de ayuda de Valentina me quedó corto. En realidad no sólo resultaba ineficaz  para mí sino que la demanda socio-cultural imponía otras reglas.  Siempre sentí recelo de los  avances tecnológicos,  no porque tuviera resistencia al cambio. Más bien desconfiaba y desconfío, aun hoy, de   ciertas mutaciones adversas que el progreso conlleva. Pero al fin, como en tantas otras cosas tuve que aflojar y convencerme de que necesitaba otro tipo de máquina. Pensé en una electrónica pero la revolución  industrial iba demasiado rápido y cuando terminé de resolverme por la electrónica, ya estaban en el mercado las computadoras con más funciones y mejor rendimiento. Compré una que me costó buena parte de mis ahorros. Dos o tres años antes había asistido a unos cursos de computación, pero a la hora de la ejecución caí en la cuenta de que  esos conocimientos ya estaban perimidos. Así que  me encontraba en punto cero. Seis meses o más estuvo la máquina apagada. Temía que al encenderla me tirara un tarascón o explotara como una bomba, chamuscándome,  con el agravante de que en la quemazón se hicieran cenizas los 1.500 dólares que con esfuerzo había desembolsado. ¡Qué horror! Al fin se apiadó mi sobrina mayor, que ya se había recibido de Diseñadora Gráfica y vino a mi casa varias veces a enseñarme a usarla. Eso sí - me acuerdo que le dije -  con un método más o menos de maestra de jardín de infantes. Lo que son las cosas de la vida. Yo le había aclarado algunas dudas de Lengua y Literatura cuando estaba por entrar en la secundaria y ahora ella me devolvía la atención enseñándome a manejar el aparato siniestro. Esto me demostró que una siempre tiene cosas para aprender y que no sólo los  mayores sabemos dar lecciones.
Con los rudimentos que aprendí me fue suficiente para perderle el miedo. Después fui recabando información por otras partes y logré un cierto dominio (domiñito) del Word y seguí  manoteando el teclado. Dale que dale. Con buenos frutos, con medianos frutos, con pobres frutos, pero frutos al fin.
Pasó el tiempo – ese desgraciado nunca deja de pasar – y la nueva máquina me resultó vieja porque la revolución industrial seguía dando saltos desenfrenados. Compré una nueva computadora. Como no hay desgracia sin suerte me costó un tercio de la anterior. El gobierno de turno había devaluado abruptamente el peso.  ¡Sean eternos los laureles que supimos conseguir! ¡Coronados de gloria vivamos! Canté envido, ya que el tercio no era tal, pero bueno, como en el truco, hay que amañarse para seguir jugando. Al principio también a ésta le tenía miedo aunque ya no tanto como le había tenido a la primera.
Ahora puedo entrar a Internet (¡¡¡gran valor!!!), chatear  (cuando encuentro a alguien con un ratito de tiempo, en este mundo de permanentes apuros), enviar y recibir mails (con esas historias de libros de autoyuda que ayudan a superar desde una desventura amorosa hasta un traspié electoral). Y también escribir.
Actualmente he abandonado la poesía, que siempre cultivé. Quiero decir la escritura de poemas, la lectura no, porque cómo podría abandonar esos versos memorables como los del poema Liberdade de Fernando Pessoa:
     Ai que prazer
     Não cumprir um dever,
     Ter um livro para ler
     E não o fazer!
     Ler é maçada,
     Estudar é nada.
     O sol doira
     sem literatura.
     O rio corre, bem ou mal,
     Sem edição original
     E a brisa, essa
     De tão naturalmente matinal,
     Como tem tempo não tem pressa…
    (...)  (fragmento de broma futurista del enigmático portugués)
O tantos otros poemas maravillosos que he leído. La poesía siempre está, aunque no se la vea, auque parezca una  miserable pordiosera, o, por el contrario, una especie de nube aúrea. La poesía es ese gesto de libertad y rebeldía que nos retorna a la juventud y a los más tibios sueños.
Pero bueno, ahora se me dio por querer ser “cuentera” o “cuentista”, trabajo que también tiene lo suyo. Nada fácil. Eso sí, muy constructivo. Con algo de la síntesis del poema, un poco de la racionalidad del ensayo y con el requisito de una agudeza de observación cercana a la de la novela.
Ya me disparé por las ramas, porque al fin de cuentas esta es la historia de Valentina, la pobre Valentina, ahí calladita en un rincón del armario del escritorio. Estas locas maquinarias modernas dan para mucho, son muy serviciales, pero nunca tendrán el encanto de Valentina, la primera, la que compartió tantos de mis desvelos, la que compré con mis primeros sueldos y con tantas ilusiones. Ella será siempre única. Con ese carácter de único que tiene lo que una quiere de veras, lo que ha querido tan fuertemente como una vocación, un destino, una esperanza. Aunque es sabido que todas esas metas no siempre son alcanzables, ni satisfactorias. Pero, igual están allí, diciéndonos: “Dale, vieja, tirá para adelante, no te dejes vencer, no te amilanes.”
Alguien puede estar en un rincón, en la oscuridad más absoluta, silenciosa, aparentemente olvidada, pero está y tiene una historia. Igualito que Valentina.

Aclaro que ésta no es mi máquina, sino una réplica de la de Horacio  Quiroga,  quien desde el medio de la selva  nos conmovió con sus extraordinarios cuentos.


                                                                            

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