lunes, 23 de febrero de 2015

MIS POEMAS: Qué es estar sitiado...

Qué es estar sitiado sino imaginar al otro
desde el lugar del caos y perder los colores
bajo el polvo terrestre. ¿Imaginas el rostro de un mundo
sin colores donde todo decaiga en los pronunciamientos
de un emblema de ausencias y concatenaciones?
A veces se hace necesario asomar para que la vibración
vertiginosa no se convierta en la araña que teje
nuestros sueños.
A veces los bordes son imprecisos y la figura ajena nos con-
tiene. Es la mirada pájara. La miríada pájara
que regresa del vuelo subterráneo. Aquí estoy. Aquí estás.
Aquí, los goznes, las bisagras que abren y cierran mundos
en la inquietante estirpe que llamamos humana.

Fuente: Jardín de invierno (inédito).


domingo, 8 de febrero de 2015

ESCRIBAS III: El pensamiento de Fedor Dostoievski

Una de las primeras novelas que leí en mi adolescencia fue Crimen y castigo de Fedor Dostoievski. El libro tuvo un impresionante  impacto  en mi conciencia, joven y candorosa. ¡A qué extremos llevó mi pensamiento, al borde de qué abismos lo puso! La tensión entre dos puntos que forman parte del basamento ético desató en primer lugar el llanto, y luego  un trabajo casi constante de mi interioridad, a lo largo de las diferentes etapas de la vida, un cuestionamiento pertinaz sobre el anverso y reverso de los actos humanos y  sobre  la ardua encrucijada entre Moral y Justicia.  


PENSAMIENTOS ANOTADOS

Cultura

¿Cuántos hombres hay que no piensan, sino que viven de ideas  que otros le dan ya hechas? Pero aquí no solo se vive de ideas hechas, sino hasta de dolor hecho.

Cultura y vida

Hay ciertas cosas, cosas vivas, que es muy difícil comprender por exceso de cultura. La cultura excesiva no siempre es cultura verdadera o justa. La verdadera cultura no solo no es enemiga de la vida, sino que está siempre de acuerdo con ella, ofreciéndole nuevas revelaciones que descubre en la misma vida.

A mis críticos

No persigo honores ni los acepto, y no es en verdad mi intención treparme a las estrellas para orientarme.

Veneración

La altura de un alma puede medirse en parte, sin más, fijándose en hasta qué grado es capaz de inclinarse, y ante quién, con veneración ( o devoción).

v      

DIARIO DE UN ESCRITOR

La mentira se salva de la mentira (Acerca de “Don Quijote)- 1877.

Don Quijote es un gran libro; es del número de los eternos, de esos con que solo de tarde en tarde se ve gratificada la Humanidad. Y observaciones análogas respecto de lo más profundo de nuestra humana naturaleza se hallan en ese libro, en cada página. Ya el solo hecho de que Sancho, esa encarnación de la sana razón, de la prudencia y la áurea medianía, se consagrase a ser amigo y compañero de aventuras del más loco de los hombres, él precisamente y no otro, es notable. Se pasa todo el tiempo engañándole como un niño y, no obstante está plenamente convencido del gran talento de su amo; se conmueve hasta lo patético ante su grandeza de alma, cree a pie juntillas en todos los fantásticos sueños del caballero, y ni una sola vez pone en duda que aquél habrá de conquistar algún día una ínsula para regalársela. ¡Cuán de desear sería que nuestros jóvenes conocieran esa gran obra! No sé lo que ahora pasará en las escuelas con  la Literatura, pero sí sé que ese libro, el más grande y triste de cuantos ha creado el genio de los hombres levantaría el alma de más de un joven con el poder de una gran idea, sembraría en su corazón la semilla de grandes problemas y apartaría su espíritu de la sempiterna adoración del estúpido ideal de la medianía, del orondo amor propio y la vulgar sabiduría práctica.
Ese libro, el más triste de todos, no olvidará el hombre llevarlo consigo el día del Juicio Final. Y denunciará el más hondo, terrible misterio del hombre y de la humanidad en él contenido: que la belleza suprema del hombre, su pureza mayor, su castidad, su lealtad, su valor todo y, finalmente, su talento más grande, se consumen hartas veces, por desgracia, sin haber reportado a la Humanidad provecho alguno, convirtiéndose en objeto de irrisión, solo por faltarle al hombre con tan ricos dones agraciado, un don supremo: el genio necesario para dominar la riqueza y poder de esas dotes, gobernarlas y dirigirlas –esto es lo principal-, no por fantásticos caminos de locura, sino por la senda recta, empleándolos en el bien de la Humanidad. Pero, desgraciadamente, son tan pocos, tan poquísimos los genios concedidos a las razas y pueblos que, con frecuencia, estamos obligados a presenciar esa ironía del Destino: que la actuación del más noble y ferviente filántropo sea blanco de burlas y pedradas, por no atinar en la hora decisiva con el verdadero sentido de las cosas y no encontrar una palabra nueva. Pero este espectáculo del desperdicio de fuerzas más grandes y nobles puede, efectivamente, inducir a desesperación a más de un amigo de los hombres, moviéndole no a la risa, sino a llanto ardiente, emponzoñando para siempre con la duda su hasta entonces crédulo corazón.
Por lo demás, solo he querido aludir a uno solo de los rasgos característicos de Don Quijote, a una de las observaciones incontables que Cervantes ha hecho sobre el corazón del hombre y expuesto en forma magistral.
El hombre fantástico, persuadido hasta la locura de la más fantástica ilusión que pueda imaginarse, se ve de pronto asaltado por la duda que amenaza dar al traste con toda su fe. Y es notable que lo que motiva esa duda no sea la incongruencia de su locura naciente, ni la descripción de aquellos caballeros que corrían aventuras por el bien de la Humanidad, ni el desatino del sortilegio de los magos que refieren esos libros tan fidedignos, sino algo completamente secundario, lo que bruscamente suscita su duda. El hombre fantástico siente de pronto el ansia de realismo. No le desconcierta el hecho de que súbitamente queden tropas enteras encantadas. ¡Oh, eso no le inspira la menor duda!¿Cómo habrían podido demostrar su heroísmo esos caballeros magníficos si no se hubiesen visto en trances tales, si no hubiesen tenido gigantes y hechiceros malignos y envidiosos de su grandeza? El ideal del caballero andante es tan alto, tan bello y útil, y de modo tal se han apoderado del corazón de Don Quijote, que se le hace imposible renunciar a la creencia incondicional en él, pues eso equivaldría a traicionar el deber y traicionar el amor a Dulcinea y a la Humanidad. Pero cuando, al fin, renunció a todo; cuando se curó de su locura y se convirtió en un hombre listo, no tardó en irse de este mundo, plácidamente y con triste sonrisa en los labios, consolando todavía al lloroso Sancho y amando al mundo con la fuerza de aquel amor que en  su santo corazón se encerrara, y viendo, sin embargo, que no hacía ya falta alguna en la Tierra. No, lo que le desconcertaba era, sencillamente, una consideración en todo punto exacta, en todo punto matemática: la de que por más poderoso que un caballero fuese, espada en ristre, a descargar mandobles a diestro y siniestro, había de serle, con todo, imposible vencer a un ejército de cien mil hombres, en el espacio de unas pocas horas, y aunque fuese en un día y, además no dejando con vida a ningún enemigo. Pero así se dice en esos libros fidedignos! ¿Se tratará de una mentira? Pero, ¡si esa fuera mentira, todo lo demás lo sería también! ¿Cómo salvar la verdad? Y he aquí que entonces para salvar la verdad idea otra ilusión, dos o tres veces más fantástica, ingenua y disparatada que la primera: imagina cien mil hombres hechizados, con cuerpos de molusco, que la aguda espada del caballero puede traspasar con facilidad y rapidez diez veces mayores de las que consentirían cuerpos de hombres corrientes. De esta suerte queda satisfecho el realismo, salvada la verdad, y él puede seguir creyendo tranquilamente en la ilusión primera y máxima, y todo eso gracias a la ilusión segunda, mucha más absurda todavía, concebida por él  sencillamente para salvar el realismo de la primera.

Recojámonos ahora en nosotros mismos y examinemos: ¿ no nos ha ocurrido a cada uno de nosotros, otro tanto en la vida, un centenar de veces? Supongamos que te has encariñado con un sueño, una ilusión, una idea, una convicción o un hecho externo que hizo mella en tu ánimo, o finalmente con una mujer que te encantó. Con toda el alma te consagras el objeto de tu amor. Pero no obstante estar tan enamorados, pese a toda tu ceguera, si hay en ese objeto de tu amor una mentira, una excelencia, algo que tú mismo exageraste y le descubriste en tu primer arrebato de pasión, únicamente para hacer de eso tu ídolo y postrarte ante él, a pesar de todo, en secreto, no dejas de sentir cierto escozor; la duda te atosiga, importuna tu razón, se pasea por tu alma, y no te consiente que vivas tranquilo con tu sueño amado. Pues bien: ¿no recuerdas, no te lo confiesas a ti mismo en tu interior? ¿Qué fue entonces lo que de pronto te sirvió de consuelo? ¿No fuiste y fraguaste un nuevo ensueño, una nueva patraña, acaso horriblemente vulgar, pero en la que te diste prisa en poner tu fe solo por haber disipado  tu primera duda?

Fuente: Dostoievski, Fedor, Diario de un escritor, Buenos Aires, Editorial Longseller, 2000. Traducción: Mario Alarcón.


martes, 27 de enero de 2015

ESCRIBAS II: un poema de Arturo Carrera

ESCRIBA COMERCIANTE

Con trazos diminutos,
sobre la arcilla blanda, como palotes, cuños cúficos,
dibujabas las montañas y el pubis
de las mujeres que venían
del otro lado de las montañas;
y cereales y reses y números indicios
de un código de barras

y el rey Midas
y Giges, y
el escriba del rey
y tu abuelo
contaron el cereal,
tus tíos –tu padre en el rastrojo
y sin embargo,
otro pequeño escriba fuiste y anotaste,
desde una apariencia
más fuerte que la verdad:

“…un oro tan refinado tal vez
que no contiene plomo. Unas ocas y gansos
de vivos colores (el arco iris)
y abajo la abeja que cuida
la miel”.

Mientras ponías un dedo sobre tus labios,
dudando de no poder deletrear
lo que escribías: “el movimiento de
un libro que los niños llaman hoy: ‘El libro Mágico’
-El sueño de los estereogramas de
punto aleatorio de la imagen.
Repetidos,

“pájaros, un perro, un gato, un cisne que duerme
con la cabeza bajo el ala.
Y por fin tu nombre, el miedo, ese silencio,
la belleza y tu sexo”.

Nadie supo que en el patio
había aquilegias. Muchas ya
cargando sus semillas
en alineados y crocantes ruleros.


Fuente: Carrera Arturo, Potlatch, Buenos Aires, Editora Interzona, 2004.

martes, 13 de enero de 2015

ESCRIBAS I

Le scribe accroupi-Louvre.
El escriba sentado (scribe accroupi) se encuentra en el museo del Louvre. Es una talla realizada entre  los años 2480 y 2350 a.C., durante la Vº dinastía  del Antiguo Imperio, en Egipto. Fue descubierta alrededor de 1850 en la necrópolis de Saqqarah, en la ribera occidental del río Nilo,  frente a Menfis, la capital del Antiguo Imperio y del Bajo Egipto, y luego trasladada al museo francés.
La imagen tallada en  piedra caliza conserva, a pesar de los años transcurridos, rastros evidentes de su policromía. Los ojos, realizados en cuarzo y ébano, y  bien abiertos,  reflejan una mirada de  presumible gravedad. Toda la figura, sedente, con el papiro entre sus piernas cruzadas y  el -ahora invisible-  cálamo en su mano derecha,  trasunta cierta circunspección.
En  aquel momento remoto, los escribas fueron personajes de gran importancia para el funcionamiento del Estado y hasta  constituyeron una casta. Desde pequeños hasta ya  avanzada la  juventud eran educados en una dependencia del templo. Adquirían distintos saberes entre los que se contaba principalmente el dominio de la escritura jeroglífica o la  hierática (ideográfica abreviada),  la gramática y lectura de textos clásicos. Pero también aprendían otros idiomas, conocimientos de derecho, geográficos y  de administración contable. En la actualidad su labor abarcaría quehaceres similares a los de un escribano o un perito contable. Pero también  cabría asociarlos  con el perfil de un escritor. Puede  decirse que los escribas eran, en cierto modo,  los intelectuales de aquella época.
Maravilla pensar que, en un pasado tan lejano, la humanidad ya tuviera conciencia del poder que posee la letra escrita, y  que, a quienes detentaran el privilegio de  fijar gráficamente  la memoria social se les prodigara una cuidada formación.
Escribir no es un acto simple. La complejidad del mismo es una consecuencia que deriva, en gran medida, del código lingüístico y también de otros códigos que forman parte de la comunicación. Todos estos sistemas de signos   nacieron en el seno de la sociedad, que también es compleja.
Quien escribe diseña con grafismos un objeto, el texto, que a su vez está constituido por una multiplicidad de otros objetos que han entrado en una red significativa.  Red que atrapa al sujeto  emisor y también a los otros sujetos que, en su afán interpretativo, entren a formar parte del texto en cuestión. La forma que asume el decir es parte de su contenido. No es lo mismo una palabra que otra y tampoco es lo mismo un sonido que otro, un modo de articulación o de modulación que otro. Asimismo, el tiempo y el espacio delimitan la fluencia verbal desde el interior o desde el exterior. Lo que alguien expresa en un determinado momento de su vida puede estar sujeto a modificaciones a lo largo del decurso y lo que responde al  marco de una época puede no ser aplicable  o entendible  en otra etapa. El discurso está también marcado por otros factores: edad de emisores y receptores, grado de formación personal y objetivos a los que apunta, cultura en la que están insertos, determinación ideológica, estado de ánimo circunstancial, y muchos otros, a menudo poco evidentes, pero que ejercen  condicionamientos. Hasta para transgredir las normas es  imprescindible ahondar en ellas y observarlas detenidamente como quien observa, a la hora de tallar,  el trozo de piedra con que cuenta,  para sopesar las posibilidades de aplicar el cincel en una dirección o en otra.

La escritura es una búsqueda insaciable. Para acceder a ella hace falta ser un buen lector. Y esto implica conocer lo que otros han escrito, lo que el código con su perpetua movilidad ha engendrado y puede llegar a engendrar, tener capacidad de desciframiento no solo de textos sino de las acciones y los modos con que se construye el  principio de realidad. Y también ser un ávido lector del propio pensamiento. 

viernes, 2 de enero de 2015

En los umbrales del nuevo año un poema de Edgar Bayley

AUGURIO

feliz
año
nuevo
digo
lluvia luz ventana
neblina rosa labrador alcázar
río mío balcón
perdí mi nombre

y aquí
ballesta
encuentro
voy naciendo
por solsticios
herbarios
destrucciones

año nuevo
blanca flor brotaste
y el camino que sigo
y la voz
en la playa
a medianoche
y el silencio y la caja
y la ventana habitación el viento
todo lo marchitaste

me digo
no estoy solo
feliz lluvia
luz
ventana


Fuente: Bayley, Edgar, Nuevos poemas, Rosario, Ediciones La ventana, 1981.

domingo, 14 de diciembre de 2014

AÑO NUEVO-NUEVOS OJOS

Otra vez estamos a fin de año. La frase se repite una y mil veces. Como si el cambio en el calendario  nos tomara por sorpresa. Como si el tiempo nos embistiera o acorralara. Pero  el fin de  ciclo no es distinto del resto. Sus días, eso sí, están sujetos al ajetreo de las despedidas, las compras de regalitos, los brindis, las promesas. En síntesis al ritual. Pero la vida sigue, y en esencia no es  ni más ni menos prometedora que la que dejamos atrás. Cada día del año ha sido diferente. Nos puso por delante alegrías y penas, pérdidas y ganancias, sorpresas gratas e ingratas. Y no nos dimos cuenta porque estábamos concentrados en nuestra propia lucha por la subsistencia, en las preocupaciones cotidianas o los desafíos que la circunstancia de estar vivos nos imponía.
Al clima generalizado de disimulada  angustia y de inquietud que provoca la fecha se suma el malestar que,  dentro del ámbito nacional, se ha ido acumulando durante los trescientos sesenta y cuatro días previos. Los argentinos tenemos, no sé si en nuestro ADN o en lo que se denomina inconsciente colectivo, una especial predisposición por el  autoengaño. Nos atrae la mitología, los paternalismos, las formas de salvación mágica. Y tendemos a sorprendernos con todo aquello que si hubiéramos tenido el tino de leer francamente la realidad, de haber asumido con responsabilidad y rigor o de haber observado con criterio, no nos encontraría desprevenidos. El fin de ciclo nos abruma con novedades que no   habrían sido tales, si hubiéramos prestado atención al  proceso histórico.  No obstante, nos juntaremos nuevamente, como cada diciembre para levantar la copa y desear que todo sea un poco mejor en el futuro. En un futuro intangible, lejano y brumoso, del que ,  tantas veces, nos negamos a hacernos cargo.
Pero  tampoco es cuestión de llenar esta página de quejas o resentimientos. Sobre todo porque en ella la creación pretende tener un rol protagónico. Y para crear hay que estar dispuesto a mirar con nuevos ojos. Tomar cierta distancia, cambiar la perspectiva, mirar hacia adentro y hacia fuera, escuchar los mensajes de nuestro corazón y de tantos otros que laten con un compás diverso, de atravesar el tiempo y las cronologías, las luces y las sombras,  tratando de renovar en cada intento la esperanza que creemos  marchita. No es fácil. Pero peor sería entregarnos al desánimo.
Durante muchos años me desempeñé como docente y  con frecuencia pude ver transformaciones  casi diría extraordinarias y también  otras, desgraciadas. Fue maravilloso observar el cambio producido en un pequeño que lograba armar, por primera vez, las frases y leer su sentido. También escuchar y alentar a un adolescente que intentaba iniciarse en la aventura poética. En los últimos años de ejercicio de la docencia en pocas ocasiones sentí que mi misión de guía intelectual se cumplía. Los tiempos habían  arrebatado a ese prodigioso acto de ida y vuelta, que es la educación, el placer que implica la adquisición del conocimiento a través de un vínculo  de afecto recíproco.

Roberto Benigni nos devuelve a esa  suerte de comunión espiritual que puede darse en un aula. Especialmente durante una clase de literatura. Especialmente cuando se trata de poetizar…



Ah... Feliz Año Nuevo!!!

miércoles, 3 de diciembre de 2014

MIS POEMAS: Navidad en el jardín


La primavera enloqueció. No en el plano metafórico
sino en el más estricto sentido. Pasó del calor al frío sin previo aviso.
Sin escalas  intermedias. La locura climática se presentó, en forma larvada,
en el invierno. Y hacia el final del mismo irrumpió un frío desolador.
De un día para otro. Y la naturaleza, no pudiendo soportar tamaña  extravagancia
se rebeló. La única flor blanca del ciruelo cayó derrotada.
Y las otras flores que estaban escondidas en la planta
a la espera de la tibieza y la claridad propicia, no se animaron a nacer.
En diciembre no hubo frutos y el follaje, de un verde rabioso,
proliferó con ansias de que algún prodigio le diera algún sentido  a su sombra.
Y entonces vino el casal de zorzales y construyó su nido.
Y en el nido, el huevito se convirtió en pichón. Y fue por la época de Navidad.
Un niño pájaro asomó su rostro hinchado, de ojos amorfos y mirada vacía.
Los padres iban y venían desgranando su canto celestial.
Un gorjeo bien modulado, con notas agudas, una síncopa, y otra pequeña frase musical.
Desde los árboles cercanos custodiaban al hijo, mientras
iban y venían en busca de alimento.
El niño-pájaro esperaba con su pico bien abierto.
Con ese silencio inocente
capaz de enmudecer el ruido y el trajín 
de   las  calles del miedo...
El refulgente sol que se cuela por entre las hojas
alumbra el mínimo pesebre
que los Magos adoran.
Aunque nadie los vea, ellos están sentados
sobre el arco melódico
con que la vida estalla
como un fruto pendiente de la estación más promisoria del calendario.
La más variable y, tal vez, la más loca.
Suena el din-don del llamador de ángeles mientras el pichón
empluma e hincha su gola.
Un día de estos iniciará su vuelo en procura de la luz prometida.
Y ese día será un pequeño dios
atravesando el puente que   une la tierra con el cielo.

De: Rincón de poesía.