martes, 15 de julio de 2014

NADINE GORDIMER: La oscura trama de las diferencias

GREGOR

Cualquier lector sabe que las lecturas han influido en su vida. Entiendo por “lector” a una persona en la época en que uno empezaba a seleccionar la letra impresa por sí mismo. (Otra presunción: uno se aficionó a la literatura en algún momento anterior a aquel en que la narración leída al acostarse fue sustituida por la media hora delante de la Caja). La adolescencia es el período decisivo en el que el poeta y el escritor de ficción intervienen en la formación del yo en relación sexual con los otros, al sugerir –de una forma excitante, a veces atemorizadora- que lo que la autoridad de los adultos ha dicho o sugerido respeto de la ordenación de esas relaciones, no lo es todo. En los años cuarenta me inculcaron la idea de que primero conoces a un hombre, luego ambos os enamoráis y después os casáis; hay un orden de emociones sucesivas que engloba todo ese proceso como un paquete. Así es el amor.
Para mí, el primero en aparecer fue Marcel Proust. El extraño pero ineluctable desorden del doloroso amor de Charles Swann por una mujer que no era su tipo (lo cual no era en realidad culpa suya, él se enamoró de ella tal como era, ¿eh?) y los celos del narrador, que sigue alimentando la pista de las evasiones de Albertine.
Adiós al confeti. Aquello me brindó nuevas expectativas sobre lo que podía significar la experiencia. Mi aprendizaje del amor sexual cambió; de por vida. Te guste o no, así es el amor. Terrible. Glorioso.
Pero ¿qué ocurre cuando un elemento de una ficción no se interioriza, sino que se materializa, cuando adquiere una existencia independiente?
Eso es exactamente lo que me ha ocurrido a mí. Cada año releo algunos libros que no quiero morir sin volver a leer. Este año, entre ellos estaban los Diarios de Kafka, que llevo ya mediados. Es una lectura nocturna espléndidamente horrible.
Hace pocos días, cuando me senté por la mañana delante de mi máquina de escribir como hago ahora, sin esperar la aparición del duende de Lorca sino poniéndome sin más al trabajo, vi, debajo de la delgada ventana en la que aparecen electrónicamente las palabras a medida que las transmito a las teclas, una cucaracha. Una cucaracha pequeña del tamaño de mi dedo corazón, la uña de una mano de tamaño medio. Si digo que no lo podía creer me quedo corta. Pero mi primer pensamiento fue del orden práctico: sin duda estaba allí adentro, ¿cómo pudo meterse? Di golpecitos en el cristal, en el lugar bajo el que aparecía. Confirmó su existencia, no desplazando su cuerpo, sino agitando a un lado y otro dos pelillos o antenas tan delgadas y pálidas que hasta entonces no las había visto.
Me dediqué a desmontar todas las partes de la máquina susceptibles de ser movidas, pero la estrecha ventanilla de cristal no lo era. Consulté el manual del usuario; no se recogía en él la posibilidad de que una cucaracha penetrara en el refugio sellado concebido únicamente para las palabras. No fui capaz de encontrar el camino por el que podía haber entrado, pero me dije que, si lo había hecho con su cuerpo de color marrón brillante y sus finas antenas, podría también salir de allí cuando lo deseara. Era ella o yo. Volvía a dar golpecitos al cristal y esta vez se movió –lo que quería decir, ay, que estaba atrapada ahí dentro- hasta el límite extremo del espacio accesible. También mostró unas patas torcidas como signos de interrogación. Llamé a una amiga y reaccionó con sencillez: Es imposible. No puede ser.
Bueno, pues era. Tengo un vecino, un arquitecto joven, al que suelo ver con la cabeza debajo del capó, mientras arregla su coche los fines de semana; lo mejor que podía hacer era esperar hasta la hora en que se suponía que iba a volver a su casa aquella noche. Es un manitas capaz de abrir cualquier cosa, lo que sea. ¿Qué hacer mientras tanto? Continuar mi trabajo donde lo había dejado. Transmitir palabras que rayarían de sombras su cuerpo. Es más, la incomodidad resultante podía provocar que el intruso se las ingeniara para encontrar el camino de salida.
Me he acostumbrado a estar sola mientras trabajo. No pude evitar darme cuenta de que no lo estaba; había algo que con toda deliberación no me miraba –de todas formas, yo no podía distinguir sus ojos-, sino que estaba implicado íntimamente en el proceso por el cual la imaginación rebusca en la memoria y extrae de ella algo vivo.
En esos momentos sentí mi sensibilidad aguzada, de un modo, como nunca antes lo había estado; imposible.
Noche tras noche había estado leyendo los diarios de Franz Kafka, el subconsciente de sus ficciones, que Max Brod no quiso destruir. Y allí está toda la génesis secreta de la creación. El subconsciente de Kafka me guiaba todas las noches desde la conciencia hasta el subconsciente de los sueños.
¿Había yo provocado aquella criatura?
¿Existe otra clase de metamorfosis, en la que no te despiertas para encontrarte transformado en otra especie, pataleando acostado sobre tu espalda de color castaño brillante y explorando el espacio exterior por medio de delgados sensores, sino que al imaginar un ser así puedes crearlo, con independencia de su génesis física? ¿O puede la imaginación convocar un ser vivo de modo que emerja del papel y se manifieste a sí mismo…?

Fuente: Gordimer, Nadine, Beethoven tenía algo de negro, Barcelona, Editorial Bruguera, 2008.Traducción: Francisco Rodríguez de Lecea. El fragmento pertenece al cuento Gregor.


Nadine Gordimer nació en Springs, Sudáfrica, en 1923 y falleció el 13 de julio del 2014. Obtuvo el premio Nobel en 1991. Manifestó en su obra una posición crítica frente al régimen segregacionista de su país y abordó la temática social.

Nota: 
La conocí en alguna de mis tantas recorridas por las librerías de la calle Corrientes. En las mesas de saldos. Hecho que merece un párrafo aparte. Es increíble cómo funciona el mercado literario. Se pueden encontrar grandes escritores por unos pocos pesos, arrinconados en las mencionadas  mesas, mientras que en los anaqueles graves y lustrosos,  o en un primer plano de exposición de librerías más “serias”, se promocionan autores que figuran en el ranking de los más leídos, que constituyen “novedades” o que han sido consagrados por una crítica cuya honradez o solvencia, en ciertos casos,  podría ser puesta en entredicho.  Libros altamente cotizados que no valen gran cosa. Pero, bueno… así funciona la libresca feria de vanidades.
Entre los amontonados sin orden ni concierto encontré dos libros de cuentos de Nadine Gordimer, que me parecieron estupendos y una novela: The house gun (Un arma en casa), que es un maravilloso ejemplo de análisis psicológico y moral, al mismo tiempo. Una novela inquietante, que muestra cuán poco sabemos de nosotros mismos y de aquellos seres que consideramos cercanos. Cómo actúa en nosotros el prejuicio y cuánto debemos de modificar en nuestra conducta para comprender el dolor impensado que la vida, de un momento a otro, nos presenta.  
Estos hallazgos, y otros parecidos, me llevan a  concluir que la curiosidad y la falta presupuestos - en el doble sentido de la palabra, y, al menos, en esta materia-  nos lleva muchas veces al encuentro de  valiosas sorpresas.

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