miércoles, 14 de diciembre de 2011

SE ACERCA FIN DE AÑO...

Se acerca fin de año, época de balances.
Hace ya once meses que el blog está en pie. He tratado de poner lo mejor de mí para que este lugar sea un espacio grato y para que a través de él se difunda  la literatura y el  arte.
Su contenido no  es tendencioso ni apunta a la confrontación denigrante. Tampoco persigue ningún interés de ganancia material o conveniencia especulativa. Simplemente  trato de devolver   en estas páginas un poco de lo bueno que la sociedad me dio: la posibilidad de leer, de  escribir, de tener conciencia crítica, de  poseer  la voluntad y el gusto por  construir, a pesar de que las circunstancias personales me impongan, como a todos, ciertos límites, y el entorno no sea muy estimulante.
Ha habido hasta ahora  numerosas entradas no solo de Argentina sino también de otros países, algunos bastante lejanos. Agradezco las visitas y, de paso, aclaro que no está prohibido hacer comentarios. Todo lo contrario. Los comentarios enriquecen el blog y le dan una conformación dialógica siempre interesente. Trato y seguiré tratando  de que  este lugar de reunión  responda  tanto en  el fondo como en la forma  al  respeto por la pluralidad.
En un mundo en crisis no es fácil abrirse camino.  Y, sin embargo, no  puede dejar de tenerse en cuenta que la crisis es por definición un momento decisivo y como tal   nos impone  un estado de alerta y  de profunda reflexión. Por otra parte,   y aunque resulte lamentable decirlo, en mi país no está instalada la cultura del diálogo y el individualismo exacerbado constituye una valla para cualquier  valoración y más aún para la puesta en práctica de actividades que propendan a ideales humanistas.   Esta falla  puede apreciarse   en los más diversos ámbitos. Incluso en el de las ideas y el trabajo intelectual.
Lejos de amilanarme ante semejantes perspectivas me he impuesto este trabajo como una forma de mejoramiento de mi propia interioridad y un modo de tender un pequeño y modesto puente para acceder a la voz y el pensamiento de los otros.
Las puertas virtuales están abiertas a todos aquellos que quieran enviar colaboraciones, siempre y cuando éstas respondan a un cierto nivel de calidad y  a una auténtica vocación creadora.
Doy las gracias a todos los amigos que me han alentado en este emprendimiento.

domingo, 4 de diciembre de 2011

CESARE PAVESE: Il mestiere di vivere

  • 1935
17 de noviembre.
 …hacer poesía es como hacer el amor: no se sabrá nunca si la propia alegría es compartida.
  • 1938
9 de septiembre.
 La guerra nos hace bárbaros porque, para combatirla, hay que endurecerse con respecto a todo sentimiento y adhesión a valores delicados, hay que vivir como si estos valores no existiesen; y, una vez terminada, se ha perdido toda elasticidad de volver a estos valores.
  • 1939
14 de diciembre.
Se necesita la riqueza de experiencias del realismo y la profundidad de sentido del simbolismo.
Todo el arte es un problema de equilibrio entre dos opuestos.
  • 1940
12 de octubre.
 El amor tiene la virtud de desnudar no a los amantes uno frente al otro, sino a cada uno de los dos frente a sí.
  • 1943
11de noviembre.
Contar las cosas increíbles como si fueran reales: sistema antiguo; contar las reales como si fuesen increíbles: moderno.
  • 1945
22 de noviembre.
No nos liberamos de una cosa evitándola, sino solamente atravesándola.
  • 1948
5 de marzo.
 En el fondo la inteligencia humanista –las Bellas Artes y Letras- no sufrieron bajo el fascismo; podían desencapricharse, aceptar cínicamente el juego. Donde el fascismo vigiló fue en el pasaje entre intellighentsia y pueblo; mantuvo al pueblo a oscuras. Ahora el problema es salir del privilegio –servil- que gozamos y no “ir hacia el pueblo” sino “ser pueblo”, vivir una cultura que tenga raíces en el pueblo y no en el cinismo de los libertos romanos.
  • 1949
23 de agosto.
 En arte no se debe partir de la complicación. A la complicación hay que llegar. No partir de la fábula de Ulises simbólica, para asombrar; sino partir del humilde hombre común y, poco a poco, darle el sentido de un Ulises.

Fuente: Pavese, Cesare, Vittorini, Elio, Diarios de vida y obra, Buenos Aires, CEDAL, 1983.

sábado, 26 de noviembre de 2011

SYLVIA PLATH: La despedida del fantasma

Viene la gélida tierra de nadie, hacia
las cinco de la madrugada, el vacío incoloro
en que la cabeza despierta destruye
confuso caos de sulfúreos sueños e incógnitas
lunares que, soñadas, parecen hondas,

prepárase a enfrentarse con la creación
alerta de sillas, mesas y sábanas arrugadas.
Éste es reino de inciertas apariciones,
fantasma oracular que oscila sobre  flacas piernas
ante un bulto de ropa sucia, lás sólitas sábanas

enhiestas, mano simbolizando adiós.
En este punto entre dos mundos, dos modos de tiempo
incompatibles, es la materia prima
de nuestros pensamientos rutinarios quien captura
el halo présago de ambrosía. Y vase.

Silla y mesa: jeroglíficos de frases
divinas, que nosotros, al despertar,
desoímos: y estas sábanas nos hablan en un idioma mudo
de un mundo, y luego se deshilachan,
un mundo que perdimos despertándonos.

Sus harapos le traicionan en el extremo
de la visión humana, este fantasma levanta
la mano en alto, adiós, adiós, no desciende
al buche rocoso y hondo de la tierra
sino a una región donde nuestra atmósfera densa

cede y Dios sabe lo que en ella palpita.
Una admiración delimita este cielo
en naranja sonoro como estelar zanahoria.
Su sonoro período, verde y lueñe,
ciérnese junto al primer punto, el punto inicial

del Edén, junto a la curva luna nueva.
Véte, fantasma de mis padres,  fantasma nuestro, de
nuestros sueños primeros, en estas sábanas
que claman nuestro origen y nuestro fin
a la tierra de nunca, de multicolores ruedas

de alfabetos prístinos y de mugientes
vacas que lindan lunas tan nuevas como la cúspide
capital hacia donde va nuestro viaje.
Adiós, adiós, buen día, hasta más ver,
oh guardián del Grial profano, del soñador cráneo.

Fuente: Plath, Sylvia, Antología, Madrid, Ed. Visor Libros, 2003.

Sylvia Plath  nació en  Boston el 27 de octubre de 1932 y  murió, por propia voluntad,  en Londres, el 11 de febrero de 1963.

No sé si cabe. Un comentario, digo. A través de su lectura encontré las luces y las  sombras de una vida que conoció de cerca el dolor y también la exultante alegría de buscar en las palabras, en la imágenes sonoras, salvajes, plenas de lucidez y de oscuros presagios, la desafiante energía que hace falta para decir en un poema aquí estoy con mi carga de pesadumbre a cuestas, pero también con la certeza de mi vocación, más allá de cualquier designio, de cualquier marca lacerante. Una voz con la característica fulmínea del rayo, que restalla e ilumina. Padeció estados depresivos, internaciones psiquiátricas, inclinaciones suicidas.  En su poesía se halla la más  cabal razón de pervivencia,  el fulgor de una creación absolutamente personal,   perturbadora e ineludible.

jueves, 17 de noviembre de 2011

EL OJO Y EL ALMA DE UN/A ESCRITOR/A

Para ser escritor o escritora no hace falta solamente ponerse a escribir. Escribir es la forma de darle cauce a un modo de pensar y de ver. La persona apática no podría tener esa preferencia, tampoco el insensible, ni el que carece de curiosidad, ni el conformista o desapasionado. Porque escribir comienza mucho antes que escribir. Comienza en una vaga sensación, en  una especie de inestabilidad a la que nadie, ni siquiera un médico podría  encuadrar  dentro de posibles sintomatologías.
El ojo de quien escribe capta los gestos más imperceptibles, las miradas más evasivas, el modo de estar o de no estar de quienes lo rodean, la apertura o el sostenimiento de un diálogo, los puntos suspensivos que se dibujan después de una presencia. Pero el ojo no delimita. No es un ojo figurativo ni, mucho menos asertivo, sino impresionista. Lo que se recorta sobre una superficie es sólo un recorte porque más allá del sentido de la vista existe ese otro ojo interior que es la intuición. El escritor sospecha. Sospecha hasta de su propia mano corriendo por el teclado. Sabe o atisba que la materia con que trabaja es cambiante e inaprensible . Sin ser psicólogo indaga en las conductas. Sin ser sociólogo estudia el entramado social. Sin ser arqueólogo rebusca entre osificaciones. Sin ser antropólogo espía en los secretos de las tribus. Todo  en  uno.
¿Cómo es el alma de quien escribe? Diversa y oscura como un pozo sin fin. Ya que el alma está en el extremo del ojo. Y  sobre un ojo en permanente actitud de alerta, poco y nada   cabría afirmar. La escritura es una construcción hecha a base de tiempo. Lo que hoy es un borrón mañana podría convertirse en letra viva o letra muerta, según el empeño con que se trate de leer en esa mancha de tinta o según la mancha se eleve o no  al rango de  matriz indispensable. Y mientras tanto  la mente va y viene, incansable, obsesiva.
Inspiración suena a romanticismo. Es un término  con connotaciones casi diría sobrenaturales que, si bien no deja de encajar en un mundo donde la virtualidad lo ha  pasado a reemplazar, no me parece del todo convincente.  Hay un trabajo previo de la mirada unida fuertemente al olfato y un trabajo posterior de armado del rompecabezas. Entre esas dos instancias un destello, una chispa,  o tan solo  un ascua puede encender la hoguera en que el texto arderá, pudiendo a veces abras/zar a quien lo engendra.

lunes, 7 de noviembre de 2011

POESÍA Y LOCURA

Canto del cisne

Demencia:
el camino más alto y más desierto.

Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.

Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.

Se erizan los cabellos del espanto.

La mucha luz alaba su inocencia.

El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.

Cuerdas de los silencios más eternos.

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?

Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.

¡Piedad!

Fuente: Fijman, Jacobo, Obra poética I: Molino rojo. Hecho de estampas, Buenos Aires, Editorial Leviatan, 1998.

Carta a los directores de los asilos de locos (frag.)

  Afirmamos que gran parte de sus internados –completamente locos según la definición oficial- están también recluidos arbitrariamente. Y no podemos admitir que se impida el libre desenvolvimiento de un delirio, tan legítimo y lógico como cualquier otra serie de ideas y de actos humanos. La represión de las reacciones antisociales es tan quimérica como inaceptable en principio. Todos los actos individuales son antisociales. Los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social. Y en nombre de esa individualidad, que es patrimonio del hombre, reclamamos la libertad de esos galeotes de la sensibilidad, ya que no está dentro de las facultades de la ley el condenar a encierro a todos aquellos que piensan y obran.
   Sin insistir en el carácter verdaderamente genial de las manifestaciones de ciertos locos, en la medida de nuestra aptitud para estimarlas, afirmamos la legitimidad absoluta de su concepción de la realidad y de todos los actos que de ella se derivan.

   Esperamos que mañana por la mañana, a la hora de la visita médica, recuerden esto, cuando traten de conversar sin léxico con esos hombres sobre los cuales –reconózcanlo- solo tienen la superioridad que da la fuerza.

Fuente: Artaud, Antonin, Carta a los poderes, Buenos Aires, Editorial Argonauta, 1988.

Una aproximación a Artaud (frag.)

Artaud sugiere la existencia de una afinidad natural entre genio y locura en un sentido mucho más preciso del que daban los románticos. Pero, aún denunciando a la sociedad que aprisiona a los locos y afirmando que la locura es el signo exterior de un profundo exilio espiritual, Artaud nunca sugiere que haya algo liberador en perder la razón.
(…)
Acaso los locos conozcan de tal manera la verdad, que la sociedad se venga de esos videntes proscribiéndolos. Pero estar loco también es un dolor interminable, un estado que hay que trascender, y es este dolor el que Artaud expresa imponiéndolo a sus lectores.

Fuente: Sontang, Susan, Bajo el signo de Saturno, Buenos Aires, Ediciones Debolsillo, 2007.

sábado, 22 de octubre de 2011

MIS POEMAS: Laberinto musical

Laberinto musical. Desgarrada sonoridad oculta en el paisaje urbano.
Mendigos que iluminan con linternas de delirio las calles despobladas.
Prostitutas adheridas como enredaderas a los troncos de los árboles.
Duendes muertos de sed.
Hombres y mujeres, a orillas de la oscuridad y la ternura.
Pumas y linces afilando sus garras y sus ojos.
Hay algo de títere en la gestualidad de las calles,
algo de medio luto en la inflorescencia lila de los jacarandáes,
un rictus de penumbra... Pero los túneles de las notas y
las puertas abiertas de las síncopas permiten deslizarse
hacia otras zonas. El gemido del bandoneón ramifica
y todo se cubre de una vegetación casi selvática. Exuberancia y limpidez, tonos y semitonos
incendiarios, espirales de hojas sobre la tersura del silencio.
Las orejas parecen ojos y los ojos imitan a las manos en su acción de aferrar. El tacto se vuelve raíz, el paladar implora cierto regusto
de tabaco y desdén.
Aspero y salvaje, el fuelle recorta la melodía. Le da forma de puñal y con su filo escarba
la inmóvil turbulencia callejera, las figuras de cera del museo animado. Allí donde  impera el ritual del extravío y las imágenes desimaginan,
allí donde se desprende la violencia desolada de un trozo de mampostería y cae
en  las bocas desmesuradamente abiertas. Cae y el silencio
aprisiona la lengua. La dureza del cemento sella las comisuras de los labios. Solo mirar.
Una inmensa rosa abre sus pétalos sobre la luz. Ilumina musicalmente el laberinto por donde las pisadas se pierden y reencuentran. Y el pasado regresa con su ademán de pesadilla. La música envuelve en su celofán de disonancias la escena repetida. Suburbios de la pasión hecha añicos en el drama del pasadizo. ¿Antes o ahora? Puro instante de eternidad en las esquinas de una ciudad donde una rosa arde incontenible, nimbada de aquiescencia sonora, bravía como un huracán. ¿Entonces o después? Hermandad de los ruidos contrapuestos. ¿Aquí o allá? Un país de humo se esconde tras el telón.
De este lado, los instrumentos resuenan como un bosque, mientras se dibuja sobre el pentagrama esta tormenta que borra límites y acerca la inmensidad a cualquier parte. 

Del poemario: Homenajes.


sábado, 15 de octubre de 2011

MIS CUENTOS: CONCIERTO

Afuera es invierno y el intenso frío agarrota hasta el alma. Pero, la  cobertura plástica que hace las veces de salón auditorio resguarda a los oyentes de las inclemencias del tiempo. He conseguido un buen lugar, a distancia prudencial del improvisado escenario. Transcurren unos minutos antes de que comience a tocar la banda. Minutos durante los cuales  los técnicos prueban amplificadores, luces, distribuyen lugares y micrófonos. Mientras tanto, entorno mis párpados y  me predispongo para lo que viene. La tristeza parece ceder un poco.  Tristeza insidiosa, ladrona de vida,  me digo.  Y sé que sólo algo que valga verdaderamente  la pena podrá librarme, aunque sea por un breve tiempo, del “bajón”.
  De pronto, irrumpe la música. Me enderezo en el asiento y puedo ver a los ejecutantes como a través de un velo encendido. Mi mirada se detiene en los ojos del trombonista.   En su levísimo movimiento.  Si se quiere, en el fondo casi de sus  percepciones.  El hombre parece notarlo, aunque de hecho no pueda individualizarme. Desde la tarima sería imposible   distinguir a alguien del público en particular. Y, sin embargo, siento que me roza con su mirada que  va y viene de un punto a otro de la platea. Sopla con mucho  brío su instrumento,  casi con bravura.  Aunque, por momentos, su   forma de modular se  confunda con las  demás del grupo. Desde mi lugar   puedo    advertir cómo los límites de su silueta se  dilatan en el movimiento de la vara que va y viene. Es que  la vibración lo traspasa y  el cuerpo, entregado al ritmo,  se balancea con gracia y espontaneidad.
   La tensión afloja,  como si me fuera desprendiendo de una dura cáscara, porque la música me golpea los tímpanos y conmueve todo mi ser.  Me envuelve la  voz compacta del saxo, la agitación de los platillos, la  punzante sonoridad del clarinete, la quejumbre sincopada del banjo. El jazz trepida como el ramaje de un bosque encantado. Y cuando quiero acordarme mis ojos   siguen clavados en el  trombonista.  Sacudida por el vendaval sonoro y hasta quizás un poco fuera de mí, llego a pensar que me sonríe, a mí sola, como si me estuviera dedicando su actuación. Despacio, mis sensaciones se  van  desprendiendo del estado anterior.   El  músico arremete a cada instante con energía y mis  hombros se distienden.  Cede ese dolor de aguja en la base  del cuello, la cabeza se menea hacia un lado  y otro.  Me reacomodo en el asiento. Las piernas cimbran. Sin darme cuenta, me he quitado los zapatos y los pies libres dan pequeños golpes sobre el frío cemento  del piso. Cierro los  ojos y me zambullo en el goce de una estridencia que me libera de los  ruidos de afuera, de ese sentimiento de intemperie que me molesta con demasiada frecuencia. Y,  desconectada del lugar donde estoy, veo cómo se van haciendo cada vez más  nítidas las siluetas de los negros  en las plantaciones, jadeantes, sudorosos,  embrutecidos por el peso del  trabajo a destajo, oliendo a fuego y a ceniza, pero cantando, inventando una melodía que los nombre, que dé identidad a su grito ahogado. Y las imágenes que  logro entrever no están aquí pero son tan vívidas que las siento  fluir  dentro de la sangre que circula por mis venas,  y salen y se atropellan a través de  los labios que oprimen la boquilla del trombón. Este hombre me está contando una historia.  Y con ella moviliza  y  desmonta el acartonamiento escenográfico de esa otra   megahistoria que nos  incluye a ambos. Me transmite una señal luminosa.
   En el breve lapso entre cada una de las interpretaciones, pestañeo y una  tibieza solar me invade y, sin querer, busco el rostro del músico en el cual se refleja  una alegría intensa. De pronto, el trombonista está a mi lado.   Y entonces, el color desvaído que me aprieta por dentro empieza a entonarse, y las  claves de sol, que por razones técnicas han quedado fuera de su pentagrama, se acurrucan en el hueco de mis manos. Ejecuta su música tan solo para mí. Para que el laberinto de mi oreja perciba los sonidos que se remontan a través de la  noche de mi inacción.   Como si yo fuera su invitada de honor en esa  fiesta. Fiesta en la que, por otra parte, él participa en calidad de uno más.  Y sin embargo, a pesar de ser sólo una parte de un todo orquestal, sus labios articulan   signos que responden  a una notación  expresiva única y absolutamente propia.
Se nota que lo que hace le produce  placer, y tanto que,          llevado por el entusiasmo, sin darse cuenta, da un paso en falso y al chocar contra la madeja de cables, trastabilla. Uno de los compañeros debe sostenerlo. Y entonces, recién entonces,  me doy cuenta de que es un no vidente. ¡Qué término tan equívoco para nombrar la oscuridad absoluta que niega los contornos de la apariencia! Y luego pienso en la escasez de miras de tantos, entre los cuales, no puedo,  a veces,  dejar de incluirme.  A pesar de  tener una visión  sin   preocupantes disminuciones orgánicas,  hasta el momento no me  había  dado cuenta de su ceguera. Claro que la tenía bien disimulada, me digo. Aunque, en realidad,  intuya que  la distracción mía o la de cualquiera,  comienza en la invisibilidad del otro. Toca como si el mundo le sonriera. Me entrega otra mirada, más intensa quizás, menos a ras de la superficie,  para que borre la impiedad que me lastima e inmoviliza mis sensaciones. Su melodía no se deja  vencer por el barullo, ni por el desdeñoso silencio. Es un soplo que llega desde el fondo de un pantano al  que él ha sabido darle otro significado o, al menos, algún significado. Un llamado que atraviesa el sufrimiento y se convierte en voz  amigable.
    Una vez acabada la función, los oyentes aplauden y los músicos agradecen el homenaje del público con algunos chistes amenos, de los que suelen  sacar de la manga esa especie de magos que integran las bandas de jazz. Después, ejecutantes y público salen por la misma puerta – ya he explicado que no se trata de un teatro sino de una  carpa de plástico en medio de un gran predio dedicado a eventos culturales. Al trasponer la rampa me topo  frente a frente con el trombonista. Sale feliz, conversando con uno de sus compañeros que lo lleva del brazo. Por mirarlo,  tropiezo con el felpudo y estoy a punto de caer. Me ataja.
-         Huy, disculpe, qué torpe que soy.
-         No, no es nada. ¿Cómo puede ser torpe alguien con tan linda voz?- me responde con simpatía mientras se sonroja.
   El piropo me sienta bien. Doblemente halago por provenir de quien no puede verme y con inesperada cordialidad disimula mi carencia de movimientos más gráciles.  Y es como si apreciara la música que llevo dentro y me cuesta tanto manifestar. Tal vez,  mi  mejor tono.  Pero no me conoce, ni yo a él. Lo he visto actuar hace un momento. Pude apreciar el impetuoso sonido de su trombón,  la modulación de notas que entreteje la vara. El, sólo ha  escuchado de mí, unas pocas palabras, una disculpa convencional, irrelevante como cualquier otra. Ningún otro dato ni sugerencia que lo lleve a  adivinar que su imagen ha quedado grabada en el archivo sonoro de mi memoria. Lo observo mientras se aleja, guiado por su lazarillo y otra vez la música  ronda mis oídos y gracias a  ella me siento mejor.
   Entre el gentío que se encamina a la salida, lo pierdo de vista. Aunque no del todo. Las palabras, con su resonancia  magnética, hoy, como si tal cosa, lo han traído de vuelta para que más allá del punto que cierra el texto, recomience el concierto.


El cuento pertenece al libro inédito Perfiles urbanos.