domingo, 29 de marzo de 2015

MIS CUENTOS: La carcajada

   Resonó en medio de la noche como un latigazo. Al principio compacta y, luego, incisiva en la repetición de su eco. Su vibración atravesaba las sombras, golpeando con violencia vidrios y cerraduras. Fue de  súbito, sin que nadie pudiera identificar su origen.
   La del quinto C se frotó los párpados y saltó de la cama como impulsada por un resorte. Temerosa de todo, con sigilo fue hasta la ventana. Entreabrió la mirilla y sus ojos se perdieron en la oscuridad.  El matrimonio de  ancianos del  primero D, arrancados tan de golpe de la somnolencia que los mantenía al margen de las incertidumbres de la vida moderna, del sobresalto casi van a parar al suelo.  Desde el contrafrente del tercero alguien  replicó con un fuerte improperio.  La parejita del segundo B, recién casados y con la pasión todavía a flor de piel, se abrazó con fuerza, buscando en el contacto estrecho de los cuerpos  alguna protección contra el estrépito perturbador. La del cuarto B, audaz y curiosa, abrió la puerta y se asomó al pasillo, pero sólo pudo divisar el deslizamiento sinuoso de un gato que escapaba escaleras abajo. Del séptimo emergieron gritos de niños y en el octavo no se produjo ninguna reacción. Tal vez, la familia, dueña de los dos únicos departamentos del piso, estaba de viaje. El portero, que habitaba en la planta baja, era medio sordo, razón por la cual, seguramente, ni se enteró.
   Así ocurrió el primer día. Al segundo, la carcajada se repitió con más intensidad. Los habitantes del edificio, aunados en el malestar que les causaba tal irrupción sonora a media noche, se perdían en largas disquisiciones tratando de desentrañar el misterio. La tercera vez se multiplicó indefinidamente, ululante como un viento macabro.
   Después de cortar con su filo la madrugada, todo permanecía en la más completa mudez, pero  muy pocos podían conciliar el sueño o bien lo retomaban hundiéndose en terribles pesadillas. Y si bien el insomnio traía un frío de muerte a los cuerpos, las pesadillas eran peor aún pues de ellas emergían fantasmas del pasado o  sombríos resabios de la vigilia.
   Las vidas se transformaron en una espera de la noche. ¿Volvería a restallar  la lacerante carcajada? ¿Quién reía así con la fuerza de un huracán despertando al  adormecido vecindario?
   Como inevitable consecuencia, cundió el malhumor y la sospecha. Sin embargo, al encontrarse en los pasillos o en el ascensor, los vecinos correspondían ceremoniosamente a los saludos, sin atreverse a preguntar. Cada uno guardaba  la duda para después, y después llegaba la ansiedad nocturna y con ella la resistencia a la entrega del sueño. Resignados esperaban la invasión.
   El grupo de copropietarios e inquilinos era por demás variado. No faltaban especímenes de toda catadura. Cada cual se distinguía, en mayor o menor medida, por una u otra particularidad. Entre ellos,  el casi infaltable joven bohemio y poco comunicativo, al que a  menudo le recriminaban que escuchara música hasta altas horas de la noche, cosa que inevitablemente surtía el efecto de incrementar su rebeldía e iracundia juvenil.  Como airada revancha estallaban a cualquier hora  timbales, baterías y otros instrumentos que hacían temblar las paredes. Las clásicas señoras mayores de intachable conducta y hábitos rutinarios, amigas de emplear ventanas, ojos de cerradura y postigos como observatorio. El abominable cuadro de la  familia numerosa amontonada en un dos ambientes,  del cual emanaba, cada vez que abrían la puerta, un olor rancio y nauseabundo, similar al mal aliento de una fiera agonizante. Y aun los que no dejaban de dar  qué hablar al resto, como era el caso de un divorciado que sólo aparecía de tarde en tarde. “Tipo raro”, deslizaban algunos por lo bajo, acompañando el dicho con una sonrisita, a todas luces, maliciosa. Un profesor jubilado y en extremo cascarrabias, una pareja de artistas de varieté, los padres de un niño prodigio, entre cuyas portentosas habilidades se contaban: haber querido ahorcar al hermano menor, arrojar la tortuga por el balcón, escribir las paredes y otras hazañas más, de las cuales mejor ni acordarse.  Los poseedores de las dos unidades del octavo habían tenido en los últimos tiempos un notable progreso económico que les permitía emprender frecuentes viajes, aprovechando días de asueto, vacaciones de invierno, feria judicial. El padre de familia era abogado o algo por el estilo; ciertos indicios permitían inferir   que trabajaba en algún ministerio. Esto los mantenía como al margen del resto y ellos,  dando rienda suelta al goce que les proporcionaba la envidia de los otros, ostentaban, con descaro,  cierto aire de nuevos ricos.
  A decir verdad, casi todos aborrecían al encargado por su pertenencia a las huestes sindicales. Haber alcanzado  el rango de delegado gremial le permitía acceder a algunas concesiones poco claras, además de infundirle cierto aire petulante. Por otra parte, él se aprovechaba de su sordera para no dar oídos a reclamos que le hacían, con toda razón, sobre la limpieza y estado del edificio y sobre cómo empleaba su tiempo para realizar otras changas que, desde luego, estaban fuera del contrato de trabajo y por las cuales, a veces, obtenía réditos inadmisibles .
   Tres de las viviendas estaban desocupadas, dos en alquiler y una a la venta.
   Unos pocos sostenían que la carcajada podía provenir de los departamentos vacíos. Forjaban hipótesis realistas como que alguno de ellos hubiera sido ocupado sin que nadie advirtiera la presencia de el o los invasores. Otros, más fantasiosos, imaginaban que algún fantasma podría haberse apropiado de esas viviendas. Pero, la mayoría parecía estar convencida de que la sonora risotada provenía de afuera del edificio, aunque era claro que el pozo de aire le servía de caja de resonancia y eso los hacía dudar.
   Ante lo inevitable, empezaron a retrasar la hora del sueño con el fin de estar atentos al momento en que surgía el estentóreo sonido, aunque, esa táctica tampoco les daba ningún resultado. La carcajada cambiaba de horarios. Unas veces resonaba a las dos, otras, a las tres, a las cuatro y aun casi cuando estaba por amanecer, así que no era cosa de estarse despiertos inútilmente toda la noche a la espera.
   Con el correr del tiempo, el estridente impacto  se fue transformando en un estorbo difícil de soportar. La del cuarto B pensó plantear el problema en una reunión de consorcio, pero la acobardaban sus propios  antecedentes. Sabía bien que algunos la consideraban una escandalosa, se lo habían dado a entender en varias oportunidades. La solterona del quinto C la tenía entre ojos, el del tercero D sistemáticamente se oponía a sus propuestas; otros, sin más ni más, la eludían. De todas formas, últimamente las reuniones se postergaban por diversas causas, entre ellas la falta de acuerdo sobre  el modo de administrar los dineros del fondo común, el arreglo de los caños  en el octavo piso que insumiría  un gasto grande, la inquina de tal con tal otro, en fin, la lista sería inacabable.
   Los jubilados del primero,  tampoco se atrevían a hablar por miedo a que les reclamaran el pago de expensas atrasadas. Presos de la sensación de sentirse en falta, salían generalmente separados, de manera furtiva y en horas poco propicias para el encuentro con los convecinos.
   Pero, como era de prever, esa pasividad inercial  comenzó a resquebrajarse.  Un día, el albañil del tercero, al encontrase en el palier con el joven de la música, lo increpó con vehemencia. Ambos entraron en una discusión intensa y terminaron casi llegando a las manos. Nadie le sacaba de la cabeza al operario de que así como su vecino molestaba con los disonantes ruidos del rock pesado, también reía sin tener el más mínimo respeto por el reposo ajeno.  Otro día , una de las recatadas damas del sexto A se trenzó con la del cuarto. La  buena señora estaba convencida de que en  la casa de esa descocada se realizaban reuniones “non sanctas”, que para su estrechez de miras, adquirían el tono y la intensidad de aventuras orgiásticas. Desvarío imaginario que era alimentado por el hecho de que, con frecuencia, se comentaba  por ahí acerca  de la vida disoluta que llevaba la  susodicha. La discusión llegó a mayores y durante el forcejeo de la pelea quedó medio destartalada la puerta del ascensor. El portero intervino, y fue peor el remedio que la enfermedad, pues ambas le enrostraron todas las faltas que cometía en su trabajo y las prebendas que obtenía gracias a su afiliación al sindicato. Al jubilado del primero, que pasaba como escabulléndose, aprovecharon para reclamarle el pago de expensas atrasadas, como si esto tuviera que ver con el tema en cuestión.
   Así, a cada momento, se armaba alguna gresca. Era increíble ver cómo un sonido, que en todo caso, debería haber sido una respuesta de alegría, causaba, en realidad, perturbación. Las sonrisas cordiales y la  cortesía  fueron cediendo lugar al fastidio y las murmuraciones.
   Don Aurelio, un murciano,  cuya zona de vigilacia era el bar de la esquina y que gustaba de darse aires de persona de preclaro entendimiento, alguna vez, ante el modesto auditorio que lo acompañaba, se vio tentado de echar luz, o sombras –nunca se sabe - , sobre el  asunto.
- No hay que olvidar que toda alteración del sueño resulta perjudicial para la salud física y anímica –. Y luego, con una gravedad digna de Sherlock Holmes - Si a ello se suma el anonimato bajo el cual se encubre y el hecho de que nadie pueda  participar de la situación hilarante que la provoca ...
    En medio de una silenciosa y letárgica  siesta dominguera, el encargado descubrió rastros de sangre en el pasillo del quinto, justo frente a la entrada de uno de los departamentos en alquiler. Llamaron a la policía. Forzaron la puerta, revisaron con minuciosidad la vivienda,  pero la búsqueda fue en vano y la alarma  se dio por infundada. No obstante, no dejaron de tejerse las más variadas interpretaciones y hubo hasta quien sostuvo que debía reclamarse la intervención de las fuerzas del orden para custodiar la puerta del edificio.
   La situación comenzó  a trascender los límites de la vivienda colectiva. Pronto se habló del caso, en los comercios del barrio, en el club, en el mercado, en las plazas,  por la calle, en las paradas de transporte. El hecho daba pie a comentarios de todo tipo. Finalmente, quien más, quien menos,  la  había escuchado desde lejos, e inclusive algunos dentro de su propia casa, en los altillos, los sótanos, las cocheras y aun en las más recónditas zonas de la intimidad. El eco de su bronco sonido y, los dimes y diretes  que generaba el mismo, llegaron hasta el recinto sacrosanto de la iglesia. El párroco se vio obligado a arengar a los fieles, entremezclando ambiguamente en su discurso la reconvención y el llamado a la serenidad.
   Una noche resonó más fuerte que nunca y todos salieron a deambular por los pasillos del edificio en busca del posible reidor. Su estridencia  había quedado vibrando en el aire como cuando alguien aprieta un timbre sin quitar el dedo del botón. Al compás de su estrépito se movían los vecinos, entrechocándose en los pasillos o al subir y bajar las escaleras. Parecían marionetas suspendidas del invisible hilo sonoro. Aquí y allá, gritos, insultos, pisotones, codazos.
   En medio del tumulto generalizado, una ácida sonrisa iluminó algún rostro. Otros se contagiaron y, pronto, la nerviosa agitación transformó el rictus del conjunto en desembozado sarcasmo.
   El amanecer los encontró dando vueltas como partícipes de un ritual diabólico. Detrás de los vidrios de la puerta de entrada brillaban los ojos gatunos de personas ajenas al edificio, que, bajo el influjo de los trascendidos, se veían tentadas al espionaje.
 Nunca se supo cómo. Si fue por un fósforo con el que alguien encendió un cigarrillo, por algún desperfecto en la caldera o bien por un cortocircuito en la luz de los corredores, que el edificio, de repente,  comenzó a arder y sus habitantes a escapar como ratas de un naufragio. La construcción, de a poco, se iba desmoronando y con el paso de las horas, paredes, columnas y basamentos se convirtieron en cenizas. Algunos quedaron atrapados entre los escombros, otros murieron quemados y unos pocos lograron ponerse a salvo huyendo desesperadamente.
   La carcajada se apagó con la lentitud de un ascua. Tal vez haya quedado oculta bajo  los restos del incendio. Los mirones se hicieron humo en un santiamén.
   Hubo un aluvión de noticias acerca de lo sucedido, la mayoría bastante contradictorias y en gran medida ambiguas o enigmáticas. Después sobrevino un silencio no menos estremecedor que la horrísona carcajada.




miércoles, 18 de marzo de 2015

UN POEMA DE AMELIA BIAGIONI

Mi sombra
mi pasión
mi razón
mi relámpago
me dijeron
que hay en el universo cuatro hambres.

Mis hambres
me gritaron
que el universo no se calma con gemidos
sino con actos.

Mis actos
me mostraron
que el universo es un oscuro claro andante bosque
donde todo movimiento es cacería.


Fuente: La poesía del cincuenta (selección de Daniel Freidemberg), Buenos Aires, CEAL, 1981. El poema pertenece al libro: De las cacerías (1976) de Amelia Biagioni.

viernes, 13 de marzo de 2015

COLLAGE DE ARTISTAS.

Nueva página en esta sección. Travesía poética:  un encuentro de  creadores  a través del tiempo y la distancia.

domingo, 8 de marzo de 2015

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER: un poema de Marina Colasanti

EU SOU UMA MULHER

Eu sou uma mulher/que sempre achou bonito/menstruar.

Os homens vertem sangue/por doença/sangria/ou por punhal cravado,/
rubra urgência/a estancar/trancar/no oscuro emaranhado/das artérias.

Em nós/o sangue aflora/como fonte/no cóncavo do corpo/olho-d’agua escarlate/
encharcado cetim/que escorre /em fio.

Nosso sangue se dá/de mão beijada/se entrega ao tempo/como chuva o vento.

O sangue masculino/tinge as armas e/ o mar/empapa o chão/dos campos de
batalha/respinga nas bandeiras/mancha a história.

O nosso vai colhido/em brancos panos/escorre sobre as coxas/benze o leito/
manso sangrar sem grito/que anuncia/a ciranda da fêmea.

Eu sou uma mulher/que sempre achou bonito/menstruar. /Pois há un sangue/que
corre para a Morte. E nosso/que se entrega para Lua.


YO SOY UNA MUJER


Yo soy una mujer
a la que siempre le gustó
menstruar.

Los hombres vierten sangre
por dolencias
sangrientas
o puñales clavados,
encarnada urgencia
a ser estancada
encerrada
en la mañana oscura
de la arteria.

En nosotras
la sangre aflora
como fuente
en lo cóncavo del cuerpo,
ojo de agua escarlata,
encharcado satén
que se escurre
en hebras.

Nuestra sangre se da
en mano besada,
se entrega a tiempo
como al viento la lluvia.

La sangre masculina
tiñe las armas
y el mar,
empapa la tierra
de los campos de guerra
salpica las banderas,
mancha la historia.

La nuestra, contenida
en blancos paños,
resbala sobre el coxis,
persigna el lecho,
manso sangrar sin grito
que anuncia
las redes de la hembra.

Yo soy una mujer
a la que siempre le gustó
menstruar.
Pues hay una sangre
que corre hacia la Muerte.
Y la nuestra
que se entrega a la Luna.

Nota: oriunda de Etiopía, Marina Colasanti se trasladó a Brasil en 1948. Entre sus libros se destacan: Eu sozinha (1965), Nada na manga (1973), Zoilógico (1975), A morada do ser (1978). Contos de amor rasgado e Intimidade pública.

Fuente: Revista Hablar de poesía, nº1, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, junio de 1999.





lunes, 23 de febrero de 2015

MIS POEMAS: Qué es estar sitiado...

Qué es estar sitiado sino imaginar al otro
desde el lugar del caos y perder los colores
bajo el polvo terrestre. ¿Imaginas el rostro de un mundo
sin colores donde todo decaiga en los pronunciamientos
de un emblema de ausencias y concatenaciones?
A veces se hace necesario asomar para que la vibración
vertiginosa no se convierta en la araña que teje
nuestros sueños.
A veces los bordes son imprecisos y la figura ajena nos con-
tiene. Es la mirada pájara. La miríada pájara
que regresa del vuelo subterráneo. Aquí estoy. Aquí estás.
Aquí, los goznes, las bisagras que abren y cierran mundos
en la inquietante estirpe que llamamos humana.

Fuente: Jardín de invierno (inédito).


domingo, 8 de febrero de 2015

ESCRIBAS III: El pensamiento de Fedor Dostoievski

Una de las primeras novelas que leí en mi adolescencia fue Crimen y castigo de Fedor Dostoievski. El libro tuvo un impresionante  impacto  en mi conciencia, joven y candorosa. ¡A qué extremos llevó mi pensamiento, al borde de qué abismos lo puso! La tensión entre dos puntos que forman parte del basamento ético desató en primer lugar el llanto, y luego  un trabajo casi constante de mi interioridad, a lo largo de las diferentes etapas de la vida, un cuestionamiento pertinaz sobre el anverso y reverso de los actos humanos y  sobre  la ardua encrucijada entre Moral y Justicia.  


PENSAMIENTOS ANOTADOS

Cultura

¿Cuántos hombres hay que no piensan, sino que viven de ideas  que otros le dan ya hechas? Pero aquí no solo se vive de ideas hechas, sino hasta de dolor hecho.

Cultura y vida

Hay ciertas cosas, cosas vivas, que es muy difícil comprender por exceso de cultura. La cultura excesiva no siempre es cultura verdadera o justa. La verdadera cultura no solo no es enemiga de la vida, sino que está siempre de acuerdo con ella, ofreciéndole nuevas revelaciones que descubre en la misma vida.

A mis críticos

No persigo honores ni los acepto, y no es en verdad mi intención treparme a las estrellas para orientarme.

Veneración

La altura de un alma puede medirse en parte, sin más, fijándose en hasta qué grado es capaz de inclinarse, y ante quién, con veneración ( o devoción).

v      

DIARIO DE UN ESCRITOR

La mentira se salva de la mentira (Acerca de “Don Quijote)- 1877.

Don Quijote es un gran libro; es del número de los eternos, de esos con que solo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. Y observaciones análogas respecto de lo más profundo de nuestra humana naturaleza se hallan en ese libro, en cada página. Ya el solo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no otro, es notable. Se pasa todo el tiempo engañándole como un niño y, no obstante está plenamente convencido del gran talento de su amo; se conmueve hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pie juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero, y ni una sola vez pone en duda que aquél habrá de conquistar algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conocieran esa gran obra! No sé lo que ahora pasará en las escuelas con  la Literatura, pero sí sé que ese libro, el más grande y triste de cuantos ha creado el genio de los hombres levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes problemas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar sabiduría práctica.
Ese libro, el más triste de todos, no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio del hombre y de la humanidad en él contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente, su talento más grande, se consumen hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno, convirtiéndose en objeto de irrisión, solo por faltarle al hombre con tan ricos dones agraciado, un don supremo: el genio necesario para dominar la riqueza y poder de esas dotes, gobernarlas y dirigirlas –esto es lo principal-, no por fantásticos caminos de locura, sino por la senda recta, empleándolos en el bien de la Humanidad. Pero, desgraciadamente, son tan pocos, tan poquísimos los genios concedidos a las razas y pueblos que, con frecuencia, estamos obligados a presenciar esa ironía del Destino: que la actuación del más noble y ferviente filántropo sea blanco de burlas y pedradas, por no atinar en la hora decisiva con el verdadero sentido de las cosas y no encontrar una palabra nueva. Pero este espectáculo del desperdicio de fuerzas más grandes y nobles puede, efectivamente, inducir a desesperación a más de un amigo de los hombres, moviéndole no a la risa, sino a llanto ardiente, emponzoñando para siempre con la duda su hasta entonces crédulo corazón.
Por lo demás, solo he querido aludir a uno solo de los rasgos característicos de Don Quijote, a una de las observaciones incontables que Cervantes ha hecho sobre el corazón del hombre y expuesto en forma magistral.
El hombre fantástico, persuadido hasta la locura de la más fantástica ilusión que pueda imaginarse, se ve de pronto asaltado por la duda que amenaza dar al traste con toda su fe. Y es notable que lo que motiva esa duda no sea la incongruencia de su locura naciente, ni la descripción de aquellos caballeros que corrían aventuras por el bien de la Humanidad, ni el desatino del sortilegio de los magos que refieren esos libros tan fidedignos, sino algo completamente secundario, lo que bruscamente suscita su duda. El hombre fantástico siente de pronto el ansia de realismo. No le desconcierta el hecho de que súbitamente queden tropas enteras encantadas. ¡Oh, eso no le inspira la menor duda!¿Cómo habrían podido demostrar su heroísmo esos caballeros magníficos si no se hubiesen visto en trances tales, si no hubiesen tenido gigantes y hechiceros malignos y envidiosos de su grandeza? El ideal del caballero andante es tan alto, tan bello y útil, y de modo tal se han apoderado del corazón de Don Quijote, que se le hace imposible renunciar a la creencia incondicional en él, pues eso equivaldría a traicionar el deber y traicionar el amor a Dulcinea y a la Humanidad. Pero cuando, al fin, renunció a todo; cuando se curó de su locura y se convirtió en un hombre listo, no tardó en irse de este mundo, plácidamente y con triste sonrisa en los labios, consolando todavía al lloroso Sancho y amando al mundo con la fuerza de aquel amor que en  su santo corazón se encerrara, y viendo, sin embargo, que no hacía ya falta alguna en la Tierra. No, lo que le desconcertaba era, sencillamente, una consideración en todo punto exacta, en todo punto matemática: la de que por más poderoso que un caballero fuese, espada en ristre, a descargar mandobles a diestro y siniestro, había de serle, con todo, imposible vencer a un ejército de cien mil hombres, en el espacio de unas pocas horas, y aunque fuese en un día y, además no dejando con vida a ningún enemigo. Pero así se dice en esos libros fidedignos! ¿Se tratará de una mentira? Pero, ¡si esa fuera mentira, todo lo demás lo sería también! ¿Cómo salvar la verdad? Y he aquí que entonces para salvar la verdad idea otra ilusión, dos o tres veces más fantástica, ingenua y disparatada que la primera: imagina cien mil hombres hechizados, con cuerpos de molusco, que la aguda espada del caballero puede traspasar con facilidad y rapidez diez veces mayores de las que consentirían cuerpos de hombres corrientes. De esta suerte queda satisfecho el realismo, salvada la verdad, y él puede seguir creyendo tranquilamente en la ilusión primera y máxima, y todo eso gracias a la ilusión segunda, mucha más absurda todavía, concebida por él  sencillamente para salvar el realismo de la primera.

Recojámonos ahora en nosotros mismos y examinemos: ¿ no nos ha ocurrido a cada uno de nosotros, otro tanto en la vida, un centenar de veces? Supongamos que te has encariñado con un sueño, una ilusión, una idea, una convicción o un hecho externo que hizo mella en tu ánimo, o finalmente con una mujer que te encantó. Con toda el alma te consagras el objeto de tu amor. Pero no obstante estar tan enamorados, pese a toda tu ceguera, si hay en ese objeto de tu amor una mentira, una excelencia, algo que tú mismo exageraste y le descubriste en tu primer arrebato de pasión, únicamente para hacer de eso tu ídolo y postrarte ante él, a pesar de todo, en secreto, no dejas de sentir cierto escozor; la duda te atosiga, importuna tu razón, se pasea por tu alma, y no te consiente que vivas tranquilo con tu sueño amado. Pues bien: ¿no recuerdas, no te lo confiesas a ti mismo en tu interior? ¿Qué fue entonces lo que de pronto te sirvió de consuelo? ¿No fuiste y fraguaste un nuevo ensueño, una nueva patraña, acaso horriblemente vulgar, pero en la que te diste prisa en poner tu fe solo por haber disipado  tu primera duda?

Fuente: Dostoievski, Fedor, Diario de un escritor, Buenos Aires, Editorial Longseller, 2000. Traducción: Mario Alarcón.


martes, 27 de enero de 2015

ESCRIBAS II: un poema de Arturo Carrera

ESCRIBA COMERCIANTE

Con trazos diminutos,
sobre la arcilla blanda, como palotes, cuños cúficos,
dibujabas las montañas y el pubis
de las mujeres que venían
del otro lado de las montañas;
y cereales y reses y números indicios
de un código de barras

y el rey Midas
y Giges, y
el escriba del rey
y tu abuelo
contaron el cereal,
tus tíos –tu padre en el rastrojo
y sin embargo,
otro pequeño escriba fuiste y anotaste,
desde una apariencia
más fuerte que la verdad:

“…un oro tan refinado tal vez
que no contiene plomo. Unas ocas y gansos
de vivos colores (el arco iris)
y abajo la abeja que cuida
la miel”.

Mientras ponías un dedo sobre tus labios,
dudando de no poder deletrear
lo que escribías: “el movimiento de
un libro que los niños llaman hoy: ‘El libro Mágico’
-El sueño de los estereogramas de
punto aleatorio de la imagen.
Repetidos,

“pájaros, un perro, un gato, un cisne que duerme
con la cabeza bajo el ala.
Y por fin tu nombre, el miedo, ese silencio,
la belleza y tu sexo”.

Nadie supo que en el patio
había aquilegias. Muchas ya
cargando sus semillas
en alineados y crocantes ruleros.


Fuente: Carrera Arturo, Potlatch, Buenos Aires, Editora Interzona, 2004.